El impacto de la pandemia: ¿crisis sanitaria o un negocio global?
La pandemia del covid-19, que ya ha dejado más de un millón de personas contagiadas y más de 60.000 muertos, ha transformado el mundo tal como lo conocimos. Y, quizá inevitablemente por su tremendo impacto, ha alimentado una serie de teorías conspirativas. La mayoría de ellas se centra en dos hipótesis: la primera, que el nuevo coronavirus fue creado en un laboratorio chino y esparcido como arma biológica en contra de otras potencias, y la segunda, que ese mismo virus sintético había logrado escapar por la negligencia de los investigadores. Sin embargo, un grupo de científicos acaba de desmentir dichas creencias, estableciendo que el SARS-CoV-2 no es una invención humana, sino producto de la naturaleza y la evolución.
Como si no fuese suficiente con la desolación por el confinamiento, el desasosiego por los nuevos contagios y el duelo por quienes volaron a otro plano a causa de la pandemia, sentimos también una profunda indignación cuando se pone de relieve uno de los más inhumanos antivalores del capitalismo: hacer de la vida y de la salud un negocio.
El papel de la industria farmacéutica y las patentes
Estados Unidos, la Unión Europea y el Reino Unido se oponen a la propuesta de exención de los derechos de propiedad intelectual y patentes de la vacuna contra el covid-19, presentada ante la Organización Mundial del Comercio (OMC). El Acuerdo de los Derechos de Propiedad Intelectual y del Comercio (ADPIC) no es otra cosa sino la creación legal de monopolios en la medida en que conceden a los capitales la exclusividad de la producción y comercialización de un bien.
Lo que realmente otorgan a las empresas farmacéuticas es el poder de decidir quién vive y quién muere. Es un hecho que el financiamiento para la investigación ni siquiera proviene de la propia industria privada. De los US$ 13.900 millones destinados a la investigación de la vacuna contra el covid-19, los gobiernos han proporcionado US$ 8.600 millones, mientras que solo US$ 3.400 millones los han puesto las empresas farmacéuticas privadas.
| Empresa | Financiamiento Público | Ingresos estimados |
|---|---|---|
| Moderna | 100% | US$ 24.000 millones |
| Pfizer/BioNtech | 66% | US$ 23.680 millones |
| Astrazeneca/Oxford | 67% | US$ 19.740 millones |
¿Liberar patentes como solución a la pandemia?
Impacto en el tejido empresarial y la resiliencia
Las experiencias de Alberto, Nerea y Carlos son el reflejo de las distintas aristas del impacto que tuvo el covid en el músculo empresarial. En 2020, se crearon en España 102.000 sociedades menos que en 2019, lo que equivale a una reducción cercana al 25%. Muchas entidades tuvieron que adaptarse: en marzo de 2020, la fábrica de Alberto pasó de elaborar colchones a producir mascarillas quirúrgicas y FFP2, aunque su facturación cayó cuando las mascarillas dejaron de ser obligatorias. Por otro lado, Nerea, propietaria de una panadería en Madrid, tuvo que cambiar toda su forma de trabajar, adaptándose a los pedidos a domicilio ante el colapso de los supermercados.
Carlos, por su parte, gestiona una cafetería-tienda en Burgos, donde tuvieron que extremar precauciones para mantener la actividad esencial. A pesar de la tragedia, el covid-19 ha sido bueno para unos pocos privilegiados; mientras 500 millones de personas se verán abocadas a la pobreza, los 25 multimillonarios más ricos aumentaron su riqueza en 255.000 millones de dólares durante la crisis.
Colaboración y solidaridad frente a la crisis
España se situó como el primer país de Europa en número de ensayos clínicos en marcha con medicamentos frente a la covid-19, implicando a más de 200 hospitales. Paralelamente, plantas de producción adaptaron sus lineales para producir geles desinfectantes, respiradores e impresiones 3D de equipos de protección individual. Otras compañías farmacéuticas ofrecieron su ayuda de la mano de sociedades científicas, realizando donaciones de medicamentos esenciales a centros sanitarios. Trabajadores de las compañías asociadas a Farmaindustria, incluyendo médicos y enfermeras, se ofrecieron como voluntarios en centros sanitarios, hospitales de campaña y laboratorios de análisis, demostrando que, más allá del negocio, existió un esfuerzo colectivo por mitigar el desastre humanitario.
