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Comunicación

El Agotamiento del Liderazgo Republicano: Del Reaganismo al Desafío del Trumpismo

by Admin on 16/05/2026

El Partido Republicano, conocido como el GOP (Grand Old Party), ha atravesado diversas etapas de agotamiento y renovación a lo largo de su historia. Desde la crisis de los años 70 hasta el surgimiento del trumpismo, el liderazgo republicano ha enfrentado desafíos que han puesto a prueba su coherencia ideológica y su capacidad para conectar con la sociedad.

En 1975, el elefante republicano chapoteaba ensimismado en el estanque de frustración que propiciaron el caso Watergate, la renuncia de Nixon y la derrota de Vietnam. Bajo los rigores devastadores de la crisis económica de los 70, el GOP yacía presa del desaliento. Fue entonces cuando Ronald Reagan asumió el liderazgo republicano y afrontó la situación con energía imaginativa y claridad de objetivos. Ofreció a los norteamericanos una causa en la que creer y, al mismo tiempo, les dio una respuesta coherente y sencilla a los problemas que preocupaban a la sociedad. Así, el elefante se puso en marcha, encontró la senda argumental para un nuevo destino y avanzó hacia él con decisión, guiado por una bandera que sus pioneros pronto bautizaron como la Revolución Conservadora.

Cinco años después, Reagan fue llevado a lomos de una sólida mayoría republicana hasta la Casa Blanca, revalidándola y extendiéndola luego al Capitolio. Al éxito de esta estrategia contribuyeron varios factores. Por un lado, la mutación ideológica ensayada por Barry Goldwater en 1964, ya que introdujo un arsenal teórico con el que combatir el paradigma cultural introducido con el New Deal de Roosevelt. Y, por otro, la Revolución Conservadora liderada por Reagan. En 1980, Reagan sintonizó con una amplia mayoría transversal que aglutinó a las clases medias suburbanas y a buena parte de las clases trabajadoras blancas de todo el país y que, fieles al substrato común aportado por los valores tradicionales, contemplaban con preocupación los cambios que exhibía la nueva estructura de la sociedad postindustrial descrita por Daniel Bell en los 70.

Posteriormente, el sentido realista y pragmático de muchas de las políticas de Reagan dio estabilidad y continuidad a esa mayoría. Primero, con George Bush padre y después, con Bill Clinton y los llamados nuevos demócratas. Éstos se mantuvieron dentro de las coordenadas del legado de Reagan al defender un partido de perfil centrista que se limitaba a corregir los excesos neoliberales de la política económica de los 80. Incluso 20 años después del nacimiento de la mayoría que logró aposentar cómodamente al elefante en los pastos del Capitolio, la presidencia volvió a recaer en otro republicano, aunque esta vez la victoria de George W. Bush fue ajustada. La razón hay que buscarla en que los demócratas, después del fortalecimiento del patriotismo vivido tras el triunfo en la guerra fría y la generalización del Fin de la Historia pergeñada por Fukuyama, estaban tan firmemente instalados en la centralidad que perdieron un voto de clase trabajadora que había sido descuidado y que el GOP supo captar.

La Crisis de 2008 y el Camino hacia el Trumpismo

El boomerang que tumbó a Carter y el Muro de Berlín, que maniató a Clinton, sustentó la política exterior de Bush y condenó a los demócratas al papel de comparsas durante décadas, se ha vuelto finalmente contra McCain y el GOP. Basta echar un vistazo al mapa electoral y analizar en dónde ha crecido la mancha azul (demócrata) y roja (republicana) en 2008 para comprender que el elefante se ha detenido en su marcha. En realidad, ha quedado atrapado dentro del laberinto estratégico edificado por Reagan tras su victoria en 1980. De hecho, la mayoría de Bush de 2004 fue el cénit de un diseño insinuado en los 60, cuando el eje de gravedad republicano se desplazó del norte al sur, adaptándose a los cambios demográficos y rentabilizando el malestar causado entre los sureños demócratas por la lucha de Kennedy contra la segregación racial.

Precisamente las claves de la derrota republicana de 2008 hay que buscarlas en el éxito sin paliativos alcanzado cuatro años atrás. El énfasis sureño cada vez más conservador y moralista, así como la radicalización de los discursos con los que el GOP afrontó la reelección de Bush, sentaron las bases del agotamiento de sus expectativas de crecimiento. La apuesta por dividir maniqueamente el país en torno a un debate simplificador sobre los valores religiosos y la lucha de clases cultural que ensalza al hombre corriente del interior (Heartland) frente al esnob progresista del este han lastrado la estrategia diseñada por Reagan cuando abrió el angular de los asideros electorales de los republicanos.

En este sentido, la irrupción de los neocons en el entorno de Bush y el desarrollo de su política exterior tras el 11-S añadieron a la visión republicana un componente ideológico cada vez más radical en sus planteamientos sobre los fundamentos y el funcionamiento de la democracia norteamericana, haciendo de la lucha contra el relativismo moral preconizada en los escritos de Leo Strauss un objetivo final de refutación y refundación del paradigma contractual sobre el que se basó el nacimiento de Estados Unidos en 1776. Hoy, el elefante vuelve a ensimismarse. La derrota sufrida por McCain ante Obama ha situado al GOP ante una compleja encrucijada que no permite un análisis basado en la perspectiva europea.

En la batalla electoral de 2008 el GOP ha tratado de restaurar la mayoría de los 80. Ha querido apostar por el moderantismo de McCain y su giro centrista, pero el intento ha sido vano, ya que la crisis y el descrédito de la Administración Bush terminaron por dañar sus posibilidades. McCain era un buen candidato, pero ya era demasiado tarde. Dos frases explican por dónde puede llegar la salida del laberinto: el hilo que habrá de seguir el GOP para reconciliarlo con importantes sectores de las clases medias del este y el oeste del país, y abrirlo a espacios de apoyo entre la población hispana y las mujeres. Para Newt Gingrich "hay que ser honestos acerca de la gravedad de nuestro fracaso tras ocho años de gobierno y saber por qué no hemos tenido éxito social después de este periodo". Por eso mismo Jim Greer, uno de los líderes en alza dentro de los republicanos, no ha dudado en afirmar autocríticamente desde Florida que sus seguidores no pueden "obsesionarse con asuntos que no preocupan a la mayoría de los norteamericanos".

El Trumpismo: Una Alternativa al Agotamiento Neoliberal

En un tiempo en el que el neoliberalismo mostraba un claro agotamiento como proyecto de horizonte político ‒irradiado desde EE. UU.‒ Donald Trump planteó una alternativa. Se trató de una alternativa con fuerte carga política e ideológica, pero en la medida en que golpeaba a las élites políticas tradicionales norteamericanas, con fachada discursiva “antipolítica”. En ese sentido aparecía también en cierta medida «antisistema», ya que cuestionaba el propio orden institucional y no dudó en comprometerlo: nombramientos extemporáneos de miembros del Tribunal Supremo, asalto al Congreso, indultos injustificables… En definitiva, una alternativa en el plano electoral al agotamiento del partido republicano.

Esa alternativa efectivamente permitió articular a segmentos radicales de la derecha norteamericana, tradicionalmente alineados en el Partido Republicano, pero incómodos con su limitada combatividad en las guerras culturales: LGTBI+, igualdad racial, migración, furibundo anticomunismo, etc. El Tea Party, el poderoso lobby anticastrista o la Fox encontraron en Trump a su líder natural. También en el plano social los perdedores del sistema, típicamente obreros desempleados por la amplia reconversión industrial, hallaron en Trump al líder «antisistema» que anhelaban.

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Cinco Rasgos Clave del Trumpismo

  1. Táctica confrontativa: caracterizado por una forma de gobernar estridente, tratando de marcar la agenda política a golpe de impacto mediático.
  2. Sustrato ideológico conservador: combatividad en la guerra cultural con una marcada política interior antiderechos, antimigrante y de política exterior negacionista (coronavirus, cambio climático, Organización Mundial de la Salud, Cumbre del Clima, etc.)
  3. Posición política antiliberal (o iliberal): cuestionamiento de las bases del republicanismo político (antipolítica o antisistema), atacando explícitamente a los medios de comunicación no afectos y la división de poderes.
  4. Posición económica neonacionalista: su posición abiertamente contraria al modelo de multilateralismo y la globalización es el principal eje articulador de su conexión con las amplias bases antisistema que se habrían movilizado por la promesa de reindustrialización.
  5. Base social movilizada: el trumpismo en EE. UU. tiene una base en la clase media (constituida por décadas y con una definida capacidad de consumo) que en buena parte de AL no tiene comparación. Su retórica antipolítica y las promesas de resurgimiento nacional le habrían permitido alistar importantes sectores movilizados.

El Agotamiento del Liderazgo de EE. UU. y la Sociedad Americana

La inestabilidad no reside en el expansionismo ruso, como proclama la propaganda de las elites de Occidente, ni en las presuntas aspiraciones hegemónicas de China. Con un PBI que representa el 10% de EE.UU, Rusia carece de capacidades. Y en el caso del gigante asiático, su historia no permite alentar estas especulaciones: desde siempre, ha tenido suficiente consigo mismo, con su propia complejidad. El liderazgo del país del norte se sostiene por el poder de su gigantesca maquinaria militar, el dólar como unidad monetaria del capitalismo global, la potencia de su industria de entretenimientos, propaganda e información (Hollywood, Silicon Valley, corporaciones mediáticas) y la capacidad de innovación del ecosistema tecnológico.

Pero la violencia política, la racial, la crisis espiritual, la pauperización de la clase media y la profundización de la brecha social son líneas de fractura que denuncian la desaparición de un capital de valores morales y políticos compartidos, de un sustrato cultural social común, y desmoronan el orden interno. La descomposición del sueño americano, el sistema de creencias colectivas que hizo posible la grandeza nacional, horada la posibilidad de una visión compartida de la realidad y alimenta una dinámica de atomización del cuerpo social (ideológica, económica, cultural) que advierte sobre la progresiva ruptura del pacto nacional. A medida que se desintegra el ethos que constituye a la nación en su esencia, Estados Unidos deviene progresivamente una potencia imperial que tambalea sumida en una crisis existencial.

En menos de dos meses, un candidato presidencial sufrió dos intentos de asesinato. Por esos días, el presidente en ejercicio fue destituido como candidato a la reelección y reemplazado por su vicepresidente. En un país donde más de 40 millones de personas poseen armas de fuego o tienen fácil acceso a ellas, alrededor del 10% de los adultos, 26 millones de estadounidenses, apoyan el uso de la fuerza para impedir que Donald Trump llegue a la presidencia. Otro 7%, 18 millones, están de acuerdo en usarla para restaurar al candidato republicano en el liderazgo del país. De un lado y del otro, alrededor del 20% de los ciudadanos, unos 48 millones, creen en el uso de la violencia para definir quién será el próximo presidente. El 1 de octubre de 2024, en el marco del primer debate entre candidatos a vicepresidentes, el republicano J.C. Vance fue incapaz de reconocer que Donald Trump había perdido las elecciones en noviembre de 2020.

Indicadores de Descomposición Social en EE. UU.

Indicador Dato Comparación
Concentración de riqueza El 20% más rico acapara el 70% de la riqueza Un 8% más que hace dos décadas
Brecha salarial Directores ejecutivos ganan 270 veces más que el trabajador promedio 27 veces mayor que en 1980
Vida al día El 65% de los estadounidenses vive al día
Pluriempleo Al menos 29 millones tienen dos o más trabajos
Muertes por fentanilo Más muertes cada 14 meses que en todas las guerras desde 1945
Disposición a servir en FFAA Solo el 9% de jóvenes entre 17 y 24 años 71% no cumple criterios físicos (obesidad)

El economista Paul Krugman reconoce que “si estuviéramos ante un país extranjero con el nivel de disfunción política de mi país, tal vez consideraríamos que está al borde de convertirse en un Estado cuyo gobierno ya no es capaz de ejercer un control efectivo”. Robert Pape dice que el escenario sociopolítico no es de guerra civil, todavía, pero advierte que el conflicto civil podría intensificarse hasta niveles mucho más violentos que los vistos hasta ahora. Atribuye este estado de conflicto en parte a que Estados Unidos está atravesando un periodo de transición demográfica que lo llevará a transformarse en unas décadas en una democracia multirracial con una minoría blanca. La progresiva desaparición del componente sociocultural WASP (blanco, anglosajón, protestante) como agente demográfico prevaleciente está provocando una profunda crisis de autopercepción en un amplio espectro del colectivo social.

La situación de violencia política latente también se hace eco de las líneas de ruptura que dividen a la sociedad después de casi medio siglo de exacerbado neoliberalismo. Este proceso profundizó la pobreza, debilitó las posibilidades de ascenso social y erosionó la integridad de las clases medias. La Revolución Conservadora que rediseñó el Estado y la sociedad durante el mandato de Ronald Reagan, aupada sobre el eslogan-mantra “el gobierno es el problema, no la solución”, desmontó las premisas de la economía neokeynesiana, las conquistas de inclusión social y los mecanismos públicos de regulación de espacios estratégicos (bancos, energía, complejo militar industrial) heredados del New Deal de Franklin D. Roosevelt y la Gran Sociedad de Lyndon Johnson. Dio rienda suelta a un tipo de capitalismo financiero que desplazó a la economía de producción y que viene beneficiando de manera sostenida a quienes ya estaban en la cima de la pirámide social. Las consecuencias son, para el Estado, el mayor déficit fiscal de su historia.

En “La tiranía del mérito”, Michael J. Sandel advierte acerca de los efectos corrosivos que la consumación de una masiva subjetividad neoliberal provoca sobre el cuerpo social. Según Paul Krugman la economía estadounidense pasó en apenas tres décadas de tener la clase media más dinámica del mundo al estancamiento, primero, y la polarización social después, con tendencia a convertirse en una nación de ricos y pobres socialmente antagónicos. El sostenido debilitamiento de las clases medias impacta sobre la integridad de la nación como proyecto colectivo, porque son estas las que, a partir de su imperio, establecen y legitiman las coordenadas del proyecto común. La persistente pérdida de potencia e influencia del protestantismo, sustrato religioso y filosófico fundamental en la conformación de los valores primordiales de la nación también colabora con el proceso de crisis. Según distintos estudios, desde principios de los años ’90 la proporción de estadounidenses sin filiación religiosa viene aumentando casi 2 puntos por año. Un salto exponencial si se toma en cuenta que durante los veinte años anteriores (1970-1990) ese grupo sólo había crecido 2 puntos a lo largo de ese período. En esta descomposición de los vínculos y de los sistemas de creencias subyace la persistente concreción de un extendido estado de nihilismo. Sólo el 20% de los estadounidenses está satisfecho con la situación general del país.

Para Zareed Zakaria este pesimismo parece fuera de lugar porque los fundamentos del poder que hacen de Estados Unidos la única superpotencia global siguen intactos: “El ingreso per cápita (medido por el poder adquisitivo) supera al de Europa occidental y al de Japón. El poder militar sigue siendo incomparable. La aseveración de Zakaria es inobjetable porque la capacidad de proyección de poder de Estados Unidos llega efectivamente a todos los escenarios y actores. Cuenta con casi 10 mil satélites y, a través de sus grandes corporaciones tecnológicas, controla la mayor parte de los cables submarinos que constituyen la infraestructura clave en la era de la conectividad. Hollywood y Silicon Valley gestionan el entretenimiento y la información en la mayor parte del planeta. El dólar persiste como moneda de reserva global y las tecnológicas controlan el emergente capitalismo en la nube. Pero el talón de Aquiles de este superpoder se encuentra en el sostenido resquebrajamiento del orden interno a medida que cobran fuerzas las dinámicas de polarización que tienden cada vez más a los extremos. En este proceso, la crisis del sistema de valores morales y políticos que configuran al cuerpo social como un todo, lo que concreta el “nosotros”, implica la progresiva desaparición de los trazos identitarios que definen a la comunidad, el ethos que funda la nación. Desaparece el proyecto colectivo como unidad de destino y la potencia imperial deviene en un poderoso agente que ha perdido su centro de gravedad. Después de décadas de neoliberalismo desembocado, el extendido estado de nihilismo está impregnado en todas las dimensiones de la existencia colectiva. El desorden interno proyecta comportamientos externos erráticos, confusos.

En el reciente debate preelectoral los candidatos a vicepresidente fueron consultados por la pérdida de capacidad de Estados Unidos para ordenar el mundo, por el sostenido debilitamiento de su poder de persuasión y disuasión. Esta situación expone al hegemón global ante China y Rusia. Las elites de estos dos contradictores conciben a sus países como Estados-civilización depositarios de un acervo cultural y político genuinos, patrimonio que les provee anclaje existencial y se despliega como fuente de identidad e instrumento de cohesión interna.

El Partido Demócrata: Desafíos y Perspectivas de Renovación

El presente artículo brinda una breve caracterización de la situación del Partido Demócrata de los Estados Unidos de América (EE.UU.) en el año posterior a las elecciones presidenciales de 2024. Mediante el análisis de fuentes oficiales, académicas y periodísticas, se examinan de forma general los factores políticos, económicos y sociales que han influido en la evolución del partido tras su derrota electoral frente al Partido Republicano en dicho año. El estudio considera que los efectos ocasionados por erosión del apoyo en sectores del electorado que tradicionalmente apoyaban a los demócratas, las contradicciones entre las facciones dentro del partido y la falta de liderazgo son aspectos que inciden negativamente en su situación interna.

Cabe resaltar que se tienen en cuenta las condiciones del contexto político en los EE.UU. durante la última década, como son el aumento en la polarización, la crisis de ese modelo democrático y la desconexión entre votantes y sus representantes. Estos factores también han limitado la capacidad del Partido Demócrata para ofrecer una alternativa sólida y eficaz frente al dominio republicano.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, señaló la estrategia del Partido Popular de "judicialización de la vida política, de expansión de bulos, de desinformación y de crispación", buscando "ganar por agotamiento". Además, cuestionó el liderazgo de Alberto Núñez Feijóo, aludiendo a los congresos convocados de manera precipitada para "acallar el runrún de un liderazgo averiado".

Sánchez también hizo hincapié en que la actual dirección del Partido Popular no estaba preparada para un anticipo electoral, a pesar de llevar dos años pidiendo elecciones. En cuanto a la búsqueda de una alternativa a la altura de España, el presidente afirmó que Feijóo se presentó en 2023 "con la nada absoluta, que es con lo que se va a presentar usted en el año 2027", y que "por muchas piezas que cambien en este Congreso del Partido Popular no van a cambiar la pieza que no funciona, la pieza averiada que es usted, señor Feijóo."

tags: #agotamiento #del #liderazgo #republicano #información

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