El Negocio del Miedo: Un Viaje a la Oscuridad del Alma y el Arte
«Es difícil y obsceno soslayar la mirada de un hombre que se desangra hasta morir, pero más difícil aún es sostenerla e intentar zambullirse en el torbellino de pasiones confusas y secretos póstumos que se agolpa en sus retinas.» Así comienza esta novela, invitando al lector a un viaje inmersivo.
La Intriga y el Arte en "La Tempestad"
Para el lector que la aborde, también será difícil sustraerse a la prosa envolvente e hipnótica de su autor.
JUAN MANUEL DE PRADA. MIL OJOS ESCONDE LA NOCHE VOLÚMENES I Y II. 27-11-2025. 4/7
En apenas cuatro días, Ballesteros es testigo del asesinato de un famoso falsificador de arte, se enamora de una mujer excepcional y conoce a personajes tenebrosos unidos por la clandestinidad del delito. Y todo ello en el marco de una ciudad donde la vida y el arte se confunden y donde nada es lo que parece.
“La tempestad” es una novela de intriga y a la vez una reflexión sobre el arte entendido como religión del sentimiento, una novela sobre el imperio de los sentidos y la condena inaplazable de los recuerdos.
La Fascinación por el Miedo en la Literatura
Recuerdo, entre las experiencias más gratas de mi vida, la lectura de las Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, en una edición del Círculo de Lectores que aún guardo, como se guardan las reliquias de los santos. Nunca podré olvidar el aroma de aquellas noches clandestinas en que, estando ya mi casa sosegada, me enterraba entre las mantas y, armado con una linterna, leía por primera vez El corazón delator, El barril de amontillado, El gato negro, El hundimiento de la casa Usher y tantos otros títulos inolvidables. Mis padres habían puesto aquel libro a buen recaudo, conociendo mi inmoderada pasión por la lectura, creyendo tal vez que su desfile de horrores podría herir mi sensibilidad todavía niña; pero yo buscaba, sobre todo, libros que me la hiriesen.
Así que cuando mis padres ya se habían acostado, a oscuras y en celada (la casa era una inmensa oreja, y el pasillo una caja de resonancia que agigantaba los latidos de mi agitado corazón), iba hasta el cuarto donde se guardaba el libro de Poe y lo arrancaba de su anaquel, para llevármelo a la cama. Allí, arrebujado entre las mantas (para impedir que la luz de la linterna asomase por debajo de la puerta, delatándome), leía uno de aquellos relatos sublimes y acongojantes, invadido por un temblor que iba creciendo a medida que se aproximaba el desenlace, hasta convertirse en un hormiguillo cálido, un hervor íntimo que me dejaba en vela durante horas y que yo trataba de mantener atrapado entre las mantas, como tratamos de mantener atrapado el calor en las noches de invierno, por el deseo de sentirnos a salvo, mientras el frío y la muerte desfilan por la tierra.
Los relatos de Poe habían logrado infundirme un miedo que se refugiaba allá en los adentros de mi alma, como un cachorro en su madriguera. Me castañeteaban los dientes y el corazón se me subía a la garganta, mientras imaginaba los horrores que Poe acababa de desplegar ante mí; pero, extrañamente, en lugar de espantar su recuerdo, me esforzaba por guardar su rescoldo, para que siguiera comunicándome aquel escalofrío tan grato. Estaba, en efecto, asustado (y la clandestinidad de mi lectura aumentaba todavía más el susto); pero tal angustia me procuraba un indescifrable gozo que deseaba retener y prolongar, y también repetir a la noche siguiente, y cuantas noches me fuese posible.
La Explicación Lovecraftiana del Gozo del Miedo
Algunos años más tarde encontraría una explicación a este gozo que por entonces me parecía indescifrable, en el prólogo de El horror en la literatura, de H. P. Lovecraft. Todos, más o menos, tenemos conciencia del «lado oscuro y maléfico del misterio cósmico»; todos hemos experimentado en alguna ocasión un sentimiento de incertidumbre y de peligro, ante un mundo acechado de posibilidades malignas; y todos, a la vez que hemos huido de ese peligro, hemos sentido una inevitable fascinación o curiosidad que, sin embargo, no nos hemos atrevido a satisfacer, por cobardía, por respeto reverencial hacia las realidades preternaturales o por instinto de conservación.
Esa fascinación o curiosidad que en la vida corriente reprimimos (salvo que uno sea un temerario o un perturbado) encuentra su desaguadero ante un relato de terror, que nos garantiza que la fascinación o curiosidad que el peligro despierta en nosotros podrá al fin ser disfrutada en plenitud y sin castigo. Cuanto mejor sea el relato que estamos leyendo (cuanto más hermosa sea su arquitectura verbal, cuanto más vibrante sea la narración y más consistentes sus personajes), más porción de nosotros mismos estará prendida del sortilegio; pero incluso cuando leemos una obra maestra, un resorte último en nuestras almas nos garantiza que la amenaza que nos hace castañetear los dientes, que desboca nuestro corazón y estremece nuestros miembros no tiene entidad real, fuera del encantamiento producido por la lectura.
En esa certeza última radica el placer del miedo: sabemos que el abismo que se ha abierto ante nosotros no tragará definitivamente nuestras almas, sino que tan sólo las acariciará brevemente con la brisa de un fuego imaginario. Un fuego cuyo calor huidizo conservaremos luego en la memoria.
El miedo, como lo define Lovecraft, es la emoción más antigua y más intensa de la humanidad; y experimentarlo, lejos de resultar placentero, causa dolor y deja a veces terribles secuelas en nuestro organismo y, sobre todo, en nuestra alma. Pero recrear esa emoción a través de un buen relato de horror provoca un gozo duplicado, que suma a la fascinación al fin colmada que provoca la inminencia de un peligro el alivio de saber que ese peligro es imaginado. Han pasado cuarenta años desde que leí por primera vez las Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe; pero aquel gozo primigenio sigue sin extinguirse. Y, a cada poco, necesito refrescarlo.
Comparativa del placer del miedo: Poe vs. Lovecraft
| Autor | Concepto de Miedo | Placer Derivado |
|---|---|---|
| Edgar Allan Poe | Miedo profundo que se refugia en el alma, generando un escalofrío grato. | Gozo indescifrable, deseo de retener y repetir la angustia experimentada. |
| H.P. Lovecraft | Emoción más antigua e intensa de la humanidad, relacionada con el "misterio cósmico". | Gozo duplicado: fascinación por el peligro imaginado y alivio de su irrealidad. |
La Culpa y la Expiación en la Novela de Juan Manuel de Prada
El sentido de la responsabilidad es una percepción tan subjetiva como relativa es la moral de cada uno. Los difusos márgenes de ambos conceptos son la base sobre la que se cimenta la novela más ambiciosa del autor, aunque quizás excesiva en extensión.
Según la última obra galardonada con el Premio Primavera de Narrativa, ninguna acción es intrascendente, todas tienen consecuencias sobre los demás, pero también, y aquí entra un componente ético, sobre uno mismo. No importa que nadie lo descubra, por muy a salvo que nos creamos, el cadáver que todos escondemos en el jardín de nuestra conciencia terminará por condicionar nuestra vida.
El sentimiento de culpa y la búsqueda desesperada de la expiación de los pecados pueden conducir a la locura tal y como le sucede a Fanny Riffel, la pin-up inspirada en Betty Page cuya tragedia vital corre en paralelo a la de Alejandro Losada, un escritor que bucea en su desgraciada biografía mientras ve desmoronarse los cimientos sobre los que sustenta su apacible existencia.
