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Comunicación

Francisco Pacheco: Maestro, Teórico y Censor en la Sevilla del Siglo de Oro

by Admin on 14/05/2026

La figura de Francisco Pacheco, a menudo recordada por su decisivo papel como maestro y suegro de Diego Velázquez, es mucho más compleja y rica. Encarna a la perfección los valores e ideales de una España que navegaba entre los esplendores imperiales del siglo XVI y la lenta decadencia del XVII. Más allá de su relación con Velázquez, Pacheco fue un intelectual polifacético, un artista influyente y un teórico del arte cuya obra y pensamiento dejaron una huella imborrable en la pintura sevillana.

Orígenes y Formación de un Artista Humanista

Francisco Pérez del Río nació en 1564 en Sanlúcar de Barrameda, en el seno de una familia con tradición marinera. Aunque la fecha exacta de su nacimiento es desconocida, su partida de bautismo data del 3 de noviembre de ese año. Quedando huérfano antes de cumplir los 16 años, Francisco viajó a Sevilla en torno a 1580, donde fue tutelado por su tío, el licenciado Francisco Pacheco. Este hombre erudito, de pensamiento humanista, ostentaba por aquel entonces el cargo de canónigo de la catedral hispalense. A su llegada a Sevilla, el joven Francisco adoptó el apellido de su tío y, ya como Francisco Pacheco, comenzó su aprendizaje artístico en el taller del pintor sevillano Luis Fernández.

La primera referencia documental de su paso por Sevilla data de 1583, cuando ingresó en la Hermandad de Nazarenos de Santa Cruz en Jerusalén. Contaba entonces con 19 años y debía estar ultimando su formación, marcada sin duda por su enorme curiosidad, su genio inquieto y su constante estudio de tratados y grabados tanto italianos como flamencos. Ya como maestro pintor, y con tan solo 21 años, arrendó una casa en la calle de los Limones donde estableció su propio taller de pintura en la parroquia de San Miguel, donde permanecería el resto de sus días.

Su obra estaría marcada en gran medida por la corriente manierista en la que se formó. El 17 de enero de 1594 contrajo matrimonio con María Ruiz de Páramo. A partir de esta fecha, y en plena madurez personal y artística, Pacheco lograría consolidar su figura y su taller, apoyado en sus buenas relaciones con el clero, la aristocracia y el poder local, entre los que fraguó una amplia clientela. De este modo, y gracias a una pintura de factura seca y lisa en la que primaba el dibujo sobre el color, Pacheco pasó a ser considerado como el primer pintor de la Sevilla barroca de comienzos del XVII.

Influencia y Desafíos en la Sevilla Artística

Los prósperos años de Pacheco, sin embargo, se verían pronto eclipsados por la emergencia de artistas de mayor talento. El primero de ellos fue Juan de Roelas, artista de origen flamenco y protegido del Conde-Duque de Olivares, quien comenzó a acaparar la atención de los ambientes artísticos sevillanos en 1604 y recibió los encargos más relevantes hasta 1616. En este año, Roelas se trasladó a la Corte con la intención de ser nombrado pintor del Rey, cargo que finalmente nunca llegó a ejercer, regresando a Olivares para dedicarse al oficio religioso como canónigo de la Colegiata.

En el ecuador del periodo de dominio de Roelas en Sevilla, en 1610, Francisco Pacheco decidió emprender un viaje que lo llevó a recorrer Madrid, El Escorial y Toledo. El propósito de este viaje era conocer las colecciones reales, las pinturas de El Greco y la obra del teórico italiano Vicente Carducho. Gracias a ello, y en parte al abandono de la pintura por parte de Juan de Roelas, la obra de Pacheco fue recuperando preponderancia en la Sevilla de la época.

Pero su nombre no se hizo notable solo por su pintura. También lo hizo por acumular cargos y títulos que incrementaron su estatus social en la ciudad. Significativos fueron los títulos como «veedor del oficio de la pintura», por el cual el Ayuntamiento sevillano lo convertía en una especie de inspector municipal del gremio de pintores. Además, le fue concedido el título de «veedor de pinturas sagradas», por el cual la Santa Inquisición lo convirtió, a sus 42 años de edad, en su censor oficial. En sus tratados teóricos y en su calidad de veedor de pinturas sagradas del Tribunal de la Inquisición, Pacheco controlaba si se seguían los aspectos doctrinales e iconográficos que habían sido sancionados por el Concilio de Trento. Dicho en otras palabras: las Inmaculadas de Murillo o Zurbarán, por poner un solo ejemplo, que están dentro del alma artística y devocional de Sevilla, son fruto de la doctrina de Pacheco. Él estableció el canon de su belleza, cómo había que representarlas. Al mismo tiempo, canónigos y órdenes religiosas, los grandes mecenas de la época, le encargaban programas iconográficos, retablos o pinturas de pequeño formato de carácter devocional y privado que hoy son considerados como los cimientos de la gloria que alcanzó la escuela sevillana de pintura en las décadas siguientes.

La exposición Francisco Pacheco. Teórico, artista, maestro

La exposición del Museo de Bellas Artes de Sevilla, "Francisco Pacheco. Teórico, artista, maestro", reivindica la figura de este sanluqueño afincado en la metrópoli hispalense desde muy niño. Esta muestra es una buena oportunidad para descubrir sus múltiples facetas y la vasta labor que llevó a cabo, tantas veces ensombrecida por los gigantes de la primera línea de la pintura sevillana, muchos coetáneos suyos. La exposición, que cuenta con 58 obras expuestas, entre ellas las ediciones originales de los tratados y pinturas restauradas con mucho criterio, es un deleite que se suma al placer que constituye la propia visita al museo, posiblemente el más bello de España por el edificio que lo acoge y por la ciudad que lo alberga. Sevilla, que según el catedrático de Historia del Arte de la Universidad hispalense Enrique Valdivieso es la ciudad artísticamente más rica de España, debe mucho al buen hacer de Pacheco.

Retrato de Francisco Pacheco, por Diego Velázquez.

Pacheco, Maestro de Genios: Alonso Cano y Diego Velázquez

Pero si hay un acontecimiento que marcaría el recuerdo histórico de Pacheco, ese fue, sin duda, el de haber acogido como aprendices en su taller de Sevilla a algunos de los más reconocidos artistas españoles de todos los tiempos: Alonso Cano y Diego Velázquez. Especialmente significativo fue el caso del segundo.

La llegada de Diego Velázquez a su taller

El sevillano Diego Velázquez nació en el año de 1594 en la ínclita ciudad de Sevilla. Sus padres fueron Juan Rodríguez de Sylva y Doña Gerónima Velázquez, ambos naturales de Sevilla, con prendas de virtud, calidad y nobleza. Velázquez, desde los primeros años, dio indicios de su buen natural, y de la buena sangre que estaba latiendo en sus venas, aunque en moderada fortuna. Sus padres le criaron con el temor de Dios y le aplicaron al estudio de las buenas letras, excediendo en la noticia de las lenguas y en la filosofía. Dio muestras de particular inclinación a pintar; y aunque descubrió el ingenio, prontitud y docilidad para cualquier ciencia, para esta tenía la mayor. De suerte que los cartapacios de los estudios le servían a veces de borradores para sus ideas. Le dejaron seguir su inclinación sin que se adelantase en otros estudios porque a estos le hallaban ya dedicación con pretensión natural o fuerza de su destino.

Diego Velázquez entró en el taller de Pacheco en diciembre de 1610, con apenas 11 años de edad. Lo hizo después de haber probado suerte en el taller de Herrera el Viejo, que abandonó por el complicado carácter de este. Juan Rodríguez, padre de Velázquez, firmó la «carta de aprendizaje» de su hijo Diego con Pacheco, obligándose con él por un periodo de seis años. Su llegada se produjo estando Pacheco en mitad de su viaje por España, antes mencionado, que lo tuvo lejos de Sevilla hasta finales de 1611.

La casa de Pacheco era "cárcel dorada del arte, academia y escuela de los mayores ingenios de Sevilla". Y así Diego Velázquez vivía gustoso en el continuo ejercicio del dibujo, primer elemento de pintura y puerta principal del arte. Así nos dice el mismo Pacheco con la sencillez y llaneza que acostumbra y con la verdad de maestro. "Con esta doctrina (dice) se crio mi yerno Diego Velázquez de Sylva; siendo muchacho, el cual tenía cohechado un aldeanillo que le servía de modelo en diversas acciones y posturas; ya llorando, ya riendo, sin perdonar dificultad alguna. E hizo por él muchas de carbón, y realce en papel azul, y de otros muchos naturales con que granjeó la certeza en el retratar."

Velázquez se inclinó a pintar con singularísimo capricho y notable genio animales, aves, pescaderías y bodegones con la perfecta imitación del natural, con bellos países y figuras, diferencias de comida y bebida, frutas y alhajas pobres y humildes con tanta valentía, dibujo y colorido que parecían naturales. Se alzó con esta parte, sin dejar lugar a otro, con que granjeó grande fama y digna estima de sus obras, de las cuales no se nos debe pasar en silencio la pintura que llaman del Aguador.

El Aguador de Sevilla, obra temprana de Diego Velázquez.

Obras Tempranas de Velázquez y su Estilo

Velázquez compitió con Caravaggio en la valentía del pintar, y fue igual con Pacheco en lo especulativo. A aquel estimó por lo exquisito y por la agudeza de su ingenio, y a este eligió por maestro por el conocimiento de sus estudios, que le constituían digno de su elección. Traían de Italia a Sevilla algunas pinturas, las cuales daban grande aliento a Velázquez a intentar no menores empresas con su ingenio. Eran de aquellos artificios que en aquella edad florecían un Pamarancio, Cavallero Ballioni, el Lanfranco, Ribera, Guido, y otros. Las que causaban a su vista mayor armonía eran las de Luis Tristán (discípulo de Dominico Greco), pintor de Toledo, por tener rumbo semejante a su humor, por lo extraño del pensar y viveza de los conceptos; y por esta causa se declaró imitador suyo, y dejó de seguir la manera de su maestro, habiendo conocido, muy desde el principio, no convenirle modo de pintar tan tibio, aunque lleno de erudición y dibujo, por ser contrario a su natural altivo y aficionado a grandeza. Le dieron el nombre de segundo Caravaggio por contrahacer en sus obras al natural felizmente y con tanta propiedad, teniéndole delante para todo y en todo tiempo. En los retratos imitó a Dominico Greco porque sus cabezas en su estimación nunca podían ser bastantemente celebradas.

Ejercitábase Velázquez en la lección de varios autores que han escrito de la pintura elegantes preceptos. Inquiría en Alberto Durero la simetría del cuerpo humano; en Andrés Bexalio la anatomía; en Juan Bautista Porta la fisionomía; la perspectiva en Daniel Barbaro; la geometría en Euclides; la aritmética en Moya; la arquitectura en Vitrubio y Viñola, y otros autores en quien, con solicitud de abeja, escogía ingeniosamente para su uso y para provecho de la posteridad lo más conveniente y perfecto. La nobleza de la pintura examinaba en Romano Alberti, escrita a instancia en la Academia Romana y Venerable Hermandad del Glorioso Evangelista San Lucas; con la idea que escribió Federico Zuccaro de los pintores ilustraba la suya y la adornaba con los preceptos de Juan Bautista Armenini. Y a excusarlos con presteza y brevedad, aprehendía en Miguel Ángel Viondo. El Vasari le animaba con las Vidas de los Pintores Ilustres; y el Riposo de Rafael Borghini le constituía erudito pintor. Se adornó también con la noticia de sagradas y humanas letras, y otras cosas importantes para fecundar la mente con todo linaje de erudición y noticia universal de las artes. Así lo aconseja León Bautista Alberti por estas palabras: "Mà ben vorrei, chel Pittore fosse dotto, quanto possibil fosse, intute, l'Arte Liberali; mà sopra tuto gli desidero, che sia perito ne la Geometria." Finalmente, Velázquez era tan estudioso como requería la dificultad de esta arte; preservando en ella, sin atender a más que la gloria y alabanza que con la sabiduría se adquiere; fiando en el tiempo y en el trabajo que nunca dejaron de dar honroso premio al que le busca.

La etapa sevillana de Velázquez

El Matrimonio de Juana Pacheco y Diego Velázquez

No obstante, Pacheco fue algo más de este compromiso. Y es que consciente del enorme talento que atesoraba su discípulo, el maestro decidió otorgar la mano de su hija Juana al que era su alumno más aventajado. Parece que lo hizo sin que mediara excesivo interés entre la pareja, a la cual Pacheco, como padre de ella y mentor de él, supo persuadir para conformar el matrimonio. El casamiento de Velázquez con Doña Juana Pacheco, hija de Francisco Pacheco, Familiar del Santo Oficio del número de Sevilla, y de familia muy calificada, llegó en 1618, con un Velázquez de 19 años ya formado como experto pintor tal y como demuestra su «Vieja friendo huevos» fechada en ese mismo año.

Pacheco lo confiesa él mismo, donde también se lamenta de alguno que quería atribuirse a sí la honra de haber sido su preceptor, quitándole la corona de sus postreros años, pues pasaban, cuando lo escribió, de setenta. Y habiendo hecho un elogio de Rómulo Cincinato y, entre otros, de Pedro Pablo Rubens, dice: "Diego Velázquez de Sylva, mi yerno, ocupa (con razón) el tercer lugar, a quien después de cinco años de educación y enseñanza, casé con mi hija, movido de su virtud, limpieza y buenas partes, y de las esperanzas de su natural y gran ingenio; y porque es mayor la honra del maestro que la de suegro, ha sido justo estorbar el atrevimiento de alguno que se quiere atribuir esta gloria, quitándome la corona de mis postreros años. No tengo por mengua aventajarse el discípulo al maestro (habiendo dicho la verdad, que es mayor). Ni perdió Leonardo da Vinci en tener a Rafael por discípulo; ni Jorge de Castelfranco a Tiziano; ni Platón a Aristóteles, pues no le quitó el nombre de Divino."

Año Acontecimiento Pacheco (Edad) Velázquez (Edad)
1564 Nacimiento de Francisco Pacheco 0 -
1580 Llegada de Pacheco a Sevilla, adopta el apellido de su tío 16 -
1583 Ingreso de Pacheco en la Hermandad de Nazarenos de Santa Cruz 19 -
1585 Establecimiento del taller de Pacheco 21 -
1594 Matrimonio de Pacheco con María Ruiz de Páramo 30 -
1594 Nacimiento de Diego Velázquez 30 0
1610 Viaje de Pacheco a Madrid, El Escorial y Toledo 46 -
1610 Velázquez entra en el taller de Pacheco (diciembre) 46 11
1618 Matrimonio de Diego Velázquez con Juana Pacheco 54 19
1623 Velázquez viaja a Madrid 59 24
1633 Pacheco comienza a redactar "El Arte de la Pintura" 69 34
1641 Pacheco finaliza "El Arte de la Pintura" 77 42
1644 Fallecimiento de Francisco Pacheco 80 45
1649 Publicación póstuma de "El Arte de la Pintura" - 50

Decadencia Artística y Legado Teórico

Los recién casados, Juana Pacheco y Diego Velázquez, viajaron a Madrid en 1623, entendiendo que sería el primer paso para que Velázquez aspirase en un futuro al mejor puesto que un artista podría ocupar en su época: el de pintor de Cámara del Rey. Pero mientras en Madrid la labor de Velázquez se consagraba, la pintura de su suegro entraba en franca decadencia. Este declive artístico se haría patente a partir de 1630, al pasar sus obras a ser de un pequeño formato y una débil técnica, fruto evidente de su decaimiento físico.

Sabedor de que su concepción y sus habilidades artísticas no pasaban por su mejor momento, Pacheco decidió fomentar su perfil como teórico. Empezó pues a redactar en 1633 un tratado sobre arte al que dedicó ocho de los últimos años de su vida. Finalmente pudo finalizar el texto en 1641. La obra, llamada «El Arte de la Pintura», no era más que un compendio de su amplia experiencia artística, un testimonio de sus conocimientos y una guía para las generaciones futuras. Sin embargo, Pacheco jamás llegó a ver publicada su obra, puesto que no fue editada hasta cinco años después de su muerte, en 1649.

El último aliento exhalado por los octogenarios labios de Francisco Pacheco llegó el 27 de noviembre de 1644. Su cuerpo fue enterrado en San Miguel, una antigua e importante parroquia de estilo gótico-mudéjar que en 1356 fue levantada entre lo que hoy es la Plaza del Duque y las calles Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, Aponte y Trajano.

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