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Comunicación

José Díaz: Biografía de un Empresario Innovador y su Conexión con la Naturaleza

by Admin on 15/11/2025

José Díaz González, originario de Xesteda (Cerceda, A Coruña), es un destacado empresario español, reconocido por liderar el Grupo Luckia, una empresa con una facturación cercana a los 300 millones de euros. Su trayectoria empresarial es un ejemplo de perseverancia y visión en el sector del juego. Pero, ¿quién es realmente José Díaz y cómo llegó a ser un empresario exitoso?

Casino Luckia en Bogotá, Colombia.

Primeros Pasos y el Interés por las Máquinas Tragamonedas

Mucho antes de interesarse por las tragaperras, a José González le gustaban sobre todo los coches. Lector empedernido, probablemente por culpa de un profesor -Mariano del Amo- que le obligó a leer dos veces El Quijote, el empresario de Xesteda (Cerceda, A Coruña) quería ser piloto de carreras. A su regreso a Galicia, comenzó a trabajar en el bar familiar en Ordes y se empeñó en colocar una máquina “como la que había visto en Francia”.

Pero aquella gran operación de José González no era tan sencilla. Encargó la misión a otro conocido empresario del sector del juego, Carlos Vázquez Loureda, que en absoluto veía clara la propuesta de aquel chaval. Vázquez Loureda le pidió un aval de su padre y González no acabó de pagar el aparato hasta el servicio militar, en 30 plazos. José González compró otra “máquina” al volver de la ‘mili’, pero vio que lo del bar no era lo suyo.

Quedó claro en una noche inagotable. Había un par de clientes que no se marchaban. “Si cerraba me querían pegar”. Consumieron poco más que unas tazas de vino, unos ingresos de dos pesetas que ni compensaban los gastos de mantener abierto. González cambió de meta y comenzó a instalar máquinas en los bares del entorno de Ordes. “Perdí dinero con las 20 primeras que coloqué.

En ese momento, el camino a seguir se vislumbraba con más claridad. Hizo un curso de contabilidad que organizaba una entidad financiera y también pasó por la popular academia CCC. A pesar de la importancia que otorga a la formación, también entre los empleados que hoy integran Grupo Luckia, sostiene que “el liderazgo se aprende con el tiempo”, igual que a ser empresario, lo verdaderamente difícil es “tener una buena idea”. Por eso no ha perdido la costumbre de rastrear revistas y periódicos en su busca, “como el que tiene que mover una montaña de tierra para encontrar una pepita de oro”.

Expansión y Diversificación de Egasa a Luckia

Aunque es el juego el buque insignia de la compañía, lo cierto es que desde que se llamaba Egasa estuvo en importantes proyectos inmobiliarios, con socios de renombre como Arias (actualmente Arias Infraestructuras) o Luis Fernández Somoza, el antiguo propietario de Azkar. Con la reforma fiscal de Francisco Fernández Ordóñez, en España hay una tasa al juego, pero no está claro cómo se paga. Según explicó el presidente de Luckia, en la práctica no se aplicaba porque el procedimiento para pagar era confuso.

En 2006, en un momento dorado para el sector en España, el grupo da un vuelco a su negocio y decide vender todas sus promotoras para invertir en Colombia, Perú y Chile.

Cien Días de Soledad en la Naturaleza

José Díaz llevaba años acariciando la idea de pasar una larga temporada solo en su cabaña de Caleao, en el parque natural de Redes, en Asturias, a donde acude cada semana desde hace 15 años. Tener esa experiencia en el bosque le rondaba la cabeza. Y quería sacar sus conclusiones viviéndola. Pero, inopinadamente surgió esa posibilidad en una charla con un amigo, el productor de cine José María Morales. Éste le puso en bandeja la posibilidad de materializar su sueño y tener a su alcance lo que siempre quiso hacer y nunca había podido.

Díaz confiesa que le interesan las historias de los robinsones. Recordaba los mensajes del libro Walden (1854), donde el escritor norteamericano Henry David Thoreau -referencia de muchos ecologistas- explica sus dos años de vida en una cabaña autoconstruida junto al lago Walden. El caballo.“Atila me mantuvo entretenido”. Otra de las motivaciones (no la principal) era disfrutar de la naturaleza, pues está convencido de que el contacto con esta es básico y necesario. “A una persona en activo no le aguanta el cuerpo si no tiene un contacto mínimo con la naturaleza. Es una válvula de escape”, dice. Pero lo que más le movió era el reto de comprobar si, como él sostiene, “vivimos con mucho más de lo que necesitamos”.

José Díaz presenta su libro "Cien días de soledad en Redes".

Una de las sorprendentes conclusiones en estos tres meses (la experiencia se llevó a cabo entre septiembre y diciembre del 2015) ha sido comprobar cómo la huerta, los panales de miel o la granja le ofrecieron mucho más de lo que necesitaba. “¡Qué paradoja! En esos tres meses se sintió liviano, sin el peso de bienes materiales, que no dan la felicidad. “No hace falta más que hacer una mudanza de casa para darte cuenta de que tienes muchas más cosas de las que necesitas. Queremos más y más…”. Emulando al expresidente uruguayo, José Mujica suele repetir que “cuando compramos, no compramos con plata, sino que compramos con vida”. El tiempo lo dedicamos a ganar dinero, a perder tiempo de vida. Y José Díaz se siente afortunado de haber podido comprar tiempo. En realidad, se lo han regalado, admite, riéndose.

Dueño de una empresa de interiorismo y decoración, es sobre todo un aficionado a la montaña y a la fotografía de naturaleza. Ese interés le ha llevado a seguir los pasos de la fauna salvaje, a conocer sus rutas, a fotografiarla. Por eso, cuando surgió la posibilidad de filmarlos, se propuso “mirar desde dónde miran los pájaros, retratar lo que los animales están observando”. Para esto, ya tenía conocimientos de fotografía y, antes de filmar, los completó con un curso para aprender a manejar el dron. Al hombro.

La vida cotidiana en la montaña del parque natural de Redes discurrió con pocos contratiempos. Los obstáculos eran abordables en un territorio que conoce bien. Pero tuvo que ser disciplinado. “En el bosque me siento plenamente acompañado. Los árboles me hacen compañía, se mueven. Conozco los movimientos de los animales, reconozco sus ruidos y sus olores”, explica antes de describir ese proceso que le hace recuperar los sentidos en el bosque. “En la ciudad, los sentidos están aletargados, medio muertos, precisamente porque están sometidos al ruido y la contaminación”, añade.

Un Camino de Aprendizaje

Esta aventura ha sido un camino de aprendizaje. Sintió extrañeza al comprobar que ha vivido “cien días apartado del mundo” pero que el mundo “sigue su ritmo al margen de los individuos”. Díaz se muestra preocupado por cómo los aparatos electrónicos están alterando las relaciones humanas y familiares. Y, además, por cómo estos medios están interfiriendo en nuestra relación con la realidad, con la naturaleza, con el medio natural. En la época de Thoreau, el confinamiento o supervivencia en una cabaña significaba renunciar a muchas menos cosas.

Estos tres meses lejos de casa han sido un filtro selectivo de recuerdos. “Estos 100 días alejado de mi mujer y mis hijos me acercaron mucho más a ellos. Ha destruido los archivos inservibles de su memoria. Se olvidó de casi todo. “Tengo 52 años, trabajo desde antes de los 19 años. Me olvidé de mi empresa, de mis clientes, de mis obligaciones. Es como si nunca hubiera trabajado. Como si mi situación natural siempre hubiera sido vivir en la montaña. Pero la familia no la olvidé ni un momento”. La vida en la montaña le ha hecho conocerse mejor (sus defectos, sus comportamientos inapropiados) y le reconciliado con la sobriedad.

Parte de las tareas cotidianas eran proveerse de leña. “Tener un fuego y agua es clave en la cabaña. Él dejaba que las cosas discurrieran por sí mismas. Y al final, un descanso durmiendo en un árbol, el crepitar de las hojas secas pisoteadas, una ducha con agua casi helada tras una caminata tremenda, cosechar las patatas o sentarse ante la chimenea tras un día invernal le acercaron a la felicidad.

Tuvo momentos malos. El temor a perder de vista el dron, o la noche que pasó vomitando. Pero disfrutó visualizando en su pantalla el vuelo de la cámara aérea sobre las montañas o con la compañía de Atila, con el que al final acabó formando un tándem perfecto atravesando caminos y desfiladeros. “Viví malos momentos, pero siempre eclipsados por los buenos. En cada caminata conté mis pasos hasta cien mil veces, manteniendo así activas las cuerdas vocales. “Viví sin la compañía de una televisión; el fuego me enseñó cómo hacerlo. Dispuse del tiempo a mi antojo, pero sin dejar de ser disciplinado. Sentí la dureza de la soledad de forma implacable, y aprendí mucho de ella. Las heladoras duchas le mostraron que tras el sacrificio llega la satisfacción. “Repuse litros y litros de sudor hidratándome con agua pura, preciado tesoro hoy en día. Ante mis ojos se cruzaron más árboles de los que mucha gente verá a lo largo de sus vidas. “Comprobé cómo mi sombra iba alargándose día tras día, hasta casi escaparse de mí. Vi las altas copas de los árboles dibujadas en cielos multicolor. Disfruté del celestial sonido que el silencio produce. Atravesé kilómetros de bosque en busca de animales y aunque pocas veces los encontré, seguí haciéndolo con la misma pasión. Hice mías las palabras de Nelson Mandela: ‘Fui capitán de mi alma, timón de mi destino’.

El cineasta recomienda a quien pueda reproducir su aventura que es posible disfrutar de la vida y de vivencias en solitario. El último seguidor de Thoreau demuestra que a veces el hombre puede liberarse de la esclavitud de la sociedad industrial, aunque sólo sea a tiempo parcial. Y que comprender las reglas de la naturaleza ofrece recompensas que aún no han sido exploradas.

El empresario asturiano que decidió irse a vivir cien días al monte para sentir la naturaleza en primera persona y rodar un documental que recogiese su experiencia ha sido finalista al Premio Especial del Jurado en el Jackson Hole Wildlife Film Festival, considerado como los Oscar del cine de naturaleza. Ahora, nos presenta el libro que recoge el diario de la filmación: ‘Cien días de soledad. Diario de una experiencia’ (Grijalbo).

Hay personas, tal es el caso de José Díaz (Oviedo, 1966), que parecen haber nacido predestinadas a fundirse en algún lugar del mundo con la naturaleza. Este empresario, fotógrafo y guía de montaña no solo ha encontrado su lugar de residencia en Caleao, inmerso en el Parque Natural de Redes, Desde allí ha sabido además transmitir su amor por la naturaleza a muchas otras personas, mostrándoles los lugares encantados que, desde su cabaña, domina como un sherpa en versión asturiana. Con él siempre va su cámara de fotos, y como resultado de esa simbiosis, presentó ayer en Oviedo, en el Hotel de la Reconquista, 'Entradas al paraíso', un libro en el que deja patente la belleza de Redes. Más de 200 personas acudieron a su convocatoria, entre otros el investigador Carlos López-Otin, el coronel Salustiano García, el documentalista de naturaleza Joaquín Gutiérrez Acha o el productor José María Morales. Una introducción a cargo de varios músicos de la OSPA y un audiovisual con banda sonora de Pablo Díaz, hijo del autor, abrieron el acto.

José Antonio Díaz: Otro Empresario con Espíritu de Venta

JOSÉ ANTONIO DÍAZ está en venta. En realidad, lleva 53 años con el cartel de «Se vende» colgado a su espalda. cualquier cosa que le permita seguir abonando sus cualidades de «encantador de serpientes, de vendedor nato». Y cuenta con la ventaja de saber que quizás su mejor producto sea él mismo. «Hijo del hambre» nacido en Becerreá, dirige desde Madrid un grupo empresarial centrado en la promoción de viviendas pero con intereses en otros muchos sectores. Lo creó gracias al dinero ganado como vendedor de enciclopedias para el Grupo Planeta, que lo nombró director general en el 88, después de que su revolución en el sistema de ventas de libros lo llevara a convertirse en el mejor del país.

Con la que está cayendo, y más en el sector de la construcción, es cuando menos sorprendente verlo cabalgar a lomos de un optimismo sin matización: «El problema es el estado de ánimo que se ha creado en la sociedad. La situación es difícil, pero vamos a salir adelante seguro. No hay que tener miedo a un par de años de recesión después de doce de crecimiento. Esto es una recesión, no la Gran Depresión del 29, y no hablamos de otra cosa que de lo mal que nos va. Para mantenerse en ese estado, se apoya en su socio fiel, el también lucense, Alfonso Quiroga, en su imprescindible familia y en sus escapadas a su casa de Mosteiro, donde pasa el tiempo trabajando en una explotación ganadera de casi 400 cabezas y jugando al tute con sus amigos del pueblo.

«No necesito dinero para mí, no soy gastador ni fantasioso. Y la verdad es que sin el traje y corbata, podría parecerlo. Bajo, pero de espalda ancha y aspecto recio, el pelo cano resalta una piel con el tono de quien pasa tiempo al aire libre; las marcadas ojeras no le restan salud a su rostro redondo. En la izquierda, un reloj de oro, evidentemente caro pero no aparatoso, y un enorme anillo, también dorado. Siempre pegado a él, un Nokia un poco desfasado y muy señalado por el uso. Aunque el cuerpo le pide hablar en gallego, se expresa en un castellano sin acento reconocible -quizás con un aire catalán cuando se embala-. Hincha del Atlético de Madrid, accionista del Espanyol y antibarcelonista militante, Dios lo ha castigado con tres hijos del Barça, pero a cambio le acaba de abrir las puertas del mercado de objetos religiosos.

«Sí que tengo buena relación con la Iglesia. El negocio me gusta, tiene viabilidad y un gran futuro», comenta acerca de un sector que ya ha proporcionado un gran pasado a alguna familia de Lugo. Tampoco en este caso espera fricciones con nadie, olvidados ya los palos en las ruedas que algunos constructores locales quisieron ponerle cuando empezaba en el negocio: «Eso son cosas menores. No hay rencor, hay un futuro para todos». «Pasé allí mi noche de bodas y a lo mejor paso allí mi vejez. Me queda claro que «la vida es un estado de ánimo, una venta permanente de ilusión, un autoengaño constante». Mi condición humana, sin saber por qué, me pide desconfiar de alguien que no me ha dado ni una mala palabra ni un buen motivo para ello, pero cuando acaba la entrevista agradezco sin decirlo que no me haya intentado vender un piso.

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