Kant: Un Mentor Filosófico para la Juventud del Siglo XXI
La educación infantil atraviesa un momento de revisión profunda donde las viejas recetas de disciplina están bajo la lupa de la ética actual. Muchos padres y educadores buscan alternativas a los métodos tradicionales, redescubriendo que la filosofía clásica tiene respuestas directas para los desafíos de la crianza en el siglo XXI. La gran pregunta que flota en las aulas y hogares es si estamos formando personas con valores reales o simplemente individuos que reaccionan por conveniencia ante los estímulos externos.
Recuperar el pensamiento crítico en la infancia permite que los más pequeños desarrollen una conciencia propia sobre lo que está bien y lo que está mal. No se trata solo de que se porten bien en el salón de casa, sino de que entiendan el porqué de sus acciones sin necesidad de una vigilancia constante. Este enfoque busca que la motivación nazca desde el interior, logrando una autonomía que les servirá para toda la vida, mucho más allá de las notas escolares o los caprichos momentáneos.
El debate se intensifica al observar cómo el uso excesivo de incentivos puede crear una dependencia emocional y reducir la motivación intrínseca de los niños. Cuando un menor solo actúa correctamente para evitar un regaño o ganar un juguete, su brújula moral se desvía hacia el egoísmo y el interés personal. Esta es la base de la preocupación que expertos y filósofos comparten hoy: el riesgo de criar ciudadanos que solo cumplen normas por el beneficio que obtienen de ellas.
La ética kantiana frente al sistema de premios y castigos
El filósofo Immanuel Kant afirmó que "si castigas a un niño por ser malo y lo premias por ser bueno, hará lo correcto solo por la recompensa". Con esta contundente reflexión, el pensador alemán ponía el dedo en la llaga sobre una práctica que sigue vigente: la moral heterónoma. Para Kant, una acción solo tiene valor moral auténtico si se realiza por respeto al deber y por convicción interna. Al educar bajo el esquema del refuerzo externo, corremos el riesgo de enseñar a los niños a ser calculadores en lugar de éticos, limitando su capacidad racional para dictar sus propias normas basadas en principios universales y no en intereses individuales.
Kant advierte que educar con premios y castigos crea niños interesados en lugar de personas éticas. La psicología moderna añade matices a esta visión, advirtiendo que los efectos del castigo suelen ser momentáneos y no generan un verdadero desaprendizaje de la conducta problemática. A menudo, el niño castigado simplemente aprende a no ser descubierto o desarrolla sentimientos de agresión y desobediencia. Por otro lado, aunque los premios como el afecto, los elogios y el tiempo de calidad son motores poderosos, el abuso de recompensas materiales -como dar dinero por los deberes- puede desvirtuar el sentido de la responsabilidad y la empatía, que son los pilares de una madurez saludable.
Para encontrar un equilibrio, se propone fomentar la autonomía moral a través de herramientas que no anulen la voluntad del niño. Estrategias como el refuerzo de conductas positivas, el retiro de atención ante rabietas o los contratos de comportamiento para adolescentes buscan que el menor sea consciente de las consecuencias de sus actos. El objetivo final es que cada niño logre ser feliz y respetuoso porque cree en esos valores, construyendo una identidad sólida que no dependa de un premio externo para brillar con luz propia.
Immanuel Kant: Pedagogía
La educación debe orientarse hacia un proceso de perfeccionamiento de la humanidad en su conjunto, un proceso que siempre avanza con dificultad, siempre inacabado, casi paradójico. Como explica Kant refiriéndose a Rousseau, "el hombre es la única criatura que debe ser educada"; y aunque el hombre "debe ser educado para el bien", aquel "que debe educarlo... es de nuevo un hombre".
La madurez y la moralidad como objetivos centrales de la educación kantiana
La madurez y la moralidad pueden destacarse como los dos objetivos centrales de la educación de Kant: una educación para la libertad en el pensamiento y la acción. Kant rechaza así la educación escolar que consiste demasiado en la memorización pedante de contenidos cuyo significado a menudo queda poco claro o carece de fundamento. Su programa es más radical y exigente.
La educación debe trascender los límites de la formación escolar y profesional individual. Por un lado, debemos desarrollar la capacidad de pensar de forma independiente y crítica, para llegar a ser maduros. Por otro lado, también debemos aprender a actuar moralmente y a anclar firmemente las actitudes morales en nuestro interior. La educación para la madurez y la moralidad sirven juntas, en última instancia, para permitirnos hacer un "uso público" de nuestra razón (Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la ilustración? - 1784) y convertirnos en ciudadanos de una sociedad mundial pacífica, republicana y jurídicamente organizada.
Las ideas de Kant plantean cuestiones críticas: ¿Qué se entiende exactamente por madurez y moralidad hacia las que debe orientarse la educación? ¿Qué métodos pueden emplearse para llevar a cabo dicha educación? ¿Hasta qué punto son realistas los objetivos de Kant? Al mismo tiempo, su planteamiento proporciona material para debatir los problemas actuales: nuestras sociedades están divididas ideológicamente como pocas veces antes, y vivimos en un mundo cada vez más complicado, de tensiones y desorden globales. Por lo tanto, necesitamos una educación inteligente de habilidades intelectuales y morales para formarnos como pensadores críticos, para protegernos de los puntos ciegos y los sesgos cognitivos, de la desinformación de los medios digitales y, en general, contra la propaganda, el populismo y la polarización.
Imagen: Retrato de Immanuel Kant.
La vida y obra de Immanuel Kant: Un pensador para todas las épocas
Se ha convertido en un lugar común referirse a Immanuel Kant (1724-1804), desde un punto de vista biográfico, como un hombre sombrío, gris, riguroso e inflexible en sus costumbres, poco dado a la vida y las relaciones sociales… Un soso en toda regla. La tradición deriva de juicios de contemporáneos como Heine, quien afirmó: “Es difícil escribir la historia de la vida de Immanuel Kant porque no tiene ni vida ni historia”.
Un hombre como él tan apegado a su pequeña ciudad, a su pequeño cuerpo, daba la impresión de estar también apegado a un pequeño mundo y sin embargo… Podía no ser un hombre de acción, pero sí era un hombre de su tiempo -saludó con alegría las noticias provenientes de Francia- al que le gustaba cultivar las relaciones sociales en su círculo más cercano.
Estatua de Kant en la Universidad de Kaliningrad (Rusia). Es una réplica de Harald Haacke de la original que realizó Christian Daniel Rauch y que se perdió en 1945.
Kant nació un 22 de abril en la ciudad prusiana de Königsberg. Fue el cuarto de los nueve hijos que engendraron el artesano Johann Georg Kant y su mujer, Anna Regina Reuter, y de los que solo cinco sobrevivieron. La introspección que el pequeño Kant mamó en su educación no solo en casa sino en la escuela, el Collegium Fridericianum, lo marcaron para siempre.
En el Collegium, donde se orientaba a los alumnos a seguir la carrera eclesiástica, debía preparar una valoración sobre el estado de su alma antes de comulgar. Tanto en esa institución como en la universidad, en la Albertina, Immanuel fue un buen alumno. Allí conoce a Newton y se interesa por sus teorías. La subida al trono de Federico el Grande favorecerá al joven pensador que ya ha escrito una primera obra, Pensamientos, acerca de la verdadera ponderación de las fuerzas vivas. El rey ha eliminado el pietismo como religión oficial y el ambiente cultural promueve la libertad de pensamiento. Su influencia llega a la Universidad y Kant, que finalmente se había graduado, consigue una plaza allí como privatdozent, profesor.
El libro «Crítica de la razón pura», de Kant, en versión manga, publicado por La Otra H.
Mientras llega ese momento, Kant organiza su vida alrededor de ciertas rutinas. Se levantaba a diario sobre las cinco de la mañana y bebía una o dos tazas de té. A continuación fumaba una pipa y comenzaba a preparar sus clases. La primera era a las siete. Solían durar hasta las 11 o 12. Entonces, Kant salía del recinto académico para comer y dar un largo paseo que acababa al reunirse con su gran e ilustrado amigo Joseph Green para su habitual conversación vespertina. Sobre las 7 terminaban las veladas, lo que le dejaba aún tiempo para, ya en casa, leer, escribir o preparar nuevas lecciones.
Hasta tal punto llevaba una vida pautada regularmente que hizo fortuna la anécdota de que los vecinos que le veían pasar le saludaban y acto seguido ponían sus relojes en hora sin temor a equivocarse. Kant estaba convencido de que una rígida disciplina de hábitos le iba bien a su delicado cuerpo. Delicado por pequeño en estatura y envergadura, pero no porque padeciera muchas enfermedades. Su aversión por el cambio le llevó incluso a rechazar varias ofertas de trabajo en otras ciudades como Jena, Erlangen o Halle. Se dice que solo una vez rompió Kant sus férreos hábitos diarios: cuando leyó por primera vez Emilio, de Rousseau.
Además de contenido para las ideas sobre la autonomía y la libertad de la persona, Kant reelabora la dicotomía en dos mundos que hace el francés: para él el mundo natural es un mundo definido por las leyes de la causalidad y explicado mediante la física. Por contra, el mundo moral de la voluntad se entiende mediante la metafísica.
Las preguntas fundamentales de Kant y el imperativo categórico
¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? Durante años, Kant había estado distrayendo a quienes le preguntaban sobre lo que estaba escribiendo con la respuesta de que algo tenía entre manos y que aparecería muy pronto. Ninguna de las dos cosas era verdad. En un primer momento la obra no obtiene repercusión alguna. Así mismo, también resulta difícil de asimilar el llamado giro copernicano de la filosofía de Kant, el hallazgo por el que pasaría a la historia. Según este, el sujeto cambia de posición y se sitúa -como el sol al ser tras la revolución de Copérnico en el centro del universo- en el centro del acto de conocer.
Para el momento en el que aparecen sus otras dos obras más relevantes, la Crítica de la razón práctica (1788), dedicada a la moral del hombre libre, y la Crítica del juicio (1790), que pone en relación las dos anteriores, Kant ya había alcanzado una gran notoriedad y prestigio. Se le denominaba el Sócrates moderno o el Platón alemán y pocos eran los que se atrevían a refutarle.
En la filosofía anterior a Kant se aceptaba la realidad de un sujeto que conoce y de otra, ajena a él, que es conocida. Entre sus ideas, el viaje hasta el imperativo categórico de Kant arranca en la ética. La ética puede ser de dos tipos: material o formal. La ética de Kant rechaza el contenido que le puede otorgar la experiencia, la determinación que establezca unos fines o cualquier ente externo al sujeto. La ética kantiana es formal. Esto es, no tiene fines y no determina lo que debemos hacer.
Y ¿cómo debemos actuar? La respuesta es por deber. “Una acción hecha por deber tiene su valor moral, no en el propósito que por medio de ella se quiera alcanzar, sino en la máxima por la cual ha sido resuelta”. En esa misma obra, Kant ofrece el único contenido que admite su ética, la manera en que puede expresarse la exigencia de obrar según el deber: el imperativo categórico.
Tabla: Conceptos Clave de la Filosofía Kantiana
| Concepto | Descripción | Relevancia para los Jóvenes |
|---|---|---|
| Autonomía Moral | La capacidad de un individuo para darse a sí mismo sus propias leyes morales, actuando por convicción interna y no por influencias externas. | Fundamental para desarrollar un sentido de responsabilidad personal y ética en la toma de decisiones, resistiendo la presión de grupo y la manipulación. |
| Imperativo Categórico | Principio ético universal que dicta que una acción es moralmente correcta si la máxima que la rige puede ser universalizada, es decir, si todos pudieran actuar de la misma manera sin contradicción. | Fomenta la empatía y la consideración de las consecuencias universales de las acciones individuales, promoviendo la justicia y el respeto. |
| Uso Público de la Razón | La libertad de un individuo para expresar libremente sus opiniones y argumentos de forma pública, contribuyendo al progreso del conocimiento y la sociedad. | Estimula el pensamiento crítico, la participación ciudadana y la defensa de ideas propias, combatiendo la desinformación y el populismo. |
| Madurez | El estado en el que un individuo es capaz de usar su propio entendimiento sin la guía de otro, asumiendo la responsabilidad de sus pensamientos y acciones. | Inspira a los jóvenes a buscar el conocimiento, a cuestionar la autoridad cuando sea necesario y a desarrollar una identidad intelectual independiente. |
Pedro Stepanenko Gutiérrez, investigador y exdirector del Instituto de Investigaciones Filosóficas, responde: “Es muy difícil hacerlo, porque Kant abordó casi todos los temas filosóficos. “Kant decía que el ser humano trataba de entender el conocimiento basado en ciertas sensaciones que los objetos imprimían en él y que le permitían explicar lo que eran. En relación con la ética, Kant concibió un concepto llamado imperativo categórico, según el cual debemos querer que la máxima de nuestra acción se convierta en ley universal.
“Este imperativo es categórico porque no hay ninguna condición bajo la cual debamos aplicarlo. Es una regla que en cualquier circunstancia tiene que estar presente en nosotros. Nuestras máximas deben ser elegidas pensando que se pueden universalizar, y esto lo entendió Kant como el ejercicio de nuestra libertad. ¿Por qué? Porque cuando obramos de acuerdo con una máxima que es racional, lo hacemos de acuerdo con un principio que la razón se da a sí misma, y ésa es la autonomía. Kant creía que la autonomía de juicio era algo esencial para conformar una sociedad con ciudadanos responsables de sus acciones y de sus opiniones.
En efecto, “Kant decía que la humanidad estaba guiada por la opinión de la Iglesia o de otras entidades, que ya era hora de que cada quien se hiciera responsable de sus acciones y opiniones, y tuviera el valor de hacer uso de su propio entendimiento, y que cuando ocurriera esto habría llegado a la mayoría de edad. Asimismo, definió la libertad en términos de autonomía, es decir, como la capacidad de escoger los principios que guían nuestras acciones.
El investigador considera que la sociedad está muy polarizada en la actualidad y que como ciudadanos debemos volver a reflexionar sobre aspectos muy básicos de nuestra convivencia. “Los valores de la Ilustración están en desuso o son desacreditados con facilidad. Los jóvenes, en especial, deben sopesar muchos de los valores que guían nuestras acciones porque, si la sociedad continúa con ellos, no tendrá un buen futuro. Actualmente, asegura Stepanenko Gutiérrez, la opinión pública está muy manipulada, tanto que a cada rato se oye hablar de la posverdad. “Lo que importa es que yo convenza a los demás, no si tengo la verdad… Y la autonomía de juicio y el hecho de que los ciudadanos se hagan responsables de sus opiniones precisamente son el mejor antídoto para evitar que dentro de la sociedad se forme una opinión pública tan vulnerable a rumores y a opiniones no justificadas.
Tumba de Kant en Königsberg. La tumba actual es uno de los pocos monumentos alemanes conservados por los soviéticos después de anexionar la ciudad en 1945.
Los últimos años y legado de Kant
En 1786, Federico Guillermo II se convierte en rey de Prusia tras morir sin hijos su tío, Federico el Grande. El llamado rey filósofo había logrado un nivel de libertad y libertades sin parangón que el nuevo mandatario no tenía ningún interés en continuar. ¿Cómo no reparar en aquel hombre de aspecto débil y ensimismado que siempre pasaba de largo -o simplemente pasaba- de la iglesia y sus ritos? Además, en una época que regresaba a las restricciones en la enseñanza y en las imprentas, las opiniones sobre filosofía de la religión que Kant había vertido en libros como La religión dentro de los límites de la mera razón (1793) o El fin de todas las cosas (1794) eran cuando menos conflictivas. Pero ni el rey ni el filósofo eran personalidades dadas a la gresca, así que el asunto quedará en anécdota: el emperador ordena a Kant que, en adelante, se abstenga de tratar temas religiosos. Cumple su promesa hasta que el rey muere y toma el mando Federico Guillermo III.
A quien toda su vida estuvo relativamente sano, y siempre preocupado por su salud, la enfermedad le llegó en forma de vejez. No tuvo una en concreto, sino la reunión de las diversas dolencias de la edad. Consciente de su propia caducidad, Kant se había retirado en 1797 de la vida académica y poco a poco lo fue haciendo de la vida social. La situación agravó la hipocondria y el miedo de Kant y sus costumbres de inflexibles se convirtieron en maniáticas, enfermizas, extravagantes. Estaba convencido de que su estado se debía al tiempo atmosférico y consultaba compulsivamente termómetro, barómetro y todo tipo de aparatos medidores antes de decidirse a salir. Murió poco antes de cumplir 80 años. Era el mes de febrero de 1804.
Su entierro fue todo un acontecimiento para la pequeña y tranquila ciudad donde Kant había pasado su vida entera. En 1870 sus restos fueron exhumados de la catedral donde descansaban para colocarse en una capilla aneja. La tumba actual de Kant es uno de los pocos monumentos alemanes conservados por los soviéticos después de que anexionaran la ciudad en 1945. Es una costumbre local que los recién casados depositen flores allí en la tumba del filósofo que nunca se casó, del que algunos dicen que nunca amó.
A las tres y cuarto del domingo, día 12 de febrero de 1804, Kant se estiró como para tomar posición para el acto final y adoptó la que había de conservar hasta el momento de su muerte. El pulso ya no se le notaba ni en las manos, ni en los pies, ni en el cuello. Hacia las diez de la mañana experimentó un cambio notable; los ojos estaban fijos, y el rostro y los labios adquirieron una palidez mortal. Eran casi las once y el momento fatal se acercaba (…). La última agonía tocaba a su fin, si puede llamarse agonía una muerte sin lucha. Primero se debilitó la respiración; luego se volvió intermitente y el labio superior ligeramente convulsivo; después siguió una débil respiración o suspiro, y luego, nada más. El pulso siguió latiendo unos segundos, más lento y débil, más lento y débil, hasta que cesó por completo.
“Una vez debidamente vestido el cadáver, una multitud de personas de toda condición social, desde la más elevada hasta la más humilde, acudieron a verle. Todos estaban ansiosos de aprovechar la última oportunidad que se les ofrecía de poder decir “que habían visto a Kant”. Acerca de sus funerales, Kant había expresado su voluntad años atrás en un memorándum especial. En él manifestaba el deseo de que el entierro se verificase en las primeras horas de la mañana, con la menor ostentación posible, y seguido solamente por un grupo de los más íntimos amigos. Al oír estas razones, Kant rompió el papel, y lo dejó todo a mi discreción. El caso es que preví que los estudiantes de la universidad no consentirían jamás que se les escapara aquella ocasión de expresar en un acto público la veneración que por el maestro sentían. El día 28 de febrero, a las dos de la tarde, todos los dignatarios de la Iglesia y del Estado, no sólo los residentes de Königsberg, sino los venidos de los lugares más remotos de Prusia, se reunieron en la iglesia del Castillo. De allí, acompañados por todo el cuerpo universitario y por numerosos militares de graduación, que siempre fueron grandes amigos de Kant, llegaron a la casa del profesor difunto. Seguía a pie una comitiva interminable. En la catedral, después de las ceremonias usuales, acompañadas de la máxima expresión de la veneración nacional, se celebró un solemne oficio cantado de difuntos, admirablemente ejecutado. Finalmente, los restos mortales de Kant fueron descendidos a la bóveda académica, en donde descansan ahora entre los restos de los patriarcas de la universidad.
