Historia y Caída del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP)
El Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), una de las organizaciones guerrilleras más notorias de Argentina, dejó una profunda huella en la historia del país. Su accionar, marcado por una serie de atentados y ataques, culminó en el fallido asalto al Batallón de Arsenales 601 “Domingo Viejo Bueno” en Monte Chingolo en diciembre de 1975, un evento que significaría el inicio de su declive definitivo.
En primer plano, Mario Roberto Santucho, el fundador del ERP. Dicha organización terrorista fue la responsable de numerosos ataques. La fotografía fue tomada en junio de 1973, cuando brindó una conferencia de prensa. A su lado se encuentran Benito Urteaga, Gorriarán Merlo y Jorge C. Molina.
Orígenes y Acciones Tempranas del ERP
El Ejército Revolucionario del Pueblo había sido fundado en 1970 por Mario Roberto Santucho, y el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) era su brazo político. Su bautismo de fuego fue el 18 de septiembre de 1970, cuando asaltó la comisaría 24° de Rosario.
Escalada de Violencia y Delitos
La carrera delictiva del ERP incluyó el secuestro y asesinato de Oberdan Salustro, empresario de la Fiat, en 1972, y el secuestro, al año siguiente, de Víctor Samuelson, directivo de la Esso, por quien cobraron un millonario rescate en dólares. También secuestraron y asesinaron al coronel Argentino del Valle Larrabure, y en el ataque al cuartel de Azul, asesinaron al coronel Camilo Gay y a su esposa Nilda Casaux. Mantuvieron cautivo además al teniente coronel Jorge Roberto Ibarzábal, al que asesinaron luego de diez meses. Un trágico episodio ocurrió en Tucumán, cuando mataron al capitán Humberto Viola, resultando también muerta María Cristina, su hija de tres años. Atacaron, además, diversas unidades militares en Córdoba, Catamarca y Santa Fe. En 1974, instalaron un foco guerrillero en la provincia de Tucumán.
Contexto Político y Económico de la Época
En este período, gobernaba el país María Estela Martínez de Perón, cuyo esposo había fallecido en julio del año anterior. La situación económica era crítica, con un nivel del índice de precios al consumidor del 334,8% en 1975 respecto al año anterior, siendo la alimentación y la indumentaria los rubros más castigados. El ataque a la unidad militar tuvo un alto impacto en los medios, evidenciando un clima de inestabilidad y conflicto creciente.
Inflación en Argentina (1975)
| Año | Índice de Precios al Consumidor (Variación Anual) | Rubros más Afectados |
|---|---|---|
| 1975 | 334,8% | Alimentación, Indumentaria |
El Ataque a Monte Chingolo: La Batalla Decisiva
Cuando a fines de julio de 1975 el PRT-ERP comenzó a planificar el ataque en Monte Chingolo, creó el batallón urbano “José de San Martín”. La conclusión a la que llegaron fue que el objetivo era el Batallón de Arsenales 601 “Domingo Viejo Bueno”, en un suburbio sureño del Gran Buenos Aires, en la localidad de Monte Chingolo, Lanús.
Planificación y Objetivos de la Operación
El objetivo del ERP era robar armamento militar. Si accedían al casi millar de fusiles FAL, a las subametralladoras, los cañones antiaéreos y los sin retroceso, todos con sus municiones, la organización terrorista estaría en condiciones de enfrentar una guerra prolongada. El objetivo de los insurgentes era ingresar al mayor depósito de armas del país, que no solo abastecía a los militares, entonces de decisiva influencia en el devenir político argentino. También era un predio codiciado por la guerrilla del ERP y de la organización Montoneros. Las más de 20 toneladas de armas almacenadas en Monte Chingolo podían inclinar la balanza en el combate final que se avizoraba entre los terroristas y el Ejército. El comando que dirigió la operación se instaló en un departamento de la calle Perú 1330, en San Telmo. Intervinieron en el ataque cerca de 180 combatientes, número que ascendía a 250 si se tenía en cuenta los hombres que participaron en diversas acciones secundarias y de apoyo.
La Infiltración y la Advertencia Previa
El Ejército, sin embargo, tenía un infiltrado en el ERP: Jesús “el oso” Rainer, un peronista tucumano que se había sumado a la organización a fines de 1974. Su rol sería crucial. El profesor de Historia, investigador y periodista Marcelo Larraquy, cuenta que “el ataque no sorprendió a Videla. Lo estaba esperando. Había recibido información el domingo 21 en una reunión de altos mandos, de boca del coronel Alfredo Valín, el jefe del Batallón de Inteligencia 601″. El golpe estaba previsto para el 22 de diciembre, pero según Larraquy “un militante del ERP que había instalado en los días previos una mesa de venta de pan dulce en las cercanías del Batallón alertó la novedad. La ofensiva final sería lanzada al día siguiente”. Al parecer, el jefe político y militar de la organización trotskista, Roberto Mario Santucho, se enteró del conocimiento militar sobre el ataque. Algunas fuentes sostienen que hasta desde Montoneros le hicieron saber que “los estaban esperando”, pero ni siquiera así cambió los planes. Se dejó guiar por su instinto temerario de hombre de armas, y confió en su inveterado hábito de apostar “al todo o nada”.
El Desarrollo del Asalto (23 de Diciembre de 1975)
El ataque se produjo en el atardecer del 23 de diciembre de 1975. Monte Chingolo se vio convulsionado. Era la última semana de diciembre, y el país preparaba los tradicionales brindis navideños. En el aire flotaba la sensación de una pasajera tranquilidad: apenas horas antes, con la rendición de su jefe, el brigadier Jesús Orlando Capellini, había concluido la insubordinación de un sector de la Aeronáutica, que había tomado el Aeroparque Metropolitano y la base aérea de Morón durante cinco días. Aun así, el clima se había vuelto irrespirable. Como una chispa en medio de la quietud, lo que parecía una tregua fugaz volaría por los aires. Literalmente.
Por eso, a los vecinos de la plazoleta ubicada sobre el Camino General Belgrano, en Quilmes, les llamó la atención el puesto callejero que se había instalado: vendían un combo de tres panes dulces y una sidra a 150 pesos, un precio de liquidación, un ofertón. En realidad, los vendedores eran diez guerrilleros del Ejército Revolucionario del Pueblo de la Compañía “Juan de Olivera”, que en el fondo de las cajas y canastos con la mercadería, ocultaban fusiles y escopetas. A las 19:40, esos vendedores se quitaron las ropas y dejaron ver uniformes color verde. Los vecinos corrieron espantados. En simultáneo, los terroristas habían atacado los puentes Avellaneda, La Noria, Uriburu y Victorino de la Plaza para distraer a la policía y al ejército, que ya estaba avisado del ataque que se produciría.
Monte Chingolo, locura guerrillera
Dos camiones, procedentes de Florencio Varela, llenos de hombres, enfilaron hacia el Batallón de Arsenales Domingo Viejobueno por el Camino General Belgrano. Ese martes 23 de diciembre de 1975, el primer camión, un Mercedes Benz 1112 color azul manejado por el sargento “Manuel”, al llegar a la altura de la puerta de entrada, giró violentamente y embistió el portón, que estaba asegurado con una tranca de hierro. Aun así, se abrió y se desató el infierno. Detrás de él, entraron cinco automóviles y dos camionetas. El camión quedó medio cruzado, con su conductor muerto sobre el volante, y los vehículos que vinieron detrás, cuando quisieron esquivarlo, se vieron atrapados en un zanjón de un metro de ancho y 40 centímetros de profundidad que había abierto la empresa de gas dos días antes.
Sus ocupantes se desplegaron en abanico y empezó un nutrido tiroteo, especialmente contra la guardia. Hirieron gravemente al sargento ayudante Cisterna y mataron de un tiro en el pecho al soldado Ruffolo. El plan era tomar, además de la guardia, el casino de oficiales y el depósito de armas. Sin embargo, el cuartel contaba con solo el treinta por ciento de su personal, ya que muchos habían sido licenciados por la Navidad. Los soldados conscriptos que permanecieron ofrecieron una tenaz resistencia. Con el correr de los minutos, quienes disparaban sin parar, comenzaron a hacerlo con más puntería. “Soldado, rendite, la cosa no es con vos”, gritaban los guerrilleros.
La batalla en el arsenal fue tremenda, pero absolutamente desigual. La respuesta militar fue la prueba más visible de que se trató de una emboscada más que de una férrea defensa del arsenal “Domingo Viejo Bueno”. De inmediato, guardias apostados sobre tanques de agua de la guarnición dieron el aviso de que “la toma” del batallón había comenzado. Y desde varios sitios estratégicos se abriría fuego a mansalva. Aquello fue una ratonera: era cuestión de apuntar y jalar el gatillo. Entraron en escena helicópteros artillados, aviones birreactores y bombarderos livianos que vomitaban metralla desde baja altura. La llegada de helicópteros artillados -provenientes de la VII Brigada Aérea de Morón- que dispararon desde la calle del frente del cuartel, fue el fin para los atacantes. Cuando quisieron cubrirse, quedaron a merced de los defensores. Fueron finalmente rechazados y huyeron. Los defensores entendieron que todo había terminado cuando escucharon el sonido de un M113, un vehículo mecanizado a oruga que venía de La Tablada y de una fracción del Regimiento de Granaderos a Caballo.
Consecuencias y Balance del Ataque
Según Larraquy, “a las 3 horas de combate en las filas del ERP se escuchó la orden de retirada”. Durante toda la madrugada del 24 de diciembre, con el cielo iluminado por los helicópteros, grupos de infantería rastrillaban las villas vecinas y las márgenes del Riachuelo, en una cacería de sobrevivientes. Algunas fuentes estiman que solo en esos escenarios fueron ejecutados unos 40 combatientes, muchos de ellos allí mismo, con sus manos en alto, ya rendidos.
Los muertos del Ejército y las fuerzas de seguridad fueron el capitán Luis María Tetruzzi y el teniente primero José Luis Espinassi; el sargento ayudante Roque Cisterna y los soldados Roberto Caballero, Raúl Sessa y Benito Ruffolo. Tuvieron además 17 heridos. El número de terroristas que murieron en el cuartel y en la persecución que hubo en la villa aledaña ascendió a 62, y hubo 25 heridos. La cifra, sin consenso hasta hoy, iría creciendo hora a hora, hasta considerar las bajas entre 100 y 150, además de “un número no precisado de desaparecidos”. La entrega había hecho posible una masacre, la mayor sangría guerrillera de la historia. La gente que vivía en los alrededores se mantuvo cuerpo a tierra porque los proyectiles agujereaban sin dificultad las precarias casillas de chapa y cartón de la villa donde vivían. Hubo casos de pobladores que murieron al quedar expuestos cuando fuerzas del Ejército persiguieron a los terroristas que escapaban amparados en la oscuridad. Algunos de los que huían pidieron a la gente del lugar que los guiara a cruzar el arroyo Las Piedras, junto al barrio Iapi, mientras que por altoparlantes el Ejército recomendaba a los pobladores no salir de sus casas. Los heridos fueron llevados a la jefatura del batallón y de ahí, a muchos los derivaron al Hospital Aeronáutico y al Militar Central.
Según fuentes y trascendidos de la época, los atacantes no lograron llevarse ningún material bélico. Ya con el fracaso y el peso de la culpa por una decisión errática y hasta irresponsable, fuentes del entorno de Santucho dirían que, en la Navidad de 1975, un par de días después de la catástrofe militar sufrida, Santucho se reunió con parte de su familia. De acuerdo al testimonio de un hermano, el jefe máximo del trotskismo armado “estaba deprimido, casi no hablaba y tampoco comió”. En verdad, Monte Chingolo había generado consternación y también miedo, palabra prohibida en el diccionario insurreccional entre la militancia “de los perritos”, como se conocía en la jerga guerrillera a los cuadros del PRT.
El Destino del "Oso" Rainer: La Historia del Delator
Además del conocimiento previo que tenía el Ejército, hubo un delator, un soplón, un traidor infiltrado en las filas del ERP, que sin embargo no aparecía en las listas del buró político del PRT. Era un chofer de logística, que llevaba y traía armas de un lado a otro en anteriores operativos. Fue él quien detectó al Batallón 601 de Monte Chingolo como el blanco guerrillero de un asalto inminente. El predio fue sembrado de inmediato: se movilizaron tanques, carries y miles de efectivos en torno de la unidad. A las pocas horas se supo que había sido “El Oso” Jesús Ranier.
Perfil del Infiltrado
Según cuentan Eduardo Anguita y Martín Caparrós en “La Voluntad/Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina 1973-1976” (Tomo II), Rainer era “un lumpen de poco más de 30 años, el pelo tipo cepillo, y una panza que le colgaba sobre el bluyín”. Larraquy lo vería “morocho, algo bizco y un poco pasado de kilos”. Más allá de la apariencia y de los rasgos físicos, los focos internos de la pesquisa ordenada de inmediato por el jefe Santucho señalaron a Ranier, un falso erpiano no registrado por el PRT. Ensayistas de diferentes tendencias, coincidirían en que venía de las Fuerzas Armadas Peronistas 17 de Octubre (FAP 17) y se le adjudica haberse transmutado del peronismo de izquierda a los servicios de Inteligencia luego de la muerte de Perón. Según relata el investigador Juan Bautista Yofre, “El Oso” era un peronista de la Resistencia, que trabajó a las órdenes del histórico general (RE) Miguel Ángel Iñiguez en 1973-1974. Ranier tuvo un paso por la Policía Bonaerense antes de pactar con el Batallón 601 un sueldo mensual de US$ 1.000, con pagas adicionales por servicios especiales, simplemente para registrar y anotar todo lo que veía. Y veía mucho, porque al ser un cuadro de logística siempre estaba ubicado en lugares estratégicos. Por eso tendría información calificada sobre el ataque al arsenal.
Interrogatorio y Ejecución
Según reconstrucciones de Anguita y Caparrós, un Tribunal Revolucionario, constituido por seis altos cuadros del PRT, decidió condenar a muerte a Ranier. Estrella Roja, el órgano de difusión del PRT, agregaría que el Tribunal “sugirió además que se dé a publicidad al hecho comunicándolo al pueblo”. Se supo entonces que, cara a cara con “El Oso”, Juan Santiago Mangini, “Capitán Pepe”, jefe de Inteligencia del ERP, su interrogador, le habría dicho: “Vos sos el único de la FAP 17 de Octubre que quedó vivo… Todos tus compañeros cayeron, salvo vos. Y cuando vos estabas en Logística cayeron tres jefes del área. Demasiada coincidencia, ¿no?… Vos fuiste el que entregó las armas para esta acción… y las armas no andaban. Decime hijo de puta, ¿quién es tu contacto con el enemigo? Unas charlas… hijo de puta, vos entregaste y mandaste al muere a los compañeros”.
Plis-Sterenberg relata que los interrogatorios a “El Oso” duraron cuatro días. Al cabo de las sesiones, lograron que firmara un testimonio final: “Yo, Rafael Jesús Ranier… declaro ante la Justicia popular representada por el PRT y el ERP ser miembro del Servicio de Informaciones del Ejército infiltrado en el ERP con el objeto de destruir la organización. Ser el responsable de la muerte o desaparición de más o menos 100 compañeros miembros del ERP. Muchos de ellos miembros del PRT.” Otros investigadores se empeñarían en destacar que el ERP no torturaba a sus prisioneros porque se negaba a utilizar “los métodos del enemigo”. Como concesión, se le dio a elegir la forma de morir: inyección o un disparo en la sien. “El Oso” eligió la inyección, pero no pudo evitar el sufrimiento. Quizá por su robusta contextura resistió el primer jeringazo que le aplicó el ex rugbier marplatense Eduardo Pedro Palá, “capitán Manolo” o “Médico Loco”. Ranier convulsionaba, pero no moría. Hasta que una segunda inyección terminó con su ajetreada vida, siempre vecina a la muerte, propia o ajena. Su cadáver aparecería al día siguiente, en un descampado del GBA, con una leyenda: “Soy Jesús Ranier, traidor a la Revolución y entregador de mis compañeros”. Con su ejecución, el ERP había encontrado el chivo expiatorio ideal para su mala praxis política y militar. Había cazado una presa codiciada para que sus culpas se perdieran en la herrumbre del olvido. El ERP, sin embargo, se conformaría con una pieza menor.
Legado y Fin del ERP
El fracaso de Monte Chingolo marcó el inicio de la definitiva derrota del PRT-ERP. Cuando ocurrió el golpe militar del 24 de marzo de 1976, la mayoría de sus miembros ya habían muerto y habían perdido cualquier capacidad de acción. Gustavo Plis-Sterenberg, en su libro “Monte Chingolo La mayor batalla de la guerrilla argentina”, destaca que muchos de los atacantes no superaban los 22 años, y que había estudiantes de 16 y 17 años. “Todavía me acuerdo de la carita de los pibes”, rememoró un testigo. Plis-Sterenberg abunda en datos sobre el origen y desarrollo de la banda, las identificaciones personales, los “nombres de guerra” de los combatientes, sus jefaturas, grados militares y estrategias políticas y bélicas, hasta llegar al descabezamiento de la conducción nacional con el abatimiento de los líderes principales y máximos referentes históricos, Mario Santucho y Benito Urteaga, ejecutados en un operativo el 19 de julio de 1976. También explica qué fue de los sobrevivientes que con el tiempo transcurrido lograron escapar de las cacerías lanzadas por la Inteligencia cuartelera.
