Ana Vicente: Biografía de una Empresaria Innovadora y su Legado en el Arte
Al final de la tarde, el vestido negro de Ana Vallés está algo polvoriento después de una jornada de idas y venidas por graveras y descampados, de subidas y bajadas a plataformas metálicas, y de ruta por varias naves que no son lo que parecen en un entorno industrial jaspeado.
En La Plana del Corb, cerca de Lleida, con un fondo de olivos y entre el baile robótico de excavadoras y grúas, se despliegan todos los tonos del gris: ceniza, humo, acero, pizarra...
Vallés se ha convertido en una de las emprendedoras más reconocidas de España, al modernizado y diversificar el grupo de empresas que preside y, en paralelo, se ha hecho un nombre en el mundo del arte con la Fundació Sorigué alimentando el fondo pictórico que iniciaron sus tíos, Julio y Fina, y cimentando su proyecto personal.
Planta es una hoja de ruta que huye de los convencionalismos y lleva el arte a la fábrica.
“Durante un tiempo -recuerda Vallés- planteamos una colección tradicional con una ubicación, almacén, espacio pedagógico, cafetería… Y entonces pensamos que igual la colección podía ayudar al negocio desde su epicentro, aunque su entorno fuera inhóspito.
Con Planta hemos desaprendido algunas reglas del juego para que el arte esté al servicio del público.
Diseminados entre las plantas asfálticas, los talleres y los almacenes de dovelas (piezas que forman túneles y canalizaciones gigantes), se alzan nuevas construcciones que además de pabellón de arte son un escaparate de los materiales de construcción de nueva generación.
“El entramado finísimo de hilo y aire y vacío contrasta con la dureza de las piedras, que son el origen del nuestro trabajo y el del universo y de nosotros, polvo de estrellas”, cuenta la presidenta de Sorigué.
“La altura te hace sentir pequeño.
Invariablemente todo el mundo en el espacio Shiota habla en un murmullo, como quien adora a una santo en una capilla.
La siguiente es más bien una catedral industrial.
El proyecto inicial de Planta fue la sala dedicada al gran artista alemán Anselm Kiefer, pero la que le dio un impulso definitivo fue la que se abre paso, con sus luces y sus sombras, es la que se atisba al abrir el portón.
El 1 de junio de 2001 el escultor Juan Muñoz inauguró Double Bind, la primera instalación ideada para ocupar el espacio de la Turbine Hall de la Tate Modern de Londres.
Resultó ser su última obra.
Su testamento.
Muñoz murió el 28 de agosto de ese año.
La obra acabó viajando parcialmente a otros museos, como el Hangar Bicocca de Milán.
“Un amigo nos dijo que después de Milán volvería a las cajas, surgió la oportunidad e hicimos para que Cristina Iglesias, la viuda de Juan, viniera a Planta.
Nos ayudó y nos presta la obra cinco años”, recuerda Vallés, mientras recorre las alturas de una instalación dantesca en la que los ascensores van del cielo, al limbo y al infierno.
Ana Vallés es presidenta del grupo de empresas Sorigué, que en su último ejercicio facturó más de 600 millones de euro y que emplea a unas 4.000 personas.
A la vez, también es presidenta la fundación que lleva el apellido de sus tíos Julio y Fina Sorigué, de los que la empresaria siempre habla con devoción.
Vallés no no sólo ha seguido ampliando la colección que iniciaron éstos sino que ha dado un paso (o dos) más allá con el proyecto Planta.
Inicios y Pasión por el Arte
¿De dónde nació su pasión por el arte?
"En los años que viví en València fui mucho al IVAM y a la colección de Bancaixa.
La sensibilidad la tengo de siempre.
Mis padres me llevaban a exposiciones, estuve viviendo con mis tíos muchos años y su colección de arte del siglo XIX de alguna manera interactué visitando colecciones y subastas y en mi época de estudiante, cuando Vicente Todolí era director, era uno de los espacios más interesantes en España.
Ahí entré en el arte contemporáneo.
Vicente fue para mí un mentor secreto", recuerda.
El silencio reverencial continúa en el pabellón Kiefer, un tríptico que habla de agua, de tierra y de constelaciones, idea que conecta con el universo tejido por Shiharu Chiota.
“A veces coleccionas a gente que en su momento no era conocida.
Perseguimos la excelencia.
Eso coincide, en muchos casos, con los nombres conocidos.
Hay nombres célebres que no tienen esa excelencia y no están en la colección.
A veces intuyes que sí está, en cambio, en figuras que no suenan tanto.
El de coleccionar arte es un juego serio.
Hay quien opta por la paciencia del ajedrez.
Hay quien pesca en río revuelto, cuando todo se tuerce, como en las posturas del Enredos.
Quien opta por la técnicas de conquista del Risk o el placer monetario del “lo he conseguido” del Monopoly.
“En todo caso, la paciencia honestamente nunca ha existido (risas) porque es una colección que ha crecido rápidamente.
Y nunca hemos accedido a una obra por cuestiones económicas, nunca hemos jugado a eso.
Si tuviéramos que elegir un juego, sería uno en el que te van poniendo pistas.
Desafíos y Futuro
¿Cuáles son sus armas de mujer?
“Ser empresaria sigue siendo difícil y más en un sector como este, pero he aprendido a escuchar, a ser ambiciosa en el buen sentido y valiente.
Aún quedan visitas, como las cabezas de los bebés gigantes de Antonio López.
¿El próximo pabellón?
“Este es un proyecto en evolución constante, seguirá transformándose.
Mientras recorre el recinto con su coche, último recorrido, sale a colación el nombre de Wim Wenders.
La Fundació Sorigué fue la primera en exponer en España la obra fotográfica del cineasta alemán.
El director tendrá que volver.
Por suerte, Ana Vallés no tiene tanto polvo en el vestido como Travis, el personaje que encarna Harry Dean Stanton en aquella película.
Pero aún así… la presidenta y coleccionista tiene la firma de un convenio.
Desaparece un momento y regresa a escena con el mismo vestido negro casi casi perfecto.
Ana de Armas, actriz cubana.
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