El Rastro de Madrid: Un Viaje Sempiterno a Través de la Historia
No queda mucho, algo menos de dos décadas, para que El Rastro cumpla su 300 cumpleaños. Fue a mediados del siglo XVIII cuando un grupo de comerciantes, de manera casi clandestina, ocupó la cuesta de Ribera de Curtidores para vender sus «baratillos» a los vecinos de la Villa. Hoy solo podemos imaginarnos a aquellos pioneros, dejando por el camino aquel «rastro» -de ahí su nombre- de la sangre de las reses que eran sacrificadas en el matadero.
El Rastro Madrileño data con documentación válida desde el año 1740 como un lugar de encuentro para la venta, cambio y trapicheo de ropas de segunda mano, alternativo al negocio de la venta ambulante. Se localizaba en las cercanías del antiguo matadero y en sus aledaños se realizaban tareas relacionadas con el curtido de las pieles de los animales. De hecho, ese es el origen de su nombre, ya que ‘rastro’ era en el siglo XVI sinónimo de carnicería o desolladero.
La Asociación de Comerciantes Nuevo Rastro Madrid, que representa a las tiendas físicas de la zona del tradicional mercadillo, ha liderado el libro «El Rastro Sempiterno», una obra literaria y visual que, explican, sumerge a los lectores en un viaje a través del tiempo, explorando las raíces del mercado desde 1920 hasta la actualidad. Así, el volumen, diseñado por el fotógrafo Miguel Ángel Sintes Puertas, y con el apoyo del Ayuntamiento de la capital, ha reunido a creadores y fotógrafos destacados para ofrecer una visión de la historia viva del Rastro.
Indagando en ella, María Isabel Gea, al estudiar el Plano de Madrid de Teixeira, descubre que el llamado «Tapón del Rastro» era una manzana de casas que obstruía la entrada al Rastro, conocida popularmente como»tapón del Rastro«. Las calles que circundaban la manzana eran las del Cuervo (al oeste), travesía del Rastro (al sur) y San Dámaso (al oeste). El 14 de mayo de 1569 se acordó la instalación del Rastro junto a un cerrillo, entre las calles Ribera de Curtidores y Piñón . Para ello - sigue contando Gea - se compró un terreno propiedad de Antonio de Rojas y Pedro de Quintana por 60.000 maravedies a los que se unió, en 1585, la tierra de Miguel Pérez para degolladero de carneros. En 1583 se construyó un edificio en la zona más alta, con vistas a un cerrillo que gozaba de buena ventilación natural. Debido a su emplazamiento fue conocido como «Casa Cerrillo«.
El matadero del Rastro y Carnicería Mayor se hallaba junto al llamado Cerrillo del Rastro, en la actual plaza del General Vara de Rey. El matadero era un edificio grande. Según Jerónimo de la Quintana tiene «de largo ciento setenta y cuatro pies y de ancho ochenta y seis, dentro tiene dos patios grandes de igual proporciones, alrededor de ellos hay soportales grandes y capaces que sustentan columnas con capiteles y piedra berroqueña; debajo de las cuales están las escarpias con la carne. Se entra a él por cuatro puertas correspondientes en cruz, en cada lado la suya, es obra de mucho aseo, y costa«, escribe. Una puerta con un escudo de Madrid esculpido en piedra daba acceso al caserón del matadero y cerca se hallaba una fuente con un pilón y tres caños. Son los inicios o prólogos del Rastro tal como lo conocemos hoy.
En la Ribera de Curtidores hay un lugar que parece congelado en el tiempo. Este edificio es lo que se conoció como una “casa a la malicia”, un delito urbanístico cometido entre los siglos XVI y XIX para saltarse una ley promulgada por Felipe II. Todas las casas que tuvieran más de una planta debían ceder la superior a quien la Corte considerara oportuno, por lo general, séquito o servicio real. Es en este contexto donde nacen las “casas a la malicia”, construidas precisamente para engañar a las autoridades municipales y saltarse esa ley. Estas casas estaban construidas de manera que su interior parecía estrecho e incómodo para albergar a nadie. Actualmente, este edificio alberga tres locales comerciales (dos exteriores y uno interior) y tres viviendas de modesto tamaño.
Hoy nos referimos a la transitada Ribera de Curtidores, entre la Plaza de Cascorro y la Ronda de Toledo, aunque se prolonga hasta el Paseo de las Acacias. En su origen fue conocida como calle de las Tenerías. Proliferaban allí fábricas de curtidos donde acudían los madrileños a comprar carne, asaduras, despojos, etc. Se tiene constancia de que las primeras construcciones de esta calle se remontan a mediados del S. XVIII.
Uno de los edificios más destacados de la Ribera de Curtidores se encuentra en el número dos y data de 1931. En los últimos tiempos, la planta baja había sido utilizada como Banco de Alimentos, mientras que en la planta superior se encuentraba una Escuela Municipal de Danza. Todavía hoy perviven algunos de los comercios tradicionales que existían en la zona. El que un día se llamara «El Montañés», hoy es conocido como «Blas» está en el número 9. Sólo venden dos tipos artículos que -por otro lado- no tienen nada que ver. Se trata de escaleras y jaulas. En el número 16 está «Casa El Valenciano». La fundó Salvador Deltell Berenguer, conocido como «el v alenciano» por haber nacido en la región levantina. Lleva más de un siglo fabricando y vendiendo objetos militares. En el local con puerta a calle se venden mantas, mochilas y uniformes, mientras que en la primera planta se encuentra el taller donde se preparan -principalmente- monturas de caballo, correajes, etc.
Descubre porqué tantos Turistas Visitan EL RASTRO de Madrid
Con prólogo de Andrés Trapiello y la crónica del historiador José A. Nieto, «El Rastro Sempiterno» comienza su viaje a través de las fotos de Andrés Ripollés y Baranda (La Almolda, Zaragoza, 1845 - Madrid, 1926). No en vano, de él proceden las primeras fotografías del mercado: los bazares, la calle de las Américas y la Ribera de Curtidores, datadas entre 1898 y 1910. Como explica José A. Alonso, a finales del XIX, los bazares más célebres eran tres: el denominado de las Primitivas Américas o Bazar de la Casiana, en el 13 de la calle de Mira el Sol; las Grandiosas Américas o Bazar del Médico, al final de la Ribera de Curtidores; y el Bazar de El Federal o las Américas Bajas, en la actual ronda de Toledo. La ropa usada, los muebles y libros viejos, y los artículos de lance podían hallarse en aquellos locales junto a obras y manuscritos antiguos.
De Juan Miguel Pando Barrero (Madrid, 1915 - 1992) contamos con fotos de las décadas de los treinta y los cuarenta. «Entre 1905 y 1936, El Rastro se convierte en un zoco cosmopolita. La conjunción de venta ambulante, puestos fijos, tiendas y bazares o patios y corralas comenzaba a llamar la atención fuera de Madrid», afirma Alonso. En ese período lo visitaban escritores como Pío Baroja o Azorín. «Pero sería Ramón Gómez de la Serna el que se quedaría prendado del mercado, llegando a escribir: “El mundo me anonadó en plena adolescencia desde el fondo del Rastro’’».
Lo cierto es que el mercado se mantuvo durante la Guerra Civil. «Pese al riesgo que significaban los obuses, lo hubo en los bazares de las Américas y en la misma Ribera de Curtidores». De hecho, el 18 de julio de 1937, un año después del golpe de Estado, el periódico «La Crónica» publicaba un reportaje titulado «Los penúltimos héroes de Cascorro», con testimonios de los comerciantes. Con todo, el antes mencionado Bazar del Médico sufrió la caída de una bomba, que «se llevó por delante gran parte de los depósitos de hierros y maderas».
A las fotografías de Pando Barrero les siguen las de su hijo, Juan Pando Despierto (Madrid, 1943) y las tomadas por José Luis Mur Vidaller (Labuerda, Huesca, 1949). Este último, por cierto, fue portero del Atlético de Madrid, si bien una lesión le llevó a montar en El Rastro un puesto de material fotográfico de ocasión con un amigo, dando pie así a su pasión.
Tras el fin de la guerra, una palabra irrumpió en nuestro vocabulario más cotidiano: el estraperlo, la venta ilegal y a pequeña escala de productos de primera necesidad. Un negocio gracias al cual permitió salir adelante a muchas familias. Hay que destacar, como apunta José A. Alonso, las imágenes tomadas en 1961 por un joven Carlos Saura, que inmortalizó un «cambio de ciclo» del Rastro: entre el fin de la autarquía y el comienzo del llamado «milagro español». Años en los que el «invento» del turismo y la implantación de bases militares americanos beneficiaron al mercadillo.
Por su parte, las fotografías de César Lucas (Cantiveros, Ávila, 1941) pertenecen a mediados de la década de los setenta. «Desde entonces, el Rastro, me produce mucha atención y curiosidad en las imágenes que descubro en cada visita. Es un mundo antiguo y moderno», relata en el libro.
Muerto ya Franco, la plaza del Cascorro se convirtió en un punto de encuentro de partidos políticos y movimientos sociales que ven en el Rastro un buen escaparate para sus demandas. Por supuesto, no faltan en el volúmen las instantáneas pertenecientes a los años ochenta. Una década en la que, sin embargo, «desaparecen muchos de los rasgos distintivos del Rastro», como los bazares de las Américas.
Muchos de los autores de las fotografías recuerdan para el libro sus recuerdos. Es el caso de Eduardo Dea González (Madrid, 1947), que acompañaba a su madre, modista, en busca de retales de telas para hacer vestidos. O Bernardo Pérez Tovar (Madrid, 1956), que, desde los 15 años, tenía un pequeño puesto «al lado de los servicios públicos donde nos poníamos los hippies y vendía pulseras y bolsos de cuero». O Jorge Póo Rayón (Comillas, Santander, 1960), que nunca olvidará ese viaje que hizo a Madrid, con nueve años, de la mano de sus padres, tío y abuelo, y visitó El Rastro, «un lugar que me pareció fascinante, donde podía ver a gentes rarísimas que tenían todo tipo de cosas, la mayoría desconocidas para mí, tiradas por el suelo».
Todos estos artistas, junto a Miguel Ángel Sintes Puertas, Julián Rojas Ocaña, Pepe Calderón y Vicente López Tofiño, se encargan de inmortalizar las estampas de este escenario de millones de historias matritenses. Nunca mejor dicho lo de «inmortalizar». Como explican en el subtítulo, «sempiterno», derivado del latín «sempiternus», es una cualidad atribuida a aquellos que durará siempre. O que, habiendo tenido principio, no tendrá fin.
En definitiva, El Rastro de Madrid es mucho más que un mercadillo; es un crisol de historias, tradiciones y culturas que se entrelazan en el corazón de la ciudad. Su evolución a lo largo de los siglos lo ha convertido en un símbolo de la identidad madrileña, un lugar donde el pasado y el presente se funden en una experiencia única e inolvidable.
El ambiente en la Ribera de Curtidores lo evocan, entre muchos otros autores, Peñasco y Cambronero al decir que»se hace digna de que la visite el forastero en un día de fiesta. Ocupando la parte de la vía pública que hay dispuesto para ello, se instalan los domingos multitud de vendedores con objeto de dar salida a los trastos viejos, saldos, ropas procedentes de empeño, antigüedades, libros usados, retazos de tela, hierro viejo y curiosidades de todo género.
Allí «las golondrinas - iba contando en sus greguerías - juegan sobre la calle de cielo que corresponde a nuestra calle de tierra como párvulos en vacaciones o al salir de las escuelas» .
La última tienda que acogió fue El Rincón del Rastro, dedicado a la compra-venta de antigüedades. “Antes de nosotros era una tienda de chinos y, antes de eso, otra igual. Ha pasado por muchas manos”, asegura el anterior inquilino en conversación telefónica. La tienda estuvo abierta desde el 2015 al 2022.
También en Ámsterdam quisieron hacer lo mismo, pero en función del ancho de las fachadas. Actualmente, las casas estrechas y altas son un elemento muy característico de la capital holandesa.
De todos los barrios madrileños de la segunda mitad del siglo XVIII, era preisamente el de Lavapiés el más poblado y con mayor industria. La proliferación de estas pequeñas industrias de cuero, atrajeron otras de curtidores, tejedores, zapateros, sastres, etc. La zona, además del matadero, albergaba dos fábricas, una de salitre y otra de tabaco. La aglomeración de personas atrajo la venta ambulante a estos barrios meridionales.
