Pablo Escobar: Ascenso, Caída y Legado Según Su Mentor
En los años ochenta, preguntar a alguien si tenía las manos manchadas de sangre podía resultar fatal. Hoy, en 2024, Carlos Lehder, cofundador del Cartel de Medellín y mano derecha de Pablo Escobar, es un hombre que ha pasado 33 años en prisión y ahora cuenta cuentos a sus nietos.
Los Inicios de una Leyenda Criminal
El suyo empezó de un modo salvaje. Admiraba a Hitler. Amasó tal cantidad de dinero que se compró una isla entera con nombre de pirata, donde construyó una pista de aterrizaje para hacer despegar la mercancía. Enfebreció de éxito. Compró a políticos, jueces y policías. Su flota de aviones llegó a mover droga como el que reparte pizzas: entre 50.000 y 100.000 kilos de cocaína rumbo a EEUU. Fue una deidad de otra era.
En su libro Vida y muerte del cartel de Medellín, Carlos Lehder desgrana las andanzas de la mayor banda criminal de la historia. Dice: "Teníamos algo en común: la codicia".
Entrevista Exclusiva con Carlos Lehder
Lehder, en una entrevista con el vídeo del Zoom en negro, explica que tiene un contrato de exclusividad con una firma de Miami que mostrará su imagen actual por primera vez en junio. Por eso no puede mostrarse.
Usted viene de una familia bien. Su padre era ingeniero. En su casa no había problemas de dinero y acaba entre los fundadores del cartel de Medellín. ¿Cómo explica ese recorrido?
Tuve mucha suerte. Mi infancia fue bastante feliz. Pero cuando tenía cuatro años, mis padres se divorciaron. Mi padre era alemán. Su país había perdido la guerra. Las secuelas psicológicas de aquella derrota repercutieron en su relación con mi madre. Ellos lo dejaron. Y yo y mis hermanos fuimos internados en colegios católicos porque no había hogar... Muchas de esas situaciones por las que ingresé en la criminalidad desde joven son enigmas. Soy culpable de los crímenes que cometí. Pero todo cuanto hice fue en alianza con funcionarios del Gobierno colombiano. Existía tolerancia con el narcotráfico, porque el 80% de la población trabajaba en la agricultura y la planta de la coca era un vegetal más. En Europa esa planta se ve como un crimen horrible, pero allí no era así... Todo aquello estuvo mal. Por eso me cayó una cadena perpetua.
Primeros Pasos en el Mundo del Crimen
Desde muy temprana edad, me acostumbré a tratar de solucionar yo mismo muchos asuntos. No tenía ni conocimiento ni experiencia. Pero ese factor hizo que me independizara muy pronto. Llegó un tiempo en que le pedí a mi madre que me ayudara a viajar a Nueva York para establecerme allá. Porque yo quería crecer en Estados Unidos. Llegué a los 15. Ahí acabó mi infancia.
El primer recuerdo de hacer algo ilegal? Delinquí por mi fascinación por los automóviles. Es normal que a un joven le gusten los coches. El problema es que yo no tenía modo de comprarme los mejores coches... Trabajé en restaurantes, en fábricas... Pero al final ingresé en una banda que robaba carros con 18 años. Por ello acabó preso en una cárcel federal de Estados Unidos; luego regresó a Colombia.
El Encuentro con Pablo Escobar
Conocí a Pablo, trabajé con él, hicimos negocios, fuimos amigos. Era un personaje muy peculiar porque él no le tenía miedo a ningún ser humano. No le temía a la prisión de Colombia... Solo le tenía miedo a una cosa: la prisión de los gringos. En esa época yo abrí una agencia de automóviles con dinero de la coca en Medellín y muchos de los narcos emergentes se convirtieron en mis clientes... Me compraban los carros. Así los fui conociendo a todos.
La Formación del Cartel de Medellín
El cartel surgió por la alarma que nos causó que el Gobierno de Colombia, secretamente, hubiese negociado un tratado de extradición con el Gobierno de Estados Unidos. Nosotros no teníamos el conocimiento, pero teníamos abogados. Y ellos nos explicaron lo que eso supondría... Vimos que el volcán podía explotar con la extradición. Cada uno de nosotros tenía una organización criminal. Pablo tenía la suya. Yo tenía la mía. Los Ochoa tenían otra. Rodríguez Gacha (El mejicano) tenía la suya. Alonso Cárdenas... Éramos ocho o nueve y los que más cocaína movíamos. Eso nos unió en el sentido de que todos parábamos bajo el mismo techo. Y reconocimos a Pablo como un guía, como un mentor, como un defensor. El temor a ser expulsados de Colombia formó el cartel de Medellín.
El Negocio de la Cocaína a Gran Escala
Muchos trataron de llevar coca a Estados Unidos. Unos iban por México y perdían hasta la vida. Otros se iban por otras rutas... Yo opté por la estrategia de comprar una isla en Las Bahamas [Cayo Norman, bautizada así por un pirata del siglo XVIII]. Me costó aproximadamente dos millones de dólares. Y después fui construyendo de todo, pista de aterrizaje incluida, para poder realizar los envíos en aviones. Eso me permitió crecer muchísimo. Yo transporté por encima de 50 toneladas de cocaína y por debajo de 100.
Mirando hacia atrás, ¿cuál diría que fue la mayor extravagancia en el gasto de dinero? Recuerdo que le envié un regalo impresionante a la esposa del primer ministro de Las Bahamas. Un montón de joyas con diamantes, esmeraldas, anillos, pulseras [valoradas en 200.000 dólares]... La señora rechazó las joyas y alguien las acabó robando.
¿Qué generaba en los demás? ¿Admiración, envidia, respeto o terror? De todo eso un poquito [se ríe]. Si tuviera que decir uno... Respeto... En las prisiones que yo estuve nunca los guardias ni los oficiales me maltrataron y ofendieron. Pero tuve que soportar varios asaltos físicos de otros presidiarios. Allí hay gente muy sabia y digna, pero también está lo peor de lo peor. Le aseguro que me contuve y no tuve que proceder a matar a ningún preso.
La Vida en Prisión y el Arrepentimiento
¿Se mata fácil en la cárcel? Habría sido fácil matar. El problema es que te cae otra cadena perpetua... Lo que sí hice allí en vez de matar fue aprender a cocinar. ¿Lo normal es que lo hubiesen matado? Sobreviví a muchas. Tengo un disparo que me pasó cerca del corazón. Trataron de secuestrarme y el tiro se fue resbalando por la costilla... En 1970 y 1980, el Ejército colombiano y la Policía tenía sus escuadras de asesinos. Eso no era como decir: llévenlo al juzgado, al tribunal, al juez... No. Te mataban. Lo que pasa es que si eras un hombre poderoso entonces se medían más. Después de que el Gobierno decretó la guerra contra el cartel, prácticamente a cualquiera de nosotros que cogían lo eliminaban. Por eso es mi libro un testamento genuino para dar fe de que había arbitrariedades de una parte y de la otra. No solo hubo excesos por parte del narco. La vida no valía mucho. Son cosas que no deben volver a ocurrir.
Perdone que sea tan directo: ¿ha mandado matar a alguien? Ehhhh... [Se hace un silencio] No. Yo no he mandado matar a nadie porque... esa no era mi profesión. Mi profesión era traficar cocaína hacia los Estados Unidos. Tanto que los que mandaban matar gente me contrataban para mover la cocaína. Pablo sí tenía su ejército de pistoleros y su propia código de conducta. Al enemigo lo eliminaban... Cuando tuve que huir a Nicaragua porque el ejército me buscaba para matarme, comencé a entrenar con armamento: fusiles, granadas, etcétera... Por muchos años, hasta el día en que me capturaron, yo andaba totalmente armado. Apertrechado con mi chaleco antibalas y con gente de seguridad.
Perdone que sea tan directo: ¿ha visto torturas o ejercer la violencia de un modo que nadie debería ver? [Silencio] Hay secretos que no vale la pena manifestarlos porque no conducen a mayor cosa.
Dice que ha cometido "muchos errores". De qué se arrepiente. De haberme involucrado en el contrabando de cocaína. Pero usted vivió muy muy bien gracias a aquello, decir ahora eso... Pero eso no es felicidad [se ríe bastante]. Tuve éxito porque tuve disciplina, don de mando, no fraternizaba con los trabajadores, y me dedicaba a planificar lo que necesitaba planificar. Cuando daba la palabra, la cumplía. Cuando uno promete una situación, la resuelve... Pablo confió en mí. Rodríguez Gacha confió en mí. Jorge Ochoa confió en mí. Alonso Cárdenas confió en mí... Los traficantes más grandes de Medellín confiaron en mí porque yo cumplía mi palabra. Mis socios norteamericanos, lo mismo. Y era exitoso transportando pronta y eficientemente la droga desde Colombia a Estados Unidos. Había honestidad entre bandidos.
¿Quién fue y quién es usted? Yo miro con ojos veteranos y el Carlos Lehder de entonces era intrépido y audaz, pero también un estúpido que arriesgaba su vida por más y más cocaína y más y más dinero. Todo mezclado de aventura. Porque esa vida implicaba manejar los aviones, preparar los botes en la isla, todo. Había esparcimiento, claro, pero el negocio era tan demandante... Estos cuatro años de libertad en Europa han sido los más felices de mi existencia [vive en Alemania]. Nadie me persigue, no le debo nada a nadie, estoy en paz con el Gobierno de Washington, estoy en paz con el Gobierno de Colombia.
Usted dijo que la coca era "la bomba atómica de América Latina contra Estados Unidos". Es una buena frase. Esa es una frase vociferante contra el imperialismo yanqui cuando Carlos Lehder tenía 28 años de edad. Imagínese la clase lista negra en que me metieron las americanos por decir eso.
Hay un momento de un libro en que usted está con un fusil listo para disparar. Y se pone a rezar: "Ángel de la Guardia, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día"... Me ha hecho gracia, le confieso. Sí. En el mundo clandestino, cuando alguien intenta matarte tú tienes que defenderte. La vida no está para regalarla... Yo desde pequeño he tenido vocación de plegaria buscando a los ángeles y al Virgen María. Y todavía lo hago, los venero y los alabo.
Pero para muchos usted sería el demonio. Bueno, todos tenemos angelito que no es tan bueno y te impulsa al otro lado. Yo me jugué la vida y no la perdí. La perdió el que me iba a quitar mi vida...
¿Mató a Rollo? [Rollo fue un sicario de Escobar. Se atribuye su asesinato a Lehder por un asunto de celos por una mujer durante una fiesta. Fue el fin de su buena relación con Pablo]. Recuerdo a un señor que era muy valiente y siempre tenía un revólver con él. Un día lo secuestraron y lo mataron. Hablaron con la familia. "¿Y cómo es que lo mataron, si siempre iba armado?". "Porque siempre llevaba el revólver en la guantera del carro". Yo no. Esa es la diferencia.
¿Habría sido posible traficar sin unos políticos corruptos? No. Con una clase política limpia, habría sido imposible traficar... Los políticos cobraban su parte. Y los policías... En mi época, un policía de Colombia ganaba 100 dólares al mes. Le decían: "Ve a molestar a ese narco". Pero venía y nos decía: "Me dijeron que los molestara, pero si usted me diera una ayudita yo digo que no lo encontré". Hoy ya no es así. Pero antes sí.
He leído que admiraba a Hitler. En cierta forma. Pero no estaba muy bien informado. No era admiración fanática, sino cierta tendencia a estar al lado de los alemanes. Lo que sucede es que, cuando vine a Alemania, me contaron de los crímenes del nacionalsocialismo contra los alemanes y he cambiado de opinión sobre la rectitud de Hitler y sus excesos de matar alemanes.
¿Cómo fueron sus 33 años preso [le rebajaron la pena por delatar a Noriega, presidente de Panamá]? Leí mucho. Yo no era un hombre educado. Me autoeduqué allí dentro. En las librerías de la prisión o con los libros que me mandaban mis hijas. La lectura fue una prodigiosa vitamina mental. Recuerdo que me leía un libro al mes. Muchos de los que yo leía eran españoles... Me he leído todos los libros del fantástico escritor Arturo Pérez-Reverte.
Mi mujer me ha dicho: "No sé cómo puedes entrevistar a un hombre así". ¿Qué le digo a mi mujer? Que tiene mucha razón, pero como cristiano, el perdón existe. Y que un hombre arrepentido de los pecados ante la Iglesia o de los delitos ante el Gobierno, legislativamente y éticamente tiene derecho a recibir perdón. Olvido no. Y lo acepto. Recalco que no soy una persona civilizada al nivel de los europeos, no. Y menos con 33 años de presidio. No soy alguien a quien quieras invitar a cenar. Ella tiene mucha razón en eso. Pero soy un hombre rehabilitado que no le debe nada a la justicia.
El Contexto Político de Colombia Según Andrés Pastrana
Es raro ver solo a Andrés Pastrana. Resulta eso, raro, extraño, verlo ahí, de pie, solo, mirando por la cristalera del Hotel Meliá Serrano. El día que lo conocimos, en Oviedo, lo vigilaba un pequeño equipo de seguridad. Pastrana, que toma una Coca-Cola con hielo ya sentado en un sofá, fue presidente de Colombia entre 1998 y 2002.
Pastrana defiende un centro sui generis, pragmático en demasía, al que aconseja, tanto en España como en Colombia, el pacto con la derecha y hasta la extrema derecha con tal de alejar del poder a los populismos de izquierdas. Tenemos delante a un hombre solo que acostumbra a estar vigilado. Es el muñidor de los grandes planes contra lo que llama la “narcodictadura” de Maduro. Es el enlace entre los presidentes liberales-conservadores de España y Latinoamérica. Tiene planes en la cabeza para intentar que el orden mundial bascule hacia donde lo cree necesario.
La gente puede pensar: “Este señor lo tuvo muy fácil en política porque es hijo de expresidente”. Yo era consciente de que un día, si lo conseguía, llegaría esa crítica. Por eso, mientras estuve en política, me impuse un principio: todos los cargos que tendría serían por elección popular.
Su biografía se entrecruza con los sucesos más importantes de la Historia reciente de Colombia. Eso es peligroso. Mire, desde que sobreviví al secuestro, vivo al día. No pienso en el pasado ni en el futuro. Sé que es un tópico, pero así lo siento. El narcotráfico sigue siendo hoy, tantos años después, el gran problema de Latinoamérica.
La Lucha Contra el Narcotráfico: Un Debate Continuo
Ahí discrepo porque, aunque es cierto que no se le ha puesto fin, ha habido veces en que la guerra contra el narco se ha ido ganando y hay veces, como ahora, en que la guerra contra el narco se va perdiendo. Cuando llegué a la presidencia, en Colombia había sembradas 180.000 hectáreas de cocaína. Curiosamente, el presidente Santos, cuando se puso a negociar con las FARC, lo primero que hizo fue renunciar al combate frente al narco y a la fumigación de los terrenos de cocaína. Progresivamente, esas hectáreas fueron aumentando a 90.000, 180.000, 250.000. Pero, ¿las hectáreas de cocaína se pueden contar? Existen sistemas de referencia de las Naciones Unidas y de otras instituciones de prestigio.
A finales de los noventa, en todo este asunto del narco, entró un actor muy importante: Europa. Todo empezó con esta realidad: un kilo de cocaína, en Estados Unidos, valía 30.000 dólares. En España, valía 90.000. Se instalaron en el norte de África, donde es mucho más fácil corromper gobiernos. Y de ahí a Galicia y a toda España. Una vez llegados a España, acordaron con la mafia rusa para distribuir por Europa. Usted se preguntará cómo llega toda esa droga desde Venezuela al norte de África. Lo hace Hezbolá [milicia paramilitar libanesa que tiene lazos con Irán y, por tanto, con Rusia].
El presidente Petro dice una cantidad de bestialidades… Esa estrategia es parte de lo que él denomina “paz total”. Le diré algo por lo que estoy demandado penal y civilmente. El hijo de Petro reconoció tras las presidenciales que el narco había aportado recursos a la campaña de su padre. ¡No lo digo yo, lo dice su hijo! Lo repetí y el presidente Petro me demandó. ¿Conoce usted algún caso así? Pero esa acusación es muy seria: ¿el hijo de Petro aportó pruebas? La Fiscalía lo está estudiando. Pero es que hay más. El hermano del presidente Petro reconoció que fue a la cárcel de La Picota, en Bogotá, a hablar con los narcos para que aportaran dinero y “un millón y pico de votos”. Qué curioso. Petro ganó las elecciones por ese millón y pico de votos.
Lo grave es que, con esa estrategia de “paz total”, Petro está tratando de legitimar y dar estatus político al narcotráfico. Hoy, en Colombia, las Fuerzas Armadas y la Policía están absolutamente maniatadas. No hay lucha contra el narco, no hay fumigación de las hectáreas de cocaína. Por eso van aumentando las toneladas de producción. Pero hoy los carteles que manejan la droga en Colombia ya no son colombianos.
¿Las FARC siguen operando? La paz de Santos nunca existió. Nunca la hemos conocido. Las FARC siguen operando, por supuesto. Colombia está en una situación muy difícil. Por un lado, tiene la presión de la narcodictadura de Maduro con los Soles.
¿Y usted? ¿Tiene problemas con el narco? Cuando fui presidente, intentaron 97 atentados para matarme. Es complicado, es muy difícil. Le contaré algo… Cuando dejé la presidencia, me vine a vivir a Madrid una temporada. El entonces presidente Aznar me dijo: “Debes llevar un guardaespaldas y un conductor”. Cuando cayó Raúl Reyes, que era el hombre clave de las FARC, se analizaron sus computadoras. Apareció una cosa curiosa: intentaron una operación junto a ETA para asesinarme.
En Colombia ya no hay lucha contra el narco. Es cierto. Y por eso está demandado. En la audiencia que tuvimos, se vio obligado a rectificar esas palabras porque quedó clarísimamente demostrado que yo no estuve en nada de eso. Fue en una cumbre, en Irlanda. Me lo presentó el presidente Clinton. Epstein, en una ocasión posterior, me dijo que quería conocer a Fidel Castro. Habrá visto que existe esa foto de Epstein con Fidel. Los vuelos que yo cogí con Epstein fueron para ir a Cuba con ese objetivo.
¿Trató mucho a Epstein? Lo conocí muy poco. No fuimos amigos personales. Una idea muy interesante: quería crear un Silicon Valley en Cuba. Fidel habló larguísimo con él.
Tuve una excelente relación con Fidel Castro. La primera vez que lo vi fue en Sudáfrica, en la cumbre de los países no alineados. Fui a entregarle la presidencia a Nelson Mandela. Cuando modificó esa postura, la relación mejoró. Pero ya le digo, la primera reunión fue dura. Me acusó a la cara de haber sido financiado por lo que él llamaba “la gusanera”, los cubanos exiliados en Miami. Sí, porque Fidel se comprometió con el proceso de paz en Colombia que yo impulsé. Luego no salió adelante, pero él estuvo de acuerdo. No hay otro proceso de paz con el que Fidel se comprometiera. El Ejército de Liberación Nacional pidió su opinión a Fidel, que les aconsejó acordar con mi gobierno. Fui a Cuba al salir del gobierno para preguntarle a Fidel qué había pasado.
Ya me reuní con Maduro en Caracas hace casi diez años, creo. Cuando llegué, delante de otros presidentes de Latinoamérica y delante de Delcy Rodríguez, me dijo: “¿Por qué usted me llama narcotraficante?”. Le respondí enumerando los vínculos de su familia con el cartel de los Soles. Levanté mis manos. Añadí: “Mírelas, mis manos están limpias, no hay una sola gota de sangre. Mire las suyas, mire lo que ha hecho en Venezuela”.
Ante la presión, nos dijo que estaba dispuesto a reconocer en público una victoria electoral de la oposición en caso de que se produjera. Le pregunté: “¿Puedo salir y decir en público que usted se presta a eso?”. Me dijo que sí. Salí y lo conté.
El narcodictador debería negociar. Ha habido un cambio en Venezuela. Venezuela vive en una farsa. Es un pueblo que se está muriendo de hambre. Creo que no le queda mucha vida a ese régimen. ¿Adónde se va? Lo está persiguiendo la Corte Penal Internacional por delitos de lesa humanidad. La salida, para empezar, se la tendría que buscar él.
Cuando Edmundo reafirmó su intención de ir a Caracas, pedí el apoyo de los expresidentes para que formáramos un grupo de acompañamiento. Primero nos reunimos en Panamá. Desde allí no podíamos volar a Venezuela porque no tienen relaciones diplomáticas con el régimen de Maduro. Nos reunimos muchos. Estaba González, estaba Quiroga (Bolivia), estaba Calderón (México), estaba Moscoso (Panamá), estaba Rodríguez (Costa Rica)… Surtió su efecto porque recuperamos la iniciativa en los medios. Cuando el avión estaba listo, Maduro se asustó: nos declaró personas non gratas, pusieron carteles de “se busca”… Y, al final, la Fuerza Aérea venezolana dijo que, si íbamos, nos derribarían.
El hombre que más daño hace a la democracia en América Latina es José Luis Rodríguez Zapatero. Con sus acciones, está respaldando una narcodictadura. En los grandes asuntos exteriores, se hace lo que él dice. ¿Con qué cara responde a todas las acusaciones sobre violación de derechos humanos que pesan sobre Maduro? ¿Cómo es posible que no salga a defender la democracia y la libertad en Venezuela? Él sostiene que, cuando los grandes países del mundo apoyaron a Guaidó como presidente electo, no sirvió para dar una salida a Venezuela.
En un viaje que hicimos al Congreso de los Estados Unidos, escuchamos a Biden hablar brutalmente contra Colombia. Dije: “Invitémoslo para cambiar su percepción”. Le conté: “En Colombia hay algunas formas de saltarse el servicio militar. Si entras a la universidad, te lo aplazan. Si pagas, te dejan dedicarte a estudiar. Si eres hijo único, también puedes librarte”. Pero luego añadí: “¿Sabe? Aquí prestamos el servicio militar de manera distinta”. Me refería a mis compañeros y a mí. Le dije que, si le parecía exagerado, preguntara a los miembros de mi gabinete cuántos de ellos habían sufrido algún atentado en su familia. Fue preguntando uno a uno y, efectivamente, cada uno tenía su historia. Después de la ronda, le dije: “Señor Biden, aquí nos jugamos la vida para impedir que la droga llegue a su país”.
Fui muy pesimista estando secuestrado. Ya sabe que yo fui también periodista. Desde mis noticieros, perseguí el narcotráfico. Me dieron el premio Rey Juan Carlos por un reportaje sobre cómo la droga partía de Bolivia, pasaba por Colombia y terminaba en las calles americanas. Me secuestraron en 1988. Fue el primer secuestro político que organizaron los llamados “extraditables”. Ese era el lema que estaba de fondo. Me secuestraron cuando era candidato a la alcaldía de Bogotá y me iba bien en las encuestas. Parecía que podíamos gobernar Medellín y Bogotá. Estuve muy pesimista desde el principio porque, al ser un secuestro político, no se podía solucionar con dinero. Escobar ya era rico.
Mi padre fue a hablar con Nora, mi señora, y le dijo: “Tengo un hijo muerto. No vamos a negociar”. Una noche me quitaron la venda y apareció él. Estuvimos hablando desde las diez o las once hasta la madrugada. Les dijo a mis captores: “Denle a Andrés todo lo que pida, pero si intenta escapar, lo matan”. Puso una condición para negociar: que mi familia no revelara que yo estaba en manos del narco. Porque muchos pensaban que mis secuestradores eran del M-19. Yo transmití a mi familia lo que había dicho Escobar, pero al día siguiente salió mi hermano Juan Carlos a hablar a la prensa y dijo que me tenían los narcos. Creo que fue inteligente. ¿Y sabe qué? La primera persona relevante que reaccionó y llamó a mi familia para mostrar su apoyo en público y en privado fue Adolfo Suárez. Se ofreció para mover hilos en Europa y lo hizo. Con el anuncio de mi familia, se rompieron las conversaciones. Pensé que me iban a matar. Paralelamente, habían secuestrado al procurador general de la nación. De camino, cuando se sintieron cercados, le pegaron casi setenta tiros y lo dejaron en una cuneta. En mi finca habían visto movimientos raros y vino un operativo de la policía.
La última vez que estuve en Cuba me fui declarado persona non grata. Tampoco puedo entrar allí. Fui con el expresidente Quiroga (Bolivia) y nos estuvieron grabando permanentemente. Pero la presión que ejercen con Maduro, insisto, no la ejercieron con Castro.
