Negroni en el Mercat del Lleó: Una Historia de Tradición y Pasión por la Tierra en Girona
Esa idea tan romántica de vivir en el campo, algo que la pandemia ha hecho aflorar con tanta fuerza y sentido en mucha gente, hace ahora 43 años ya fue motivadora para una joven pareja de Barcelona. AlamyLos dos tenían su vida y trabajos en la capital catalana, donde habían nacido y crecido, pero en 1978 se plantearon dejar Barcelona y trasladar su cotidianidad, sus madrugadas y atardeceres de todos los días del año, a un lugar que les parecía maravilloso.
“Un amigo nos trajo un día a Canet d’Adri y nos pareció un lugar precioso. Nos llevó a ver una casa que nos dejó maravillados. Dijimos: nos quedamos aquí”, explica Carlos Parellada. Él, que había estudiado Empresariales, no tenía claro a qué se dedicarían una vez instalados en medio de tanta belleza natural.
“El campo realmente era algo muy romántico para nosotros, que habíamos nacido y crecido en la ciudad. Después nos dimos cuenta que de romántico no tiene nada, pero bueno”. Alamy“Hice de obrero y con un paleta fuimos arreglándola. Tardamos un año en dejarla a punto. Teníamos a la familia horrorizada, porque todas las casas del Valle de Llémena, donde se hallaba su nuevo hogar, estaban abandonadas. Para nosotros aquello era una soledad maravillosa, pero nadie más parecía verlo así. Y mira, aquí llevamos ya 43 años”, dice.
En la tierra la pareja puso sus primeras expectativas laborales en aquel volver a empezar. “Bajábamos al huerto con un libro, porque no teníamos ni idea de todo aquello”, explica Carlos. Pero sus ganas de afianzarse en cultivos con proyección les llevaron a concretar propuestas. Por ejemplo, con habas. “Hoy puedes encontrar sacos de habas en todos los colmados, pero entonces solo las tenían algunos destacados restaurantes”, recuerda la pareja.
Ellos se hicieron con la confianza de restauradores a los que proveían el suministro semanal de habas, escalonias y algún otro producto con el que intentaban, sobre todo, diferenciarse. Montse Olivella y Carlos Parellada, felices en el pueblo.NegroniEn paralelo, Carlos empezó a trabajar como jardinero en la comarca vecina del Alt Empordà.
“Pero me sabía mal dejar a Montse sola con nuestra hija, Carla, y tuvimos la idea de montar un obrador de pasta fresca”, comenta Carlos. Con aquella idea en mente, se fue al consulado italiano en Barcelona, para preguntar si sabían de alguien de quien pudieran aprender a hacer pasta, y les pusieron en contacto con una tienda de productos italianos donde la dueña les enseñó los primeros pasos de aquel arte de hacer masa para pasta fresca, y también les vendió una máquina para elaborar sus primeras producciones. Negroni
A medida que avanzaban en la mejora de sus primeras pruebas, iban pensando en un nombre para bautizar aquella empresa que iba naciendo en sus manos, entre prados y bosques. La llamaron Negroni, un nombre bien italiano que, tal como cuenta la pareja, es el de ese mítico aperitivo italiano a base de ginebra, Campari y vermut rojo. Repartían sus tallarines, espaguetis y lasañas en restaurantes y casas y hace 32 años abrieron un puesto en el mercado del Lleó, en Girona.
Así fue como la actividad productiva, en su obrador, ubicado en una casita a pocos metros de su hogar en el campo, fue aumentando día a día. Hoy preparan toda clase de lasañas inventadas, con espinacas, setas, salsa boloñesa, y sus musakas y canelones de merluza y palangre o de trufa. También elaboran otros platos como el lomo a la sal y croquetas.
Las verduras que siguen creciendo en el huerto quedan cortas para tanta producción. “Cuando recojo los tomates -dice Carlos- pienso en la familia. “Preparamos canelones de calabaza, y vamos tirando de las de nuestro huerto hasta que se acaban”, dicen.
Una vez al mes bajan a repartir pedidos a domicilios de Barcelona, clientes que han ido consolidando a lo largo de los años. Y ahora es Leo, el hijo de Carlos y Montse, quien lleva el negocio. Negroni
“Nuestra hija Carla tenía un mes y medio cuando vinimos a vivir aquí y, con cuatro años, te decía el nombre de todas las plantas. Sus abuelos alucinaban. Y su hermano Leo es un hombre de bosque, siempre han estado súper bien, tienen cultura de campo”, dicen los padres. “Tengo unos recuerdos fantásticos de mi infancia en Canet d’Adri. Vivir rodeada de naturaleza me permitió un aprendizaje y una sensibilidad por las plantas, los animales, el bosque y el río que hoy en día sigo disfrutando, y es una conexión que necesito, por eso vuelvo tan amenudo como puedo a la que todavía considero mi casa”, añade Carla Parellada.
Su padre tenía 26 años cuando estuvo por primera vez en Canet d’Adri, el lugar que lo enamoró. Alamy“La misma sensación que tuve el primer día la tengo cada mañana, 365 días al año, la misma paz, porque aquí no viene nadie, y todo el año, a excepción del ritmo de las estaciones, es lo mismo”, dice Carlos.
“El negocio es pequeño, tenemos dos trabajadores en el obrador. Vivimos de manera sencilla, pero lo más importante sigue siendo poder disfrutar de Canet d’Adri, de su paz y su paisaje”, afirma.
En el entorno en el que viven, se pueden hacer muchas excursiones. Una de ellas lleva hasta la ermita de Rocacorba, un pequeño santuario levantado en el siglo XVIII sobre las ruinas de un antiguo castillo del mismo nombre y del cual hay menciones ya en el año 1130. Las pozas de la fuente de la Torra es otro destino interesante de los alrededores.
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