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Comunicación

Mario Roberto Santucho y el Ejército Revolucionario del Pueblo: Lucha, Derrota y Legado en Argentina

by Admin on 22/05/2026

Contexto Histórico y Orígenes del PRT-ERP

Mario Roberto Santucho, el líder máximo de la guerrilla guevarista más importante de la Argentina, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), y secretario general del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), se convirtió en una figura central de la política argentina durante los años setenta. Su apellido volvió a ser noticia el año pasado por la recuperación del nieto 133, hijo de Julio Santucho, una historia familiar signada por la barbarie represiva. Mario Santucho (hijo) nació en Buenos Aires en 1975, un año antes de que las Fuerzas Armadas derrocaran al gobierno constitucional liderado por María Estela Martínez de Perón y pusieran en marcha la última dictadura militar en la Argentina (1976-1983), la más sanguinaria.

El impacto de la revolución cubana, la guerra de Vietnam y el ejemplo combatiente del comandante Ernesto Che Guevara explica en parte la fortaleza que tenía en la vanguardia radicalizada de la época el guerrillerismo. Hay quienes aseguran que la batalla que comenzó en 1969, con la insurrección popular conocida como “el Cordobazo”, marcó el inicio de un período de intensa conflictividad. El Cordobazo de mayo de 1969 marcó la irrupción violenta de las masas y planteó la posibilidad de una generalización de la insurrección obrera y popular y el enfrentamiento abierto con la burguesía y su Estado. Santucho planteó en cambio que el Cordobazo había encendido la mecha de la guerra revolucionaria y que era necesario construir un ejército guerrillero para enfrentar a las Fuerzas Armadas y el imperialismo y constituir un Frente de Liberación Nacional, lo que llamaban una estrategia de poder.

La Estrategia del PRT-ERP y el “Comandante Robi”

Santucho era recordado como “el Comandante Robi”. El PRT era una organización de cuadros que diseñaba la estrategia política del grupo. El ERP fue concebido como el doble poder de las masas y, por sus tareas, era definido como una fuerza antiimperialista de carácter amplio que tenía por objetivo la liberación nacional. El PRT-ERP rechazaba la autoorganización de las masas y la creación de organizaciones de combate surgidas de la lucha de clases para reemplazarlas por el ideal de una zona liberada que Santucho copiaba del general vietnamita Vo Nguyen Giap, líder de la lucha militar contra la ocupación francesa y norteamericana. Siguiendo a este general, el PRT-ERP buscaba transformar su guerra de guerrillas en una guerra de liberación nacional, para lo cual necesitaba asentarse militarmente en un territorio al que declaraban zona liberada, provocando la intervención de las Fuerzas Armadas y el imperialismo. Para Santucho, la acción de las masas genera espontaneidad y crea condiciones para la guerra revolucionaria cuyo organizador efectivo es el ejército guerrillero.

Complementariamente, el PRT planteaba la necesidad de un Frente de Liberación Nacional con las fuerzas progresistas del peronismo, el radicalismo y la izquierda reformista que se hiciera cargo del poder. El PRT-ERP logró gran inserción en fábricas, barrios y universidades, pero su eje no fue la organización obrera independiente sino la construcción del ejército guerrillero y la lucha militar contra las Fuerzas Armadas. La militancia del PRT-ERP se situaba por fuera de las necesidades de organización de los trabajadores, de la lucha por influir en su conciencia y la autodefensa de la vanguardia obrera contra las bandas fascistas de la derecha peronista. La estrategia del PRT-ERP era de conjunto una concepción pequeñoburguesa que reemplazaba al sujeto político y social de la revolución, la clase obrera y su partido revolucionario, por el partido y el ejército guerrillero.

La Represión y la Masacre de Trelew

En el marco de esta lucha, la represión estatal fue brutal. La Masacre de Trelew fue la respuesta de la dictadura de Lanusse a la fuga del penal de Rawson que la ridiculizó ante el mundo. Recién en 2012, un tribunal patagónico condenó a algunos de los homicidas. Oscar Asdrúbal Santucho, uno de los once hermanos de “Roby”, murió en una emboscada del Ejército en Monteros, Tucumán, a mediados de 1975, en el marco del “Operativo Independencia” ordenado por el gobierno de Isabel Perón para enfrentar a la Compañía de Monte “Ramón Rosa Jiménez” del ERP.

La Fuga de Rawson y la Masacre de Trelew por Fernando Vaca Narvaja

El Asesinato de Mario Roberto Santucho y la Tragedia Familiar

Poco antes de que se produjera el golpe de estado de 1976, Mario Santucho (hijo) fue enviado a Cuba, donde permaneció durante dieciocho años en condición de exiliado. Unos meses después de su partida, el 19 de julio de 1976, su padre Mario Roberto Santucho fue asesinado en un enfrentamiento armado con el ejército, en plena dictadura militar. Ese día, el procedimiento, encabezado por el capitán Juan Carlos Leonetti, irrumpió en el departamento de la calle Venezuela 3149, de Villa Martelli. Terminó con la vida de Santucho y allí cayeron muertos también el propio Leonetti y Benito Urteaga, mientras que los militares secuestraron a Liliana Delfino, compañera de Santucho, el hijo de dos años de Urteaga y la compañera de Menna, Ana María Lanzillotto, embarazada de seis meses. En el mismo combate fue secuestrada Liliana Delfino, y otros tres altos dirigentes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Todos ellos permanecen desaparecidos. Santucho fue una víctima del plan de exterminio de toda una generación de luchadores obreros y populares que enfrentaron al imperialismo y a la burguesía nativa.

A más de 48 años del asesinato de Santucho, cuyo cuerpo fue exhibido en el “museo de la subversión” pero no entregado a sus deudos, la historia familiar estuvo signada por la barbarie represiva. El 8 de diciembre de 1975, una patota del Batallón de Inteligencia 601 irrumpió en una casa de Morón, provincia de Buenos Aires, donde se celebraba un cumpleaños infantil. Allí también serían secuestradas Cristina Navajas (compañera de Julio Santucho y madre del hombre que acaba de conocer su identidad) y Alicia D’Ambra. Españadero los llevó entonces a un hotel del barrio de Flores, siempre con el objetivo de atrapar al jefe guerrillero, pero su cuñada logró contactarse con familiares y el PRT organizó un rescate que burló a la custodia y permitió trasladar al grupo a la Embajada de Cuba, donde estuvieron más de un año hasta poder exiliarse. Los familiares de Santucho fueron torturados con especial saña en Automotores Orletti, donde una semana después Manuela sería obligada a leer en voz alta la noticia del asesinato de “Roby”. Cristina y Manuela fueron trasladadas al centro clandestino Protobanco hasta fines de diciembre de 1976, y más tarde al Pozo de Banfield. Ambas permanecen desaparecidas. Mario Santucho (hijo) regresó al país en 1993, recién alcanzada la mayoría de edad.

La “Investigación Existencial” sobre la Caída de Santucho

Tras regresar al país, Mario Santucho (hijo) participó del Colectivo Situaciones, grupo de investigación militante. Él siempre tuvo una obsesión, de la que no podía librarse: ¿cómo los militares genocidas lograron llegar al escondite donde sus padres vivían clandestinos? En 2019, una pista inesperada pareció confirmar la hipótesis de una delación. Esta “investigación existencial”, según él mismo la denominó, no habla únicamente sobre el pasado sino que nos pone ante el desafío de los combates que vendrán. Publicada en la versión papel de la revista Crisis, la saga que ya lleva cuatro entregas, “Quién entregó a mi viejo”, nunca apareció en internet ni se colgaron fragmentos en las redes sociales. Esto buscaba construir una manera de contar la verdad no sujeta a las lógicas corrosivas que imponen las compañías que controlan el espacio digital y abrir espacios de debate público más reposados y reflexivos. El periodismo, afirma, es una de las formas que tenemos a mano para intentar producir verdad sobre la coyuntura histórica, especialmente cuando el poder se encargó de ocultarla de modo sistemático.

Muchos compañeros, familiares y el propio Mario Santucho (hijo) se preguntaron de manera insistente cómo ocurrió ese hecho. A lo largo del tiempo, hubo tres hipótesis:

Hipótesis Descripción Consideraciones y Evidencia
1. Traición de otra organización revolucionaria Lo habría traicionado algún integrante de otra organización revolucionaria, tras la cancelación de una reunión clave con Montoneros el 19 de julio de 1976. Es la hipótesis más difusa y, desde el punto de vista de la investigación, no es verosímil históricamente ni avalada por los hechos. Se la considera funcional a ciertos sectores políticos de derecha.
2. Infiltrado en la cúpula del PRT-ERP Existía un infiltrado en la cúpula del PRT-ERP que fue “doblado” por los militares y le pasaba información sensible al enemigo. Desarrollada por Pola Augier, responsable de contrainteligencia del PRT, quien llegó a la conclusión de que uno de los cuadros directivos era sospechoso. La dirección partidaria rechazó esta hipótesis, pero Augier murió convencida de su veracidad. Sin embargo, la investigación desconfía de la “certeza subjetiva tan blindada” y la falta de datos concluyentes. El tipo de operativo (pocos militares) la hace trastabillar, pues sugiere que no había conocimiento previo de la presencia de Santucho.
3. Canje por un dirigente cercano Una persona que colaboraba con la guerrilla canjeó la vida de un dirigente muy cercano a Santucho por la de su mujer, que estaba en manos de la dictadura. Esto llevó indirectamente a los militares al escondite. Esta hipótesis surge de un conjunto de indicios verosímiles. El primer elemento clave es el tipo de operativo: apenas cuatro o cinco militares, lo que significa que el enemigo no sabía que Santucho estaba allí. Además, varios documentos coinciden en que el tercer dirigente del PRT, el “Gringo” Menna, fue capturado esa mañana con la dirección de su domicilio entre sus pertenencias. La clave es que Menna fue secuestrado porque un amigo suyo, colaborador del movimiento revolucionario, estableció un canje con el ejército para liberar a su novia. El último indicio contundente es un cable desclasificado en 2019 por la CIA, que insiste en esta versión y aporta el apellido de la persona que habría consumado el canje. Esta es la hipótesis más probable para la investigación.

La incertidumbre ha sido fundamental a lo largo de estos años y no se disipa del todo, empujando a la búsqueda. Cuando se creyó encontrar a la persona responsable, se publicó un artículo para obligarse a ir a verlo, constituyéndose en un dilema clave: no tiene sentido considerar a esa persona un traidor, pero tampoco es una víctima. Se trata de cómo pensar ese acto límite, justo cuando se vuelve a lidiar con una ultraderecha que ha declarado enemigos.

Debates sobre Heroísmo, Traición y Victimización en la Memoria Colectiva

La generación de Mario Santucho (hijo) fue marcada por la revuelta de 2001, manteniendo una conexión muy fuerte con los ideales revolucionarios de los años setenta. Se construyó un diálogo crítico con la generación de sus padres, lo que obligó a reformular muchas de sus propuestas y métodos de lucha. Se buscaba recuperar la esencia de su propósito, innovando todo lo que fuera necesario en las formas. Se propuso invertir el orden de los factores: la clave del cambio social está en la multitud rebelde y en los contrapoderes que se despliegan desde abajo, no tanto en las vanguardias iluminadas o los dirigentes carismáticos. La garantía de una transformación virtuosa radica en la comunidad organizada, decidida a emanciparse y capaz de crear nuevas imágenes de felicidad, mientras que la dinámica del enfrentamiento bélico suele subordinar e incluso tiende a interrumpir esa energía popular, porque confronta al poder con sus mismas armas.

Hoy, la historia ha dado un giro inesperado y la época obliga a revalorizar algunos supuestos que para los revolucionarios que nos precedieron resultaban bastante obvios. En primer lugar, que la conflictividad política implica asumir la existencia del enemigo. Y que para derrotarlo se requieren niveles de compromiso elevados, una disciplina importante, quizás cierta dosis de heroicidad. Nunca se creyó que los padres y madres fueran mártires por un exceso de narcisismo o por un mesianismo incontrolado. Pero mucho menos se consideró que hayan sido meras víctimas. Esto último es lo más difícil de desandar.

La Reinterpretación de la Memoria en la Actualidad

Ir más allá del modo de subjetivación de los derechos humanos no es una tarea sencilla. Luego de la derrota a sangre y fuego del movimiento emancipador, se impuso la crítica a toda inclinación heroica. No se trata solo de un rechazo a la intentona setentista, sino también (y sobre todo) del establecimiento de un nuevo régimen de subjetivación en torno a la figura de la víctima, que se convierte así en la protagonista del drama democrático nacional. La heredera de la gran consigna de la transición alfonsinista, acuñada por Ernesto Sábato: “Nunca Más” a la represión estatal genocida, significó un adiós al proyecto de una transformación revolucionaria. La democracia volvía así, en 1983, maniatada por el terror y desprovista de cualquier promesa redentora. En estas circunstancias, la víctima no solo se define por la negativa a desplegar una nueva radicalidad, también es poseedora de una estrategia que consiste en reclamar al Estado reconocimiento y reparación. Su punto de partida es la cesión del propio poder.

La presentación de la Casa de la Memoria Imprenta del Pueblo, junto al secretario General de ATE Córdoba, Federico Giuliani, y la historiadora Laura Mattas, profesora y miembro de Editorial Llamarada, convoca a la comunidad a participar de un espacio para revisitar la memoria. Mientras el capitalismo recicla su brutalidad bajo ropajes libertarios, la revolución se repliega sobre el duelo. Mario Santucho (hijo) recupera la figura de su padre para pensar la actualidad de un gesto heroico que nos sacuda de la parálisis.

Javier Milei acaba de cumplir un año en el gobierno. La extrema derecha parece decidida a capitalizar el malestar social y el odio contra las élites. La inaudita captura del imaginario revolucionario por parte de la internacional populista está plagada de contradicciones e inconsistencias, pero resulta verosímil, entre otras cosas, por la ruptura de sus principales referentes con todo aquello que huela a “corrección política”. Hay en esa desfachatez un eficaz cuestionamiento a la hipocresía liberal, que proclama derechos universales y produce cada vez mayor desigualdad e injusticia. La operación ideológica reaccionaria tiene tanta fuerza que ha logrado paralizarnos.

La decisión de no publicar la investigación sobre Santucho en internet abrió un campo de experimentación insospechado. Primero, los lectores fueron muy respetuosos y la comprendieron. Segundo, contra lo que uno podría pensar, el experimento generó un interés muy grande que derivó en nuevas revelaciones. Se activó una forma de lectura responsable. Se genera una suerte de comunidad alrededor del tema, que cuida lo que se dice pero al mismo tiempo se suma a la búsqueda. Aparecen nuevos interlocutores, nuevas fuentes, nuevos circuitos. Esto demuestra que el debate sobre la traición y la victimización en Argentina precisa de un espacio cuidado para ser elaborado.

Figuras Literarias y la Ética Combatiente

El argumento de Jorge Luis Borges en “Tema del traidor y del héroe” plantea que el traidor y el héroe pueden ser la misma persona, lo cual es desquiciante. Pero la elaboración colectiva construye un mito que neutraliza la contradicción y se impone a los propios actores. Rodolfo Walsh, otro gran escritor del siglo veinte argentino y fundador de la literatura de “no ficción” con su gran novela “Operación Masacre”, fue secuestrado por los militares el 25 de marzo de 1977, luego de un tiroteo en el que lo hirieron de muerte, como a Mario Roberto Santucho. También permanece desaparecido. Walsh es en cierto modo el opuesto de Borges, porque sostiene que “en la realidad hay más riqueza que en la ficción”. El desafío consiste en liberar la enorme potencialidad social que permanece aletargada.

El primer presidente de la posdictadura argentina, Raúl Alfonsín, en uno de sus discursos más recordados, exclamó: “con la democracia se come, con la democracia se educa, con la democracia se cura”. Pero, cuando la crítica se posa sobre el pasado sin problematizar las condiciones del pensamiento en el presente, oculta algo relevante. Se naturaliza así un humanismo piadoso a tono con el credo demócrata. Aquellos que desafiaron al orden existente se tornan responsables del calvario, por no deponer su espíritu combatiente. El único criterio razonable pasa a ser la derrota.

En el ámbito de la investigación sobre la traición, Ana Longoni, en su libro “Traiciones” (2007), cuestiona el militarismo de las organizaciones revolucionarias. El objetivo del ensayo es cuestionar el militarismo de las organizaciones revolucionarias, que se expresa en códigos morales incapaces de asimilar la delación de quienes fueron secuestrados. La opción de morir como un mártir ignoraba la cruel y sofisticada maquinaria represiva implementada por las fuerzas armadas, capaz de doblegar a cualquiera. Miguel Robles, en “La Búsqueda” (2010), autor de profesión policía, descubre muchos años más tarde que a su padre en realidad lo mató el engranaje paramilitar de la derecha. El libro es una pieza clave en esa revelación histórica y plantea una ampliación del campo de las víctimas para incluir a su padre y a Charlie Moore, ex militante que colaboró con el genocidio. Para llegar a este escalón misericordioso es preciso un desplazamiento en la mirada: no poner el énfasis en la interpretación política de los hechos, sino en la dimensión humana de la tragedia. La llamada, de Leila Guerriero (2024), presenta a Silvia Labayrú, militante montonera y colaboradora de la represión, como una “heroína de la resiliencia”. Estas operaciones editoriales, aunque con cuantiosas ventas, reflejan la banalidad de una perspectiva progresista que ve el ideal revolucionario como un “delirio de juventud”. El afán revolucionario resurge hoy con fuerza demoledora, en manos de una ultraderecha que no tiene pruritos en reivindicar al fascismo. La enemistad como núcleo de verdad de la política se convierte en un enunciado de sentido común. Y la violencia vuelve a ser el modo de resolución de los conflictos, en última instancia.

La pregunta es cómo se hace justicia en un caso como el de Mario Roberto Santucho. Ni el castigo, ni la piedad funcionan en un momento de confrontación con la ultraderecha. Es preciso ir más allá del juicio, que condena o absuelve, para intentar reconstruir la ética combatiente. Cualquiera de nosotros puede ser débil, puede derrumbarse. Pero a diferencia de nuestros enemigos, que no pueden asumir sus actos y conductas, nosotros luchamos por una comunidad emancipada, capaz de procesar las contradicciones con dignidad.

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