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Comunicación

La convulsa historia del liderazgo en el PSOE: de los "tiros" de Écija a la crisis de Pedro Sánchez

by Admin on 15/05/2026

La actual lucha interna del PSOE por el liderazgo entre 'susanistas', 'sanchistas' y demás sectores no es un episodio inédito en la historia del partido que fundó Pablo Iglesias en 1879. Las disputas por el rumbo ideológico y la dirección del partido han sido una constante a lo largo de su trayectoria, llevando en ocasiones a momentos de máxima tensión y confrontación.

La Segunda República: la fractura entre caballeristas y prietistas

En los meses previos a la Guerra Civil, el partido se dividió entre partidarios de Largo Caballero e Indalecio Prieto, que al igual que ahora tenían visiones dispares sobre la ideología, gestión y rumbo del partido. Las divergencias entre 'caballeristas' y 'prietistas' era una lucha ideológica por el rumbo que el partido debía tomar en la Segunda República.

Largo Caballero: la postura revolucionaria

La postura de Largo Caballero era revolucionaria, reacia al sistema de 1931 y cercana al Partido Comunista -con el que pretendía unirse-. En sus propias palabras, "Estoy convencido de que realizar la obra socialista dentro de una democracia burguesa es imposible". Largo Caballero optó por una revolución bolchevique, una postura criticada por Besteiro, quien acusaba a su propio partido de estar “envenenando la conciencia de los trabajadores con una propaganda falsa, que sólo puede llevar a un baño de sangre y luego a luchas entre las propias izquierdas”.

Manifestaciones de Largo Caballero en el V Congreso de las Juventudes Socialistas, así como su discurso del Cine Europa (28/11/1933), donde llegó a decir que no les asustaba hacer como en Rusia si la situación lo exigía, evidenciaban su radicalización. Él expresaba abiertamente: «Vamos a echar abajo el régimen de propiedad privada. No ocultamos que vamos a la revolución social. ¿Cómo? (Una voz en el público: 'Como en Rusia')».

Indalecio Prieto: centrismo y defensa de la República

Por el contrario, Prieto representaba una postura más centrista y defensora de la Segunda República. Tras las elecciones de febrero de 1936, el PSOE mostró, de forma visceral, su división interna, entre el sector de Indalecio Prieto y el de Francisco Largo Caballero. A Besteiro, el verdadero sucesor de Pablo Iglesias tanto en el partido como en la UGT, se le marginó.

El frustrado gobierno de Prieto en 1936

En 1936, tras la victoria de la coalición de izquierdas del Frente Popular, en la que estaba el PSOE, el nuevo presidente de la República, Manuel Azaña, ofreció a Indalecio Prieto la formación de gobierno. Sin embargo, Largo Caballero y sus afines, con mayoría dentro del Partido Socialista, no le permitieron aceptarlo. Con estos antecedentes, el PSOE se encontraba en la primavera de 1936 -a pocos meses del estallido de la guerra- absolutamente partido en dos facciones enfrentadas por la ideología que debía seguir el partido.

El incidente de Écija: la violencia se desata

Tras meses de disputas verbales, la tensión estalló a finales de mayo en Écija. Y es que en el sur era más patente la oposición entre ambas partes. La fractura era tal que en la localidad de Écija los seguidores de uno y otro lado la emprendieron a tiros durante un mitin que Prieto pretendía dar. El resultado fueron cinco heridos y un ahondamiento de la crisis política.

El 31 de mayo de 1936, Indalecio Prieto, acompañado por González Peña, Belarmino Tomás, Negrín y otros ilustres militantes del PSOE, entraron a la plaza de toros de Écija (Sevilla), con el objetivo de dar un mitin. Las Juventudes Socialistas Unificadas, radicalizadas, dieron vivas al Partido Caballerista y a Santiago Carrillo, y se negaron a que hablasen Prieto y sus amigos. Minutos después, Prieto -que fue tachado de "fascista"- decidió cancelar el acto después de que le fueran arrojadas piedras y botellas y se escucharan varios disparos. Pero fue a su salida cuando se abrió fuego.

Los escoltas de Prieto y los 'caballeristas' intercambiaron disparos mientras los dirigentes socialistas huían precipitadamente. "Los coches les esperaban. Abandonaron la ciudad como alma que lleva el diablo, perseguidos por los izquierdistas locales en otros vehículos. Los perseguidores capturaron temporalmente al secretario personal de Prieto en la carretera, trasladándolo otra vez a la ciudad, de donde lo liberó al Guardia Civil", narra el historiador Stanley G.

El propio Indalecio Prieto relató los hechos: "En Écija, ni a González Peña, que volvía del presidio, ni a Belarmino Tomás ni a mí, que regresábamos de la expatriación, se nos permitió hablar. De Écija fuimos expulsados a tiros por nuestros propios correligionarios, tres diputados socialistas. Gracias a la decisión de Juan Negrín, que pistola en mano protegía al líder centrista con su formidable anatomía, al policía sevillano Sáez y al jefe de la Guardia Municipal de Carmona, que revolver en mano, de pie en los estribos del automóvil y cubriendo con sus cuerpos las ventanillas del coche, lograron abrirme paso hacia la carretera de Córdoba, mientras muchachos de la Motorizada, respaldados contra los muros de la plaza de toros, protegían mi retirada con el fuego de sus pistolas ametralladoras..." (Indalecio Prieto, Socialista y Español. Octavio Cabezas).

Francisco Largo Caballero (izquierda) e Indalecio Prieto (derecha).

Nuevo enfrentamiento entre socialistas y populares por un vi

La Revolución de Octubre de 1934 y sus consecuencias

Para la izquierda, la presencia de una fuerza católica y conservadora fue la señal definitiva de que la República se les escapaba de las manos. En Asturias, la insurrección adquirió un cariz más severo con los mineros imponiéndose a golpe de dinamita. La Revolución de Octubre apareció como un expósito a la puerta de un hospicio. Nadie se molestó en publicar el clásico bando o manifiesto.

La sangre, los incendios y la destrucción del patrimonio (como parte del casco histórico de Oviedo) marcaron una línea roja. El gobierno tuvo que recurrir a las unidades mejor entrenadas del Ejército de África. La Universidad de Oviedo quedó totalmente destruida. Las cifras varían según las fuentes, pero el saldo humano y material fue grave.

Indalecio Prieto huyó a Francia escondido en el maletero de un coche. Una vez en París, acusó al Gobierno ante la prensa de aplicar “medidas extremadamente violentas, como si se tratara de una guerra”. El efecto político fue devastador para la credibilidad de la República: la polarización aumentó varios puntos. No se puede imputar a una sola persona todo el desastre político que siguió. En la cuerda de presos anarquistas en la revuelta minera del Llobregat, se encontraba Largo Caballero como Ministro de Trabajo.

Líder Postura Ideológica Rol en la Segunda República
Francisco Largo Caballero Revolucionaria, cercana al comunismo, reacia al sistema de 1931. Presidente del Gobierno republicano durante la Guerra Civil.
Indalecio Prieto Centrista, defensora de la Segunda República. Ministro de Defensa Nacional durante la Guerra Civil.
Julián Besteiro Sucesor de Pablo Iglesias, marginado por la confrontación. Criticó la radicalización del partido.

La Guerra Civil: una tregua forzosa

La Guerra Civil aplazó la tensión en el PSOE, que se trasladó al campo de batalla. Largo Caballero logró la presidencia del Gobierno republicano durante el conflicto, siendo más tarde desplazado del puesto, e Indalecio Prieto alcanzó el ministerio de Defensa Nacional, aunque acabó dimitiendo ante el claro curso de la Guerra en favor el bando sublevado.

La crisis de Pedro Sánchez en 2016: un reflejo de la historia

Pedro Sánchez (Madrid, 1972) fue elegido este domingo, 21 de mayo de 2017, en unas primarias convocadas para elegir al nuevo secretario general del PSOE. Su historia al frente del PSOE ha sido convulsa y ha terminado mal, con el partido destrozado internamente, herido de gravedad y con pésimo pronóstico.

Ascenso y distanciamiento con la cúpula

Su ascenso comenzó tras la marcha de la Secretaría General de Alfredo Pérez Rubalcaba. Fue entonces cuando logró -el 13 de julio de 2014- por votación directa de la militancia imponerse a su principal rival Eduardo Madina. Las maniobras que se desarrollaron entre bambalinas para que él alcanzara el triunfo fueron en buena medida la semilla del tortuoso camino que luego le aguardaría a él y al PSOE. La baronesa andaluza Susana Díaz fue entonces su gran mentora.

Sánchez llegó a la cúpula de Ferraz de su mano. Pero había condiciones no escritas tras el apoyo: una cosa era ocupar el sillón de Ferraz y otra muy distinta aspirar a la Presidencia del Gobierno. Y él, que se había forjado una imagen de joven renovador, moderna y un tanto romántica -el chico del barrio de Tetuán que se había recorrido todas las agrupaciones de España conduciendo su propio coche para acercarse a las bases- se revolvió rápidamente contra los designios del aparato. Llegó incluso a creer que podría con él, que estaba oxidado. Y se equivocó. En el PSOE la vieja maquinaria funciona como un reloj y, a veces, como una trituradora.

Tuvo la osadía de anunciar su intención de optar a la Presidencia del Gobierno y a partir de ese momento empezó a hacerse evidente el distanciamiento con Díaz y los principales dirigentes territoriales. Tras la Navidad de 2014 el malestar de un buen número de barones y de aquellos que habían apostado por Madina creció exponencialmente. Pese a ello, consiguió ser proclamado candidato a la Presidencia del Gobierno en junio de 2015.

Pedro Sánchez dimitiendo como Secretario General del PSOE en 2016.

Resultados electorales adversos y creciente oposición interna

Las elecciones del pasado diciembre fueron su gran prueba de fuego. Y se quemó. El PSOE conseguía el peor resultado de su historia: 90 escaños. Las críticas respecto a su estrategia y su proyecto comenzaron a aflorar. «Nos hemos equivocado; debemos reconocerlo, nos hemos equivocado», lamentaba tras esas fechas un atribulado José Bono, siempre pendiente del devenir del PSOE y excelente conocedor de los equilibrios de poder en el partido.

Pese al fracaso presentó el magro resultado como «histórico» porque el PSOE, pese al empuje de Podemos, se mantenía al frente de la izquierda. Esas elecciones, las del 20-D, dejaron muchas heridas. Las listas con outsiders que decidió él con su círculo restringido de afines pisaron muchos callos. Y Sánchez, consciente del rechazo que generaba ya entre barones y dirigentes varios, se apartó de todos. No consensuaba, no consultaba, no llamaba por teléfono. Se encerró en una burbuja a la que sólo accedían sus fieles: César Luena, Óscar López y Antonio Hernando.

Hubo por aquella época quien ya se refería a él como «el caballo de Troya» que haría trizas el partido desde dentro. Sus planes y su estrategia y los de Susana Díaz y la mayoría de los mandos territoriales eran ya como líneas paralelas sin posibilidad de encontrar una intersección.

La aritmética electoral había arrojado resultados endiablados. Por eso, después de que Rajoy constatase que no contaba con una mayoría suficiente para sacar adelante una investidura, Sánchez se lanzó a intentarlo. Trabajó contra las evidencias para intentar concitar el apoyo de Ciudadanos y Podemos, pero mezclar agua y aceite es imposible. Se presentó a una investidura a sabiendas de que su fracaso estaba cantado. Su arrojo gustó a la militancia pero no a los prebostes.

Y llegaron las elecciones del 26 de junio. Las segundas. Los ánimos estaban soliviantados y las esperanzas bajo mínimos. El resultado fue desolador: 85 escaños. Pese a todo, Sánchez presentó otra vez el dato como un éxito porque había evitado el sorpasso de Podemos. No hubo asunción de responsabilidades, ni autocrítica, ni reconducción de estrategias. Por esas fechas algunos conocedores de la maquinaria interna anticipaban que a no mucho tardar se alzarían las voces críticas y se pronunciaría «hasta el lucero del alba».

El "No es No" y la dimisión forzada

Aferrado al apoyo que en un día le dio la militancia, optó por negar la evidencia de que sólo absteniéndose ante el PP sería posible asegurar la gobernabilidad del país. «No es no». Ése fue su mantra. Ni siquiera intentó negociar con Rajoy sus votos a cambio de exigencias. De nada sirvieron las llamadas de atención de Felipe González. Sánchez desdeñó al mito. Se reconcentró en sus planes más que nunca y optó por desafiar a los más poderosos de su propio partido que ya preparaban abiertamente el desembarco de Susana Díaz. Para frenarlos planteó la convocatoria de unas primarias exprés y un congreso inmediato. Así se garantizaba casi con toda seguridad ser él el único aspirante.

La revuelta estaba servida. Le dimitió la mitad de la Ejecutiva pero intentó seguir. Una semana ha durado su resistencia numantina. Hasta el 2 de octubre de 2016, Pedro Sánchez cayó. Y lo hizo rodeado de drama. Su historia al frente del PSOE ha sido convulsa y ha terminado mal, con el partido destrozado internamente, herido de gravedad y con pésimo pronóstico.

El Comité Federal del PSOE de ese día -bochornoso en todos los sentidos- demostró que Pedro Sánchez tenía ya enfrente a más de la mitad del poder orgánico del partido, en una situación insostenible. Pasadas las 20.00 horas, perdió la votación de su congreso extraordinario con primarias en tres semanas por 25 votos: 132 noes frente a 107 síes. Si no hubieran dimitido los críticos de la Ejecutiva y hubieran podido votar (tres sí pudieron porque son secretarios generales autonómicos), habría cosechado 14 noes más: una gran diferencia de 39 personas sobre un censo de 253.

Las cifras demuestran por qué Sánchez no podía encabezar un «Gobierno del cambio», como él decía, y por qué carecía de autonomía en la dirección del partido. Como decía a sus más próximos, se sentía «maniatado y vigilado». El poder institucional y orgánico del PSOE estaba completamente contra él.

El Comité Federal y la "algarada interna"

El poderoso PSOE andaluz, que cada vez tiene más peso en el partido, los barones críticos (seis de los siete presidentes autonómicos), los dirigentes históricos, las federaciones más importantes, los fieles a Eduardo Madina y numerosos líderes socialistas tumbaron ayer finalmente a Pedro Sánchez en un bochornoso Comité Federal y tras una semana negra para el socialismo español.

Sánchez tenía ya enfrente a más de medio partido, como se comprobó ayer. Seguramente, como reconocen todos, había conseguido el apoyo de las bases, especialmente en los últimos meses, con su resistencia numantina a las críticas internas y por su imposible deseo de encabezar un Gobierno del cambio que le llegó a convertir en el candidato a presidente del Ejecutivo proclamado por el jefe del Estado el pasado mes de febrero.

Sin embargo, no pudo contener la ofensiva que empezó tras el desastre electoral de los comicios vascos y gallegos, ni siquiera con su última huida hacia adelante: la convocatoria ya de un congreso.

Una de las batallas del interminable Comité Federal fue el voto secreto. Desde por la mañana, Ferraz intentó que los 253 delegados -entre ellos la parte de la Ejecutiva que no dimitió, incluido Sánchez- votaran en urna y en secreto. Fuentes de la ya ex dirección explicaban que los delegados regionales están muy controlados por sus secretarios generales y que la presión desaparece cuando el voto es en urna.

Tras horas de negociaciones entre la presidenta del Comité Federal, Verónica Pérez, por los críticos, y el secretario, Rodolfo Ares, por la dirección, llegaron a una propuesta a la que Pérez se oponía -la mesa del Comité contaba con dos sanchistas frente a ella-. Decidieron que el órgano sometiera a votación convocar un congreso extraordinario con votación de la militancia el 23 de octubre para elegir nuevo líder. Unas primarias a las que Sánchez había anunciado que se presentaría. Él siempre estuvo convencido de que tenía el apoyo de la militancia.

Sin embargo, cuando se estaba discutiendo sobre el voto en urna, miembros de la dirección las sacaron de detrás del escenario y se produjo el episodio más bochornoso del Comité Federal. El sector de Sánchez colocó las urnas por sorpresa y sin avisar cerca de las 18.00 horas. Y Sánchez y la Ejecutiva empezaron a votar. En este momento, numerosos delegados críticos empezaron a gritar y a increpar a la dirección: «¡Pucherazo!», «¡tramposos!». Fuentes de varias federaciones hostiles a Sánchez explicaron que los afines al secretario general empezaron a votar sin que fueran controlados por la mesa y sin que nadie comprobara cuántas papeletas metían en la urna.

El incidente encendió los ánimos hasta el máximo y Susana Díaz llegó incluso a llorar al denunciar que «¡están matando al PSOE!». Los críticos consideraron que la votación estaba siendo «ilegal» porque se estaba haciendo fuera de todos los controles del partido. Algún dirigente próximo a Sánchez reconoció que le había sorprendido esta actitud, que provocó la interrupción de la votación y una importante algarada interna, con gritos histéricos incluidos, según los presentes. A partir de ese momento, los críticos comenzaron a repartir impresos para pedir una moción de censura -basta el 20% de los miembros del Comité-. Según sus fuentes, recogieron más de un 50%. En ese momento el Comité Federal se quebró por completo y de forma irreconciliable. El dirigente de Izquierda Socialista José Antonio Pérez Tapias abandonó asqueado la reunión y denunció que «el PSOE está roto».

Tras el tumulto y otras dos horas de negociación, la dirección accedió a que la votación se realizara finalmente por llamamiento -de viva voz-. En ese momento, fuentes oficialistas lamentaron que Sánchez había perdido. «Los delegados se deben a los barones y ya no se atreverán a votar contra ellos», explicaron. La votación final arrojó 132 votos contra Sánchez y 107 a favor. El secretario general, que había afirmado que dimitiría si el Comité Federal tumbaba su propuesta, renunció.

La gestora y el futuro incierto

El dirigente madrileño intervino ante el Comité para anunciar su dimisión y prometió «apoyo leal» a la gestora que desde ahora dirigirá el partido. Tras su intervención, hizo una breve comparecencia ante los periodistas y sin preguntas. Una alocución en la que dejó en el aire si renunciará a su escaño en el Congreso y si optará a las próximas primarias -seguramente en 2017- para intentar recuperar las riendas del PSOE.

La formación de una comisión gestora que dirija el partido -dirigida por el presidente de Asturias, Javier Fernández- conllevará también cambios en la dirección del Grupo Socialista en el Congreso. La gestora, aprobada y nombrada durante la madrugada, está formada además de por Fernández, por once miembros, entre los que hay dos personas de confianza de la presidenta andaluza, Susana Díaz, el portavoz socialista en el Parlamento andaluz, Mario Jiménez, y la diputada del PSOE de Córdoba María Jesús Serrano.

Además, forman parte de esa gestora un expresidente regional, el balear Francesc Antich; y dos miembros de la federación extremeña, la secretaria de Organización, Asunción Godoy; y la concejala Soraya Vega. Completan la lista de los integrantes José Muñoz Lladró, líder de las juventudes socialistas valencianas y portavoz adjunto en las Cortes Valencianas; María Dolores Padrón, dirigente local canaria; Ricardo Cortés, diputado en el Congreso por Cantabria; y Francisco Ocón, 'número dos' de César Luena como secretario de Organización del PSOE de La Rioja. En total, once socialistas componen esta comisión gestora que habrá de conducir al PSOE a su próximo Congreso Federal aunque el nombre del integrante del PSC no se conocerá hasta que la federación catalana celebre su Congreso. Según ha explicado la ex portavoz del Grupo Socialista Soraya Rodríguez la composición de la gestora se ha aprobado por la práctica unanimidad del Comité Federal al haberse registrado una abstención y un voto en contra.

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