Adam Smith y los Empresarios: Una Perspectiva Crítica
Subyace la idea de que los liberales somos los defensores de los empresarios, frente a los intervencionistas que serían los defensores de los trabajadores, de los consumidores, del ecologismo, o de los yanomamis. Si lo primero es erróneo, lo segundo refleja la verdadera naturaleza del estado, lo que subyace tras el monopolio legal de la fuerza. Obviamente toda organización estatal es intervencionista por el mero hecho de existir.
Digamos que cuando me refiero a un estado intervencionista, por simplificar me refiero a aquel del que hemos “gozado” en buena parte del siglo XX, ése que controla gran parte del PIB, ese que ha encontrado en el *welfare state* y la democracia una increíble herramienta para el control social. Todos sabemos de quién estamos hablando. Es un buen ejemplo de aquellos que saben perfectamente que el negocio está en el BOE.
El escocés Adam Smith es considerado como el padre del liberalismo económico y el referente intelectual de quienes preconizan un estado mínimo.
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Sin embargo, esta fantástica interpretación de su pensamiento es incorrecta. De hecho, en sus escritos, Smith sueña con una sociedad más igualitaria, y criticó a los ricos por servir a sus propios intereses a expensas del público en general.
Hoy, el llamado de Smith a favor de una "perfecta igualdad" o se pasa por alto o se tergiversa deliberadamente. Sus más fervientes defensores echan mano de su obra para respaldar la idea de que los ricos son "creadores de riqueza" y, por tanto, irreprochables.
La Complejidad de Adam Smith
El prestigioso economista serboestadounidense Branko Milanovic, uno de los grandes expertos en desigualdad de todo el planeta, desmonta algunos tópicos sobre Smith en la obra ‘Miradas sobre la desigualdad: De la Revolución Francesa al final de la Guerra Fría’ (Taurus, 2024). Smith aboga por la intervención de las administraciones «en asuntos de seguridad nacional como la Ley de Navegación, la protección de la industria incipiente, la prevención de los monopolios, la limitación en la explotación laboral, la introducción de regulaciones financieras y la promulgación de políticas anticompetitivas, especialmente en lo que se refiere a los empresarios que se ponen de acuerdo en perjuicio de los trabajadores».
Adam Smith, padre del liberalismo económico.
La complejidad de las ideas de este economista escocés del siglo XVIII no sólo está vinculada a la defensa de algunos espacios de intervención estatal, sino al vínculo que estableció entre la prosperidad de un país y el crecimiento de los salarios. «Smith planteó una idea radical, cuya importancia no puede ser subestimada: la riqueza de un país es indistinguible de las condiciones de vida de su clase más numerosa, sus trabajadores. A raíz de la observación de que «los sirvientes, trabajadores y operarios de distinta clase constituyen la parte con diferencia más abundante de cualquier gran sociedad política», resalta: «La mejora de las condiciones de la mayor parte nunca puede considerarse un inconveniente para el conjunto. Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable».
El pensador nacido en la ciudad escocesa de Kirkcaldy ilustra esta idea con una comparativa entre «España y Portugal, donde sus reducidas clases dirigentes exhiben una enorme riqueza mientras que el resto de la población es pobre» y «los Países Bajos, que muchos consideraban el país más próspero de la época, gracias a sus salarios altos y a los tipos de interés bajos». «Es próspero el Estado en el que es fácil adquirir todo lo necesario y útil para vivir […] y nada merece más la denominación de prosperidad que esta accesibilidad», expresa Smith.
Esta visión del padre del liberalismo económico se combina con su aceptación e, incluso, exaltación «de un orden social configurado por la existencia de grandes diferencias de renta para que los ricos, al estar deseosos de bienes y servicios proporcionados por los pobres, gastarán necesariamente parte de sus ingresos», resume el experto en desigualdad económica. «Sería justo decir que [Smith] creía que los pobres debían aceptar su posición porque así lo había ordenado la voluntad divina y así era como estaban estructuradas todas las sociedades, pero también consideraba que los ricos no eran necesariamente virtuosos», se especifica en la obra del profesor en el ‘Stone Center on Socio-Economic Inequality’ del ‘Graduate Center’ de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.
La Riqueza de las Naciones y la Desigualdad
Smith hace una ligera deriva en sus pensamientos en ‘La riqueza de las naciones’, su obra maestra en la disciplina económica. «Además de ser más realista y duro, ‘La riqueza de las naciones’ es mucho más ‘izquierdista’ en lo que se refiere a la desigualdad que ‘La teoría de los sentimientos morales’. No acepta la validez ética de la jerarquía entre las clases: los ingresos de los ricos se han adquirido a menudo de forma injusta», desarrolla.
De hecho, apunta que para Smith los ingresos elevados suelen ser producto «de la colusión, el monopolio, el saqueo o la influencia política». La versión más escéptica en torno al papel de los capitalistas emerge cuando aborda su influencia como consejeros de las políticas públicas. «Cualquier propuesta de una nueva ley o regulación comercial que provenga de esta categoría de personas [los patronos] debe ser siempre considerada con la máxima precaución y nunca debe ser adoptada si no es tras una investigación prolongada y cuidadosa, desarrollada no sólo con la atención más escrupulosa, sino con el máximo recelo porque proveerá de una clase de hombres cuyos intereses nunca coinciden exactamente con los de la sociedad, que tienen generalmente un interés en engañar e incluso oprimir a la comunidad.
«Aunque el interés propio es la base de ‘La riqueza de las naciones’, también es cierto que el interés propio de algunos puede ir contra los objetivos generales de la sociedad o de la mejora social. De ese debate, se desprende claramente que no todos los intereses propios son igual de respetables. El politólogo norteamericano Corey Robin, autor de la obra ‘La mente reaccionaría: El conservadurismo desde Edmund Burke hasta Donald Trump’ (Capitán Swing, 2019), profundiza en este posicionamiento de Smith.
No en vano, menciona un párrafo de ‘La riqueza de las naciones’ donde censura que «cada vez que los legisladores intentan regular las diferencias entre los dueños y los trabajadores, sus consejeros son los dueños». El economista escocés, de acuerdo con lectura del experto serbio-estadounidense, «pone en duda la justicia de algunos ingresos elevados y argumenta que los intereses de los capitalistas suelen ser contrarios al interés social, dos críticas, en particular, que no dirige nunca contra los trabajadores y los campesinos en ‘La riqueza de las naciones’».
«No considera que la riqueza sea necesariamente mala desde el punto de vista moral», agrega, pero sí contrapone «lo socialmente deseable» con la utilización de los ricos de sus medios para defender sus intereses particulares. «Es importante subrayar que la crítica de Smith al papel de los capitalistas en la formulación de políticas no se basa en casos concretos de comportamiento monopolístico […], sino en la opinión general de que los intereses de los capitalistas no coinciden con los intereses sociales porque su fuente de ingresos (los beneficios) está destinada a disminuir con el progreso general de la riqueza», matiza.
Sin embargo, Smith esboza dos versiones de la sociedad capitalista: una de libertad natural y una segunda fundamentada en el amiguismo. La figura de Smith desafía los tópicos. De entrada, por su «actitud crítica con ricos», «la forma con la que han alcanzado su riqueza» y por su opinión sobre que «los intereses de los hombres de negocios son contradictorios con los de la sociedad». De hecho, abogaba por que los adinerados no tuvieran capacidad de imponer sus intereses particulares y corporativos al resto de capas sociales.
«Su fe en el sistema de libertad natural le hacía desconfiar de aquellos que, amparándose con el interés general, tratan de promover sus intereses. Así pues, Smith era partidario de un gobierno minimalista que se limitaba a tres funciones: protección frente a agresiones externas, administración de justicia y obras públicas, y educación pública para elevar el nivel general de los conocimientos y, en última instancia, mejorar la economía», desgrana.
La Mano Invisible y la Intervención Estatal
La idea del Estado que dibuja Smith comporta unas funciones gubernamentales, según avisa Milanovic, «drásticamente inferiores a las de cualquier estado capitalista actual». «Este es el Smith que suelen citar a los economistas del libre mercado y los medios de comunicación. «Aunque [Smith] creía que un sistema de libertad natural y de libre competencia era el mejor sistema para el progreso del bienestar humano, tenía suficiente lucidez para creer muy difícil que un sistema similar se pudiera conseguir en la práctica», redondea por cartografiar el pensamiento del padre del liberalismo económico.
El autor del ensayo termina su exposición con una apelación a la complejidad ideológica del economista escocés: «En una sociedad dividida ideológicamente y muy consciente de estas brechas, reconocer las aportaciones de un pensador que, desde de la perspectiva actual, puede interpretarse como de izquierdas, de derechas o muy pragmático resulta difícil e incluso imposible. Éste es el motivo por el que Smith se cita y se emplea de forma selectiva».
La Desconfianza de Smith hacia los Hombres de Negocios
Digamos que Adam Smith me resulta un tanto sobrevalorado como modelo liberal, pero aquí acertó de pleno. El bueno de Smith, que obvió o infravaloró el papel de los empresarios confundiéndolos con los meros capitalistas o inversores, percibió que tienen su propia agenda, muy alejada de la idea de la libertad. Lo que quizás le faltó a Smith es darse cuenta de cómo esos empresarios enseguida identificarían quién podía ayudarles a llevar a cabo, de la mejor de las maneras posibles, dicha agenda.
Había que subirse al lomo del tigre y cabalgarlo, había que aprovecharse de ese estado que crecía y cuya actuación alcanzaba ámbitos y lugares impensables en el pasado. Y todo ello para conseguir el éxito de sus componendas. Los dos principales enemigos de la sociedad libre o de la libre empresa son los intelectuales, por un lado, y los hombres de negocio por el otro, y por motivos opuestos. Todo intelectual cree en la libertad para sí mismo, pero se opone a la libertad de los demás. Cree que debería haber una oficina de planificación central que establezca las prioridades sociales. El empresario es justo lo contrario. Todo empresario está a favor de la libertad de todos los demás, pero cuando se trata de él la cuestión cambia. Él es siempre el caso especial. Milton era un ingenuo.
Los intelectuales, los artistas, o buena parte de ellos al menos, ya en su época se morían por una subvención, por calentarse al sol del establishment público. En este sentido Ayn Rand lo vislumbró con claridad en sus novelas y ensayos. Una vez que el estado se ha arrogado el poder sobre la vida y hacienda de sus ciudadanos, siempre habrá pandillas, grupos, colectivos, que luchen por apoderarse de parcelas de poder dentro del mismo, por orientar la actuación del mismo hacia sus propios intereses.
El Interés Propio y el Bien Común
Es algo que deberíamos recordar con frecuencia a los escépticos del mercado. Smith conocía la diferencia entre simpatizar con la economía competitiva -que él llamaba «sistema de libertad natural»- y simpatizar con los propietarios del capital (que bien podrían haberlo adquirido por medios poco limpios, es decir, a través de privilegios políticos). Sabía algo de *lobbies* empresariales.
Este famoso pasaje del libro 1, capítulo 10 de La riqueza es citado a menudo por los opositores al libre mercado:
La gente del mismo oficio rara vez se reúne, ni siquiera para divertirse, sino que la conversación termina en una conspiración contra el público, o en algún artificio para subir los precios.
Esta cita se utiliza para justificar la legislación antimonopolio y otras intervenciones gubernamentales. Pero como se ha señalado a menudo en respuesta, Smith no tenía tales políticas en mente. Lo sabemos porque inmediatamente después dice:
Es imposible, de hecho, impedir tales reuniones, por cualquier ley que pueda ser ejecutada, o que sea consistente con la libertad y la justicia. Pero aunque la ley no puede impedir que la gente del mismo oficio se reúna algunas veces, no debería hacer nada para facilitar tales reuniones; mucho menos para hacerlas necesarias.
El Papel del Gobierno según Smith
El gobierno no debería hacer nada para fomentar o permitir los intentos de limitar la competencia. Pero, por supuesto, el gobierno lo hace todo el tiempo a instancias de las empresas y en detrimento de los consumidores y los trabajadores. Obstaculizar la competencia aumenta los precios para los primeros y debilita el poder de negociación -y, por tanto, reduce los salarios- para los segundos. Esos grupos serían los principales beneficiarios de unos mercados liberados.
En el siguiente capítulo analiza la división de la renta entre terratenientes, trabajadores y propietarios de capital. Aquí Smith y los clásicos adolecían de su falta de análisis marginal, subjetivismo e individualismo metodológico a ultranza. Como ha escrito el profesor Joseph Salerno:
En cuanto a la cuestión relativa a la determinación de las rentas de los factores de producción, el análisis clásico era casi completamente inútil porque, una vez más, se realizaba en términos de clases amplias y homogéneas, como «trabajo» «tierra» y «capital». Esto desvió a los teóricos clásicos de la importante tarea de explicar el valor de mercado o los precios reales de clases específicas de recursos, favoreciendo en su lugar una quimérica búsqueda de los principios por los que se rigen las participaciones en la renta agregada de las tres clases de propietarios de factores: trabajadores, terratenientes y capitalistas.
Los Comerciantes y la Competencia
Sin embargo, el capítulo de Smith contiene otra perceptiva referencia escéptica a «los que viven del beneficio». Escribe:
Los comerciantes y los grandes fabricantes son… las dos clases de personas que suelen emplear los mayores capitales, y que por su riqueza atraen hacia sí la mayor parte de la consideración pública. Como durante toda su vida están ocupados en planes y proyectos, con frecuencia tienen más agudeza de entendimiento que la mayor parte de los caballeros del campo. Sin embargo, como sus pensamientos se centran más en los intereses de su propia rama de negocios que en los de la sociedad, su juicio, incluso cuando se emite con la mayor franqueza (lo que no ha ocurrido en todas las ocasiones), es mucho más fiable en lo que se refiere al primero de esos dos objetos que en lo que se refiere al segundo. . . . El interés de los comerciantes… en cualquier rama particular del comercio o de las manufacturas, es siempre en algunos aspectos diferente, e incluso opuesto, al del público. Ampliar el mercado y reducir la competencia es siempre el interés de los comerciantes. Ampliar el mercado puede ser con frecuencia bastante agradable para el interés del público; pero reducir la competencia debe ir siempre contra él, y sólo puede servir para que los comerciantes, al aumentar sus beneficios por encima de lo que naturalmente serían, impongan, en su propio beneficio, un impuesto absurdo al resto de sus conciudadanos.
Smith no albergaba ningún romanticismo sobre aquellos que durante mucho tiempo han visto la búsqueda de rentas como el camino hacia la riqueza que no está disponible en el mercado libre. En caso de que no hayamos entendido bien su punto de vista, Smith continúa:
La propuesta de cualquier nueva ley o regulación del comercio que provenga de este orden [es decir, «aquellos que viven de la ganancia»], siempre debe ser escuchada con gran precaución, y nunca debe ser adoptada hasta después de haber sido larga y cuidadosamente examinada, no sólo con la más escrupulosa, sino con la más sospechosa atención. Proviene de una orden de hombres, cuyo interés nunca es exactamente el mismo que el del público, que generalmente tienen interés en engañar e incluso oprimir al público, y que en consecuencia, en muchas ocasiones, lo han engañado y oprimido.
Smith creció bajo el mercantilismo y sabía bien lo que escribía. Estados Unidos creció en gran medida bajo el mercantilismo y su primo, el corporativismo hamiltoniano-lincolniano. En este sentido, los defensores del mercado libre deberían adoptar la idea que Smith tenía de la economía política: que una poderosa fuerza contra la libertad emana de donde menos se espera encontrarla.
La Propuesta de "Hacer el Bien Mientras se Hace el Bien"
Entre las ideas de los economistas de los últimos casi 250 años, una de las más agudas es que se puede hacer el bien mientras se hace el bien. La idea se remonta a Adam Smith. Significa que la búsqueda de ganancias por parte de los capitalistas/empresarios puede tener consecuencias favorables para la comunidad en general, y no sólo para los capitalistas y empresarios. Se aplica igualmente a los propietarios de tierras y a los trabajadores que persiguen sus propios intereses.
A continuación se presentan dos afirmaciones de Smith sobre la propuesta de “hacer el bien mientras se hace el bien”. La primera es de La riqueza de las naciones y la segunda de la Teoría de los sentimientos morales de Smith del 1759.
- No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero que esperamos nuestra cena, sino de la consideración a su propio interés.
- Todo individuo… no tiene la intención de promover el interés público, ni sabe cuánto lo promueve… sólo tiene la intención de su propia seguridad; y al dirigir la industria de esa manera es lo que permite que su producto pueda ser del mayor valor, sólo tiene la intención de su propia ganancia, y es en esto, como en muchos otros casos, conducido por una mano invisible para promover un fin que no era parte de su intención.
Lo que No Es Hacer el Bien Mientras se Hace el Bien
A menudo se oye hablar de capitalistas/empresarios que hacen importantes donaciones, antes o después de su muerte, a colegios/universidades y otras organizaciones sin fines de lucro. Muchos dicen que es una oportunidad para “devolverle a la comunidad”, lo que sugiere, al menos para mí, que la riqueza que hace posible las donaciones se obtuvo de maneras menos nobles. En cualquier caso, los beneficios que la comunidad en general obtiene de estas donaciones no son de lo que se trata la propuesta de hacer el bien mientras va bien.
La proposición “Hacer el bien mientras va bien” no describe las acciones de los funcionarios públicos. Más bien, la proposición se refiere al proceso por el que los capitalistas/empresarios ganan su riqueza. No se trata de lo que hacen con su riqueza acumulada. Es el beneficio que obtiene la comunidad a medida que se acumula esta riqueza. Parafraseando a Smith, la gente disfruta de los beneficios de la carne, la cerveza y el pan como resultado de los esfuerzos de sus respectivos productores por obtener un beneficio. Lo que estos productores hacen con su riqueza es una cuestión diferente.
También hay que señalar que la propuesta de hacer el bien mientras va bien no describe las acciones de los funcionarios del gobierno. Para estos funcionarios, obtener ganancias monetarias personales de su trabajo es ilegal. El resultado cuando los funcionarios gubernamentales buscan sus propios intereses, dada esta ilegalidad, es el tema de la elección pública en Economía. Los resultados no son paralelos a los de Adam Smith.
El Caso de Wal-Mart
La llegada del Día de Acción de Gracias y de la Navidad trae consigo que las iglesias y los grupos de beneficencia organicen distribuciones de cestas de alimentos todos los años. Yo he participado en estos esfuerzos, aunque probablemente con menos entusiasmo que otros.
Mi mente se dirigió al caso de Wal-Mart. Nadie negará que Wal-Mart es una entidad que persigue ganancias. Al mismo tiempo, hay pruebas creíbles de que la presencia de Wal-Mart en una comunidad reduce los precios de los alimentos entre un 10 y un 15%. En términos anuales, esto equivale a que los compradores de alimentos reciban entre 5.2 y 7.8 semanas de compras adicionales al año. De ello se deduce que Wal-Mart difunda mucha más alegría alimentaria en las fiestas que las iglesias y los grupos de servicios públicos.
Las distribuciones de cestas de alimentos responden presumiblemente a intenciones nobles, mientras que el afán de lucro se considera en general innoble. Lo noble supera a lo innoble. Por eso la propuesta de hacer el bien mientras va bien siempre ha sido difícil de vender para los economistas. Para muchos, las cosas buenas sólo ocurren cuando la gente tiene la intención de hacer cosas buenas.
Nada de lo anterior pretende trivializar las cestas de alimentos de las iglesias durante las fiestas de Acción de Gracias y Navidad. Tampoco se pretende menospreciar a quienes hacen contribuciones a colegios/universidades o instituciones sin fines de lucro al final de la vida o después de la vida. Estos actos de caridad han desempeñado durante mucho tiempo un papel vital en la vida estadounidense. Además, son voluntarios y yo sería el último en menospreciarlos.
En cambio, mi propósito es señalar que los estadounidenses están rodeados por un proceso (la mano invisible de Smith) que produce riqueza para todos, lo que hace posible estos actos de caridad las 24 horas del día.
Críticas y Reflexiones Finales
Smith criticaba mordazmente el poder desproporcionado de los ricos sobre la formulación de políticas gubernamentales. Se quejó de la tendencia de los ricos a eludir sus obligaciones fiscales, pasando injustamente las cargas fiscales a los trabajadores pobres. Criticó duramente los rescates de su gobierno a favor de la Compañía de las Indias Orientales. Pensaba que el dinero sucio en la política era similar al soborno, y que era contrario al deber de gobernar con imparcialidad. Y no era el único.
La realidad es que el argumento histórico a favor de abolir los privilegios de los multimillonarios se remonta al menos a los filósofos de la Ilustración y a los revolucionarios que estos inspiraron, incluyendo incontables esclavos y trabajadores cuyos nombres e historias ignoramos.
Adam Smith ofreció consejos sobre lo que deberían hacer las sociedades con los ricos: pide a los legisladores que no antepongan los intereses de ricos monopolistas al bienestar público. Cada vez que los empresarios proponen una nueva ley, Smith recomienda que el gobierno estudie la propuesta "no solo de la manera más escrupulosa, sino con suma sospecha".
Es cierto que Smith habló de la mano invisible, pero también lo hizo de las "cadenas invisibles" que condicionan las vidas de las personas. Él y sus amigos revolucionarios entendieron que la desigualdad económica podría llegar a ser una suerte de jaula invisible. A su público Smith le quiso transmitir una sencilla máxima: hay que controlar el poder de los ricos.
