La Guerra de Granada: La Cruzada de los Reyes Católicos y el Fin de la Reconquista
Las Cruzadas fueron expediciones emprendidas, en cumplimiento de un solemne voto, para liberar los Lugares Santos de la dominación mahometana. El origen de la palabra remonta a la cruz hecha de tela y usada como insignia en la ropa exterior de los que tomaron parte en esas iniciativas. Desde la Edad Media, el significado de la palabra cruzada se extendió para incluir a todas las guerras emprendidas en cumplimiento de un voto, y dirigidas contra infieles, por ejemplo, contra mahometanos, paganos, herejes, o aquellos bajo edicto de excomunión. Las guerras emprendidas por los españoles contra los moros constituyeron una cruzada incesante del siglo XI al XVI, y la Reconquista en la península ibérica también adquirió carácter de Cruzada.
La idea de la cruzada correspondía a una concepción política que se dio solo en la Cristiandad del siglo XI al XV; esto suponía una unión de todos los pueblos y soberanos bajo la dirección de los papas. A los cruzados también se les concedían indulgencias y privilegios temporales, tales como exención de la jurisdicción civil, inviolabilidad de personas o tierras, entre otros. Los guerreros que participaban en estos contingentes armados fueron llamados cruzados porque portaban una cruz de tela cosida sobre su ropa. De este modo, se identificaban como fieles a la misión de la Iglesia católica. Los papas estaban más que felices de incluir a los moros como otro enemigo del Oeste. Los mismos beneficios espirituales fueron ofrecidos a aquellos que pelearan en el Medio Oriente o Iberia.
Granada: El Último Baluarte Musulmán
Granada se había convertido en los albores de la Edad Moderna en el último reducto musulmán de la Península Ibérica. Pospuesta durante los inestables reinados de Juan II y Enrique IV, la conquista de Granada se situó como prioritaria para los Reyes Católicos, arquitectos de lo que pretendía ser la España moderna. Isabel y Fernando habían crecido bajo la amenaza que suponía el auge del Imperio otomano, que en 1453 logró la caída de Constantinopla, y no estaban dispuestos a tolerar el desafío de Muley Hacén, el emir de Granada, que durante este periodo se apoderó de varios bastiones en la frontera cristiana y dejó de pagar el tributo estipulado con los cristianos. Con la toma de estos bastiones, entre ellos Zahara, esclavizó y exterminó a los defensores. La Europa cristiana iba, esta vez sí, a aceptar el duelo.
Al enterarse en Medina del Campo de la caída de Zahara, Fernando «El Católico» afirmó en voz alta: «Siento las muertes de cristianos, pero me alegro de poner en obra muy prestamente lo que teníamos en el pensamiento hacer». El Papa Sixto VI apoyó la empresa militar instituyendo una Cruzada, a modo de asistencia financiera. La bula de Cruzada fue prorrogándose cada dos años hasta alcanzar en su último año, 1492, una recaudación de 500 millones de maravedíes. La nobleza, el alto clero y las comunidades judías aportaron la mayor parte de los fondos. Además, desde distintos países europeos llegaron importantes remesas económicas y, sobre todo, llegaron caballeros y aventureros alemanes, ingleses, borgoñones dispuestos a participar en la última Cruzada del Occidente cristiano. Tampoco era menor el apoyo popular que tenía la Empresa granadina en España.
Los cristianos tenían la superioridad numérica y la moral de su lado, pero las características del terreno alargaron una guerra de asedios y escaramuzas, sin grandes batallas en campo abierto, durante seis años. En este plazo de tiempo, los Reyes Católicos desarrollaron un dispositivo militar, una administración y un sistema de fiscalidad, cuya meta final era un Estado moderno que los reyes de la Casa de los Austrias emplearon posteriormente para lograr la hegemonía en Europa.
El asedio de Granada (1492): El fin de 700 años de dominio musulmán en España.
Un Ejército Renovado para la Conquista
Cuando en 1481 empezó la guerra entre Castilla y el reino de Granada con la toma de Zahara por parte del sultán Muley Hacén, los Reyes Católicos estaban bien preparados. La guerra de sucesión castellana, librada solo tres años antes, había dejado en manos de la reina Isabel un formidable ejército probado en batalla, con el que por fin podría cumplir el tan ansiado sueño de expulsar a los andalusíes y completar la reconquista. Por otra parte, el reino de Granada era un estado en franca decadencia, que solo se agarraba a la vida gracias a la posesión de numerosas fortalezas, y que además sufría la oposición interna del hijo del sultán Boabdil, quien provocaría una guerra civil en medio de la invasión que debilitaría fatalmente el reino.
El Ejército de Castilla
Al inicio de la contienda Isabel contaba pues con un ejército personal de 20.000 hombres, reforzados por 20.000 tropas aportadas por los señores feudales y las órdenes militares, a las que se sumaban los 25.000 milicianos de los municipios bajo administración real. No contentos con ello, los monarcas vaciaron las arcas del reino para contratar a todo tipo de mercenarios en el que prometía ser el último esfuerzo para conquistar el reino andalusí, incluyendo a los afamados almogávares, piqueros suizos y artilleros de Alemania y Flandes. Aventureros de todo tipo se sumaron también a la empresa como asesores, entrenando a las tropas en el modo europeo de hacer la guerra.
Armadura de caballero hecha en Italia hacia 1450.
Además, los monarcas crearon un cuerpo de intendencia formado por arrieros, carpinteros, herreros y todo tipo de artesanos, quienes contarían con un formidable tren de 80.000 mulas para transportar las provisiones y artillería de la campaña. Para la campaña los reyes contaron con 200 cañones de diverso calibre que serían decisivos para abrir brecha en los castillos granadinos. Aunque los castellanos ya habían usado bombardas en el sitio de Antequera de 1420, no fue hasta Isabel que se formó una división de artillería propiamente dicha, formada por profesionales equipados con 200 piezas de hierro y bronce que podían llegar a medir tres metros de largo y disparar balas de 250 kilos de peso. Al mismo tiempo se empezaron a introducir de forma masiva las armas de fuego entre los soldados, empezando por el regimiento de guardas reales de la reina, entre los que se formaron las primeras unidades de arcabuceros. A partir de la guerra de Granada el peso de los combates recayó en la infantería, que armada con picas y arcabuces dominó los campos de batalla del siglo XVI.
Piqueros imperiales en un óleo de Melchior Feselen pintado hacia 1533.
Así durante el conflicto se abandonó el sistema de mesnadas, según el que cada noble o municipio aportaba un determinado número de hombres según su pacto con el rey, en favor de las “batallas”: regimientos estatales de 500 hombres divididos en diez cuadrillas de cincuenta cada una mandadas por oficiales reales. Pagados con los impuestos de la corona, estos soldados profesionales se entrenaron en el uso de formaciones con manuales como el Tratado de la Perfección Militar de Alfonso de Plasencia, sustituyendo las cargas de la caballería feudal con masas de infantería armada con arcabuces y picas copiadas a los suizos.
Jinete de caballería ligera equipada a la española en una acuarela de Alberto Durero pintada en 1498.
Desarrollo de la Guerra y la Caída de Málaga
La primera etapa de la guerra se desarrolló entre 1482 y 1484, donde la improvisación y las actuaciones aisladas de grandes nobles andaluces, entre ellos el Duque de Medina-Sidonia o el Conde de Cabra, hermano mayor de Gonzalo Fernández de Córdoba, marcaron el ritmo del conflicto. La suerte cristiana mejoró en la segunda etapa, porque los ejércitos de Isabel y Fernando aumentaron sus prestaciones y conquistaron los valles de Ronda, Loja, Marbella, Málaga y Baza.
La cruenta conquista de Málaga (en agosto de 1487) privó al territorio sureño de su principal puerto y acabó para siempre con el espejismo de una posible ayuda militar de los reinos musulmanes del Magreb. La toma de Baza, en el otro extremo del reino, marcó asimismo un punto de inflexión. Quedaba claro que no se trataba de una guerra tradicional, basada en campañas veraniegas: aquella era una guerra total. Solo continuaban resistiendo Granada y algunas escasas comarcas circundantes, y fue en esta zona en la que se concentraron Fernando e Isabel. Una de las plazas más importantes del reino nazarí, Málaga no cayó frente a los castellanos hasta 1487, tras un duro asedio de cuatro meses.
La otra noticia positiva para los cristianos en esas fechas fue la asociación de los Reyes con Boabdil, «El rey chico», que dividió todavía más al bando musulmán. En 1482 el emir Muley Hacén fue destronado así por su hijo Boabdil. Boabdil mantuvo en todo momento contactos secretos con los Reyes Católicos, muchos de ellos a través de su amigo y confidente Gonzalo Fernández de Córdoba, que adquirió gran protagonismo en la fase final del conflicto. Sin embargo, Boabdil era esclavo de sus circunstancias y su poder era demasiado precario como para salir con vida si rendía la ciudad sin combatir. Poco quedaba por entonces de la tan cacareada tolerancia entre musulmanes, cristianos y judíos, ni del esplendor cultural que había dado lugar a una de las ciudades más bellas de Occidente.
El Asedio Final y las Capitulaciones
Las acciones de 1490 demostraron lo precario de las defensas granadinas. Aquel invierno, Hernán Pérez del Pulgar, el de las Hazañas, entró de noche en Granada con 15 de los suyos, clavó con su daga el Avemaría en la puerta de la mezquita mayor y al salir incendió el mercado de la ciudad. A su vez, en esas mismas fechas fracasó el intento de liberar a los 7.000 cautivos cristianos que estaban encarcelados en las prisiones granadinas. La mayor parte murió de hambre durante el asedio.
Para intensificar la presión sobre el emir, los Reyes Católicos comenzaron en el verano de 1491 la construcción del campamento de Santa Fe, construido de forma cuadricular frente a Granada, con la firme decisión de que solo lo levantarían tras la caída de la ciudad. No trajeron artillería pues en ningún caso pretendían destruir la ciudad. En el mes de julio, en pleno bloqueo de Granada, un incendio arrasó el campamento de los reyes; según algunas fuentes, la propia Isabel estuvo a punto de morir carbonizada en su tienda. Isabel, en vez de ordenar su desalojo, mandó levantar una nueva población, que tomó el llamativo nombre de Santa Fe. Desde esta estratégica posición las tropas castellanas podían realizar continuas razias sobre los desprevenidos pobladores de la Vega, que rápidamente fueron abandonando sus casas para protegerse tras las fortificaciones granadinas. Así, no solo se privaba a los nazaríes de provisiones, sino que los sitiadores se aseguraban de que, al aumentar sin tregua la población refugiada tras las murallas de Granada, el hambre se apoderaría rápidamente de la ciudad.
Los musulmanes, perdidas todas las esperanzas, se veían abocados a un durísimo asedio, que podía concluir como el de Málaga, con la muerte y la esclavitud de buena parte de la población. El final llegó por el hambre, por la presión militar y, por supuesto, por el soborno a varios notables cortesanos nazaríes, a los que se prometió conservar sus propiedades y su posición social y concederles determinadas mercedes.
Capitulaciones de Granada
El 25 de noviembre de 1491 se formalizaban las condiciones de rendición o capitulaciones en el campamento real de la Vega, cerca de Santa Fe. El 25 de noviembre de 1491, los Reyes firmaron con Boabdil el acuerdo definitivo para rendir la ciudad. Los monarcas se comprometían a respetar los bienes y las personas que vivían en Granada, a garantizar la libertad de culto, y que se siguiera empleando la ley coránica para dirimir conflictos entre musulmanes. Las capitulaciones, asimismo, incluían la promesa de que no habría castigo para los tornadizos, elches y marranos refugiados en Granada, a quienes se facilitaría el traslado al Norte de África. A cambio de este acuerdo tan benigno, «El Rey chico» consintió entregar Granada en un plazo de dos meses, una condición complicada de llevar a efecto a causa de la amenaza de un motín generalizado contra el último rey de Granada.
Con el permiso del emir, una avanzada cristiana ocupó la Alhambra, adelantándose a cualquier reacción violenta del pueblo, lo que fue seguido por la entrega de la ciudad.
La Conquista de Granada y sus Consecuencias
El 2 de enero de 1492 se escenificó la rendición en una ceremonia desprovista de humillaciones, como demuestra el hecho de que Boabdil no besara las manos de los Reyes. Entregó las llaves de la ciudad al Conde de Tendilla, Íñigo López de Mendoza, que sería el primer capitán general de la Alhambra. Según la Crónica de los Reyes Católicos, Boabdil avanzó sobre su caballo de cara al enemigo que acampaba más allá de los muros de Granada y entonces un tropel de gentes famélicas, compuesto de madres gimiendo y niños «dando voces diciendo que no podrían sufrir el hambre; y que esta causa vendrían a desamparar la ciudad e irse al real de sus enemigos, por cuya causa la ciudad se tomaría y todos vendrían a ser cautivos y muertos». La rendición había sido la única salida posible.
Un cronista vasco describió aquel día como el que «redimió a España, incluso a toda Europa» de sus pecados. En Roma, el final de la Cruzada fue celebrado con campanadas, encierros y corridas de toros. Los conquistadores recibieron la calificación de «atletas de Cristo», y los Reyes el título de «Católicos» con el que hoy son conocidos en los libros de Historia. El 2 de enero de 1492 concluían ocho siglos de sometimiento de España al islam, con la conquista del reino nazarí de Granada, por parte de los Reyes Católicos, quienes entrarían en la ciudad, entregada por el rey Boabdil, el 6 de enero siguiente, festividad de la Epifanía.
El 1 de febrero de 1493, cuando llegó a Roma la noticia de la toma de Granada por los ejércitos de Castilla y Aragón, toda la ciudad «se puso en regocijo y fiesta, apellidando el nombre de España», como recoge el cronista Jerónimo Zurita. La caída del último enclave musulmán de Europa occidental parecía compensar la conquista de Constantinopla por los turcos otomanos, que había tenido lugar en 1453, o su más reciente ocupación de Otranto, en el año 1480. El mismo papa Inocencio VIII acudió a la iglesia de Santiago de los Españoles y ofició una misa en celebración de la victoria.
Cronología de la Guerra de Granada
La siguiente tabla resume los hitos clave de la guerra:
| Fecha | Acontecimiento |
| 27 de diciembre de 1481 | Ocupación de Zahara por los nazaríes (inicio de la guerra) |
| 1482-1484 | Primera etapa de la guerra (acciones aisladas) |
| Agosto de 1487 | Conquista de Málaga por los Reyes Católicos |
| 1490 | Acciones de presión sobre Granada (Hernán Pérez del Pulgar) |
| Verano de 1491 | Inicio de la construcción del campamento de Santa Fe |
| 25 de noviembre de 1491 | Firma de las Capitulaciones de Granada con Boabdil |
| 2 de enero de 1492 | Entrada de las tropas cristianas en Granada y rendición oficial |
| 6 de enero de 1492 | Entrada de los Reyes Católicos en Granada |
El Legado y la Post-Conquista
El último emir Boabdil siguió viviendo en la Península, en un territorio asignado por los Reyes en las Alpujarras, pero al cabo de dieciocho meses cruzó el Estrecho para morir en Fez muchas décadas después. Las condiciones firmadas por los Reyes fueron solo respetadas inicialmente. Las mismas Capitulaciones de Granada, que estipulaban unas muy ventajosas condiciones para los nazaríes, son un vivo ejemplo de tolerancia. Predicaciones, catecismos, oraciones o la celebración de misas en árabe fueron algunos de los métodos de evangelización que se utilizaron. La población mudéjar pasó en poco tiempo a ser tratada con mayor firmeza a partir de la visita del nuevo confesor, el Cardenal Cisneros (1499). Como resultado, se obtuvo un incremento de las «conversiones», pero también una serie de desórdenes que se extendieron hasta avanzado el siglo XVI.
La tarea, en el caso de los moriscos, fue harto difícil y consiguió prácticamente nulos resultados, impidiendo la asimilación de esa población como leales súbditos del reino de España y, por tanto, revelándose como un serio peligro, por su connivencia con las fuerzas musulmanas del norte de África. Todo llegó a su punto culminante cuando, en 1568, los turcos y berberiscos animaron la sublevación de los musulmanes en las Alpujarras, quienes masacraron a numerosos españoles, también a religiosos, y profanaron iglesias. Solo en 1570, Felipe IV, tras ímprobos esfuerzos, consiguió acabar con la rebelión. La idea de las cruzadas fue expandida aún más para proporcionar una justificación religiosa de la conquista del Nuevo Mundo en los siglos XV y XVI.
