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Comunicación

La Inspiración y la Arquitectura Verbal en la Obra de Octavio Paz

by Admin on 26/05/2026

Octavio Paz (1914-1998) fue un poeta y ensayista mexicano galardonado con el Premio Nobel, cuya extensa obra explora las profundidades de la inspiración, la creación poética y la reflexión sobre el lenguaje y el ser. Su legado literario está regido por una fidelidad a sí mismo, donde sus constantes cambios expresan la continuidad y la lógica interna de una obra en perpetua reescritura.

La Naturaleza Elusiva de la Inspiración Poética

Octavio Paz escribió muchas páginas luminosas sobre el fenómeno de la inspiración en obras como El arco y la lira, Corriente alterna y otros libros. La inspiración es algo que nos ocurre, que nos pasa, que nos es dado: no es voluntaria. Es un arrebato o, en el sentido etimológico, un entusiasmo: algo que nos rapta, que se apodera de nosotros y habla con nuestra boca.

Algunos recordarán la frase de Balzac: “La inspiración es trabajo”. Esta afirmación no contradice lo anterior. La inspiración no depende de nuestra voluntad, pero cuenta con ella. Debemos ponernos en disposición para recibirla. Un poeta que no se sienta a la mesa, o que no se ha sentado ya ante ella, o que no va a sentarse, no es digno de la inspiración.

Un poeta romántico alemán, Novalis, cuyas obras fueron muy importantes para Octavio Paz durante su etapa de formación, lo dijo de este modo: “Hay que ser dignos de aquello que amamos”. Sabemos lo que es el trabajo de un poeta: hacer versos, crear música con las palabras, crear visiones con la música, darnos el mundo con sus visiones. ¿Qué es el amor de un poeta? Algunos habrán leído La llama doble, uno de los últimos libros de Octavio Paz, que intenta responder esta pregunta, pero aun los que no lo hayan hecho estarán de acuerdo en que el amor es, ante todo, una iluminación.

Octavio Paz eleva un canto a las gracias cotidianas, a estar en el aquí y el ahora, plenitud de la experiencia humana. La poesía se revela al poeta como una amante frente a la que su alma se desnuda o, por qué no, como una madre nutricia que sustenta al poeta. La poesía es una relación. En los ojos de la amada el poeta encuentra el mundo. Para el poeta, el cielo representa un libro lleno de signos indescifrables.

La poesía se revela al poeta como una amante frente a la que su alma se desnuda o, por qué no, como una madre nutricia que sustenta al poeta. La poesía es una relación. En los ojos de la amada el poeta encuentra el mundo. Para el poeta, el cielo representa un libro lleno de signos indescifrables. El erotismo vuelve a hacerse presente en Octavio Paz. Esta vez, su aproximación es sensorial más que contemplativa. Paz vuelve otra vez a la autorreflexividad estética, a la cuestión del hacer poético y a la materia de su creación: el lenguaje, esta vez imagen de sonoridad, de aire vibrante. El lenguaje se representa como naturaleza viva. Una vez más, el hacer poético se hace tema de la poesía de Octavio Paz. Esta vez, ha dedicado el poema a Roman Jakobson, lingüista y crítico literario, ampliamente conocido por su estudio de las funciones del lenguaje. Una de ellas es, precisamente, la función poética.

La Vocación y el Aprendizaje: Un Llamado Interior

En todas las vocaciones intervienen dos elementos: el llamado y el aprendizaje. El llamado es interior y puede ser instantáneo o paulatino; apenas se manifiesta, deja de ser una revelación, es decir, el descubrimiento de una afición oculta, para convertirse en una imperiosa invitación a hacer. La palabra central, el corazón del llamado, no es el conocer sino el hacer. Es un hacer inseparable de nuestro ser más íntimo: el pintor pinta porque cree, y en parte es verdad, que solo en y por la pintura llegará a ser lo que es; pintar es su destino y sin la pintura él no tendría existencia real, sería una sombra de sí mismo.

La vocación nos llama a ser lo que somos a través de algo distinto de lo que somos: obras, objetos, ideas, actos. Lo interior se transforma en lo exterior. La vocación nos dice: tú eres lo que haces. De ahí que en todos los oficios y las artes lo ideal sea la objetividad. El hombre, decía Aristóteles, es imitador por naturaleza y el aprendizaje comienza con la imitación. Sin ella, serían inexplicables todas las vocaciones, pues ¿de dónde viene el llamado sino de un movimiento anímico que nos lleva a emular e imitar al que admiramos? La admiración nace de la capacidad maravillosa de asombrarse. Es un sentimiento frecuente en la infancia y en la adolescencia.

Una obra o una persona nos inspira asombro y, si ese sentimiento es profundo, algo más pleno: adhesión. Nos identificamos con aquello que admiramos y entonces brota el deseo de imitación. Por la imitación nos apropiamos de los secretos del hacer. El llamado nos invita a hacer; la imitación nos enseña cómo hacer. Guía a veces pérfida y que puede convertirnos en repetidores sin originalidad. Del mismo modo que el hacedor debe desaparecer, así sea parcialmente, en lo que hace, el imitador debe saltar y penetrar en el territorio desconocido de la invención. Pero para llegar a ese territorio debe pasar por la imitación. Su aliado en esa exploración de lo desconocido es justamente lo que ha aprendido en sus imitaciones; si ha sido capaz de dominarlas, está listo para dar el salto.

En el caso de Octavio Paz, bastará con decir que, niño todavía, conoció la atracción por las palabras; le parecían talismanes capaces de crear realidades insólitas. Al llegar a la adolescencia, la fascinación ante el lenguaje se convirtió en tentación: quiso escribir poemas en los que cada palabra y cada sílaba tuviesen un color y una resonancia capaces de recrear estados anímicos -emociones, sentimientos, sensaciones, ensoñaciones- que de otra manera eran inexpresables. Escribir poesía fue un rito secreto, ejercido a espaldas de los adultos o en su contra. Ingenua temeridad: sus versos no eran sino líneas inánimes y era desoladora la distancia entre ellas y la emoción que experimentaba al escribirlas. El rito, colindante con el sacramento y la blasfemia (la poesía le parecía una actividad fuera de la ley) se resolvía invariablemente en lugares comunes.

La Influencia Familiar y la Búsqueda de la Modernidad

Sus primeras admiraciones están asociadas al mundo que rodeó su infancia y su adolescencia: la biblioteca familiar y el culto a las letras. El patriarca de su familia, su abuelo Ireneo Paz, era un escritor y periodista, autor de novelas, leyendas históricas, obras de teatro, poemas e innumerables artículos políticos y de actualidad. Algunos de sus sonetos son memorables. Octavio Paz admiraba a su abuelo, pero también, y aún más, a sus admiraciones: Cervantes, Quevedo, Pérez Galdós, algunos poetas modernistas mexicanos como Gutiérrez Nájera y Díaz Mirón, los historiadores del México antiguo y varios clásicos y modernos. Otra influencia importante fue su tía Amalia, gran lectora de literatura francesa y devota de Balzac. Las admiraciones de ambos fueron sus admiraciones, aunque muy pronto tuvo otras y muy distintas.

Fue un lector desordenado y ávido; devoraba novelas y libros de historia; en cambio, leía lentamente los libros de poesía, releyendo los poemas que le impresionaban: quería aprender. Sus lecturas le revelaron que ignoraba los rudimentos del arte poético. Para remediar esta falla, quizás debería haber acudido a sus maestros de literatura, ya que para entonces cursaba los primeros años del bachillerato. Prefirió hacer las pesquisas por sí mismo. Por azar, descubrió en un estante un pequeño libro: el tratado de retórica y poética del sevillano Narciso Campillo. Lo leyó y releyó. No comulgaba con la estética neoclásica del autor, pero sus lecciones y, sobre todo, sus ejemplos, tomados de los clásicos, le llevaron por el buen camino. Supo lo que eran un endecasílabo y una sinalefa, cómo se componía un soneto, las diferencias entre la rima consonante y la asonante y, en fin, las formas principales de nuestro verso: el romance, la seguidilla, el villancico, los tercetos, la octava real y todas las otras. Desde entonces el interés por la prosodia española no le abandonó: la poesía es ante todo una construcción rítmica y ni siquiera el llamado verso libre escapa a la ley del ritmo.

Lo Mejor de Octavio Paz - Antología Poética | Vol. 1

En cuanto a sus modelos: descubrió a los clásicos, se enamoraron de los modernistas hispanoamericanos y de ellos saltó a los poetas contemporáneos de España y de América. Fue un lector fiel de las revistas literarias de esos días: en España, de la de Occidente y, más tarde, de Cruz y Raya; en América, de la argentina Sur y de Contemporáneos en México. Quería ser un poeta moderno y ellas fueron, para él, la fuente de la modernidad intelectual, estética y poética.

El Soneto: Reflexión y Aspiración a la Eternidad

De entre toda la diversidad de la poesía en verso cabe destacar el soneto, una forma única por su solidez y belleza. Si hubiera que destacar una sola forma poética de la literatura occidental, elegiríamos el soneto. ¿Por qué el soneto? ¿Qué tiene para ser inagotable? ¿Por qué es tan puramente poético? Para dar respuesta a estas preguntas, partiremos de una consideración básica: el romance narra, el soneto reflexiona y las liras combinan narración con descripción o reflexión. “El soneto reflexiona”, esas palabras suponen asomarse a un abismo de conocimiento en Teoría de la Literatura, o más concretamente, de teoría de los géneros literarios.

Kurt Spang (2011: 59) mencionaba la “predilección por la instantánea” como rasgo de lo lírico. En una descripción, aunque pueda ser en parte dinámica, se va a capturar un momento muy breve o una imagen estática, como ocurre muchas veces en pintura. Esto, de nuevo, se ajusta a la evasión del fluir temporal. Pero, ¿qué tiene esta idea de tan importante? El soneto no es simplemente una estructura que supere o domine al fluir temporal, como un puente cuyos pilares abren las aguas de un río, sino que, en su afán de capturar la “instantánea”, aspira a la eternidad. Esto, la aspiración a la eternidad mediante la captura de una idea, es el mayor reto del poeta, el cual podrá lograr que sus pensamientos trasciendan el tiempo y la muerte.

Características de la Lírica y el Endecasílabo

Kurt Spang (2011: 62-65) realiza una división entre “dos líricas”, cuyas características resumimos, y que nos irán conduciendo a la naturaleza del soneto:

Lírica Cancioneril o Sociable Lírica Monológica e Intimista
Manifestación más antigua del género, que nace de la costumbre de cantar o acompañar de música ciertas actividades colectivas. Presupone una concepción del mundo más individualista y subjetivista, con una necesidad de autoafirmación y emancipación de lo convencional, con un afán de originalidad muy renovadora.
Marcado carácter oral, de recepción auditiva. El tema prioritario es el amor, pero también se presentan otros temas como el trabajo, el culto religioso, las fiestas, temas burlescos, etc. Crece la importancia de lo visual ya que esta poesía es para ser leída, en silencio, en las páginas de un libro.
Lenguaje sencillo en léxico y sintaxis, breve. Abundan recursos de insistencia como la repetición y el estribillo. Función socializante. El lenguaje puede ser desde más o menos convencional hasta el que acogería osadas innovaciones lingüísticas. La métrica es enormemente variada.
A este tipo de poesía se adscribe el soneto y todas las formas estróficas con endecasílabos.

Para hablar del endecasílabo, verso de arte mayor, hay que hablar primero del verso de arte menor, porque los versos largos surgen precisamente para contrastar o diferenciarse de los cortos. El verso de arte menor es pionero en las andaduras de la lírica en su sentido etimológico, de ‘lira’, de poesía adaptada al canto que, en su estado primigenio, trata fundamentalmente de amor. En palabras de Estébanez Calderón (2002: 625), la lírica es “el género caracterizado por ser el cauce de expresión de la subjetividad del ser humano; de sus sentimientos y emociones al observarse a sí mismo y al contemplar el mundo en el que está inmerso”.

Octavio Paz y la Crítica del Lenguaje

No extraña que Octavio Paz haya escrito alguna vez que preguntar qué es algo es, en realidad, preguntar por su nombre. Este es el magnífico trabajo del poeta: nombrar aquella realidad presente, pero evaporada. Darle nombre es darle cuerpo, devolverle su estatuto trascendente, es hacerla existir plenamente. El poeta representa las palabras como materia misma, sujetas a la plasticidad, a la encarnación, a la manipulación y a la creación.

Casi al mismo tiempo que la poesía, Octavio Paz comenzó a escribir cuentos. Tendría unos 15 años y sus primeras tentativas fueron un eco de sus lecturas infantiles: los libros y cuadernos de aventuras, de Buffalo Bill a Robinson Crusoe y de Las mil y una noches a los cuentecillos que publicaba la editorial Calleja y que podían comprarse por unos pocos centavos. Más tarde escribió otros cuentos, con mayores pretensiones literarias y con temas urbanos que le parecían insólitos, como las confidencias de una esquina a un farol. También pequeños textos: algunos eran monólogos líricos y otros descaradamente sexuales. Aunque desde el principio se inclinó por la poesía, siguió leyendo novelas. No le dejaba la tentación de escribir una. Al fin, en 1942, se decidió. Comenzó con entusiasmo, siguió durante algunos meses y llegó a unas 200 páginas pero no logró terminarla. Su única novela quedó en borrador informe.

Esta actitud, mitad fervor y mitad desidia, contrasta con su apasionado y continuo interés en el ensayo, las reflexiones y la crítica. Desde su adolescencia le interesó sobremanera la historia, la universal y la de México. Leyó a varios clásicos griegos y latinos; también a otros grandes historiadores. La historia le llevó a la filosofía, a la antropología, a la crítica literaria y a la artística. Pero probablemente no habría escrito gran parte de los textos recogidos en este volumen, si no hubiese sido porque muy joven comenzó a colaborar en revistas literarias. Varias de ellas fueron fundadas por él y otros pocos amigos. La primera fue Barandal; apareció en 1931 y tenía 17 años; ahí publicó su primer artículo sobre temas poéticos. Las otras revistas fueron Cuadernos del Valle de México (1933) y Taller (1938).

La Modernidad Polémica y la Influencia de Nietzsche

Octavio Paz también colaboró con frecuencia, a pesar de que no pertenecía al consejo de redacción, en Letras de México y un poco más tarde en Sur. Casi todos los textos de esa época fueron escritos para defender una idea o una tendencia, exaltar a algún amigo o compañero, censurar o combatir lo que les parecía, a sus amigos y a él, literatura académica o contagiada por el nacionalismo ramplón, rampante en esos días. A pesar de que sus ideas le inclinaban hacia la izquierda radical, después de un corto periodo de simpatía por esas posiciones, se opuso al llamado “realismo socialista”. La literatura viva, la que se escribía en esos años, sobre todo por los jóvenes, fue el tema de la mayoría de sus artículos y notas.

Subrayó que esos textos pertenecen no tanto a la literatura mexicana como a la historia de los gustos, opiniones e ideas que prevalecían entre los jóvenes, en México y en esos años. Era literatura partidaria, como quería Baudelaire. La modernidad, decía, es polémica, es una negación del clasicismo y esa negación debe aparecer en la crítica. Sus opiniones y posiciones se han vuelto humo; sin embargo, no se arrepintió de haberlas expuesto, no por las ideas que sostenía sino por su denuedo en defender posiciones que entonces eran minoritarias. Otra razón para no desechar enteramente esos escritos: arrojan un poco de luz sobre esos tiempos y muy especialmente acerca de un asunto que todavía interesa a los estudiosos: las relaciones entre los jóvenes escritores españoles desterrados en México y los mexicanos.

Una de las revistas que mencionó más arriba, Taller, fue un punto de reunión; en sus páginas colaboraron casi todos los jóvenes que habían hecho, durante la guerra civil, Hora de España. Aparte de esta literatura militante, por naturaleza destinada a perecer, Octavio Paz declaró sin falsa modestia que aún le gustaban algunos textos, retratos de artistas y prosas breves. También sentía cierta ternura ante su primer ensayo: “Distancia y cercanía de Marcel Proust”. Lo escribió deslumbrado y aterrado por los primeros volúmenes de À la recherche, leídos en la traducción de Salinas y publicados en esos días. Le impresionó sobremanera Un amor de Swann.

La presencia de Nietzsche es abrumadora y no solo en el aspecto estilístico: la huella del “filósofo de la vida” se aprecia en la apasionada denuncia del aplastamiento de los instintos vitales por las abstracciones sistemáticas de la razón y la moral, en la proclamación, como valores supremos, de la energía heroica, de la experiencia instantánea, de la verdad existencial que se contradice eternamente para ser fiel a sí misma y para no petrificarse en rígidas convenciones. Hay, sobre todo, una divinización de la vida sensorial y una certeza de que toda convención social mata lo inconmensurable de la experiencia vital. Como la realidad última es inefable, más allá de toda conceptualización o verbalización, el lenguaje metafórico del arte solo sugiere.

Pasado en Claro: Memoria y Metamorfosis

El nueve de septiembre de 1974, a los sesenta años, Octavio Paz empezó a escribir en México un largo poema que habría de terminar en Cambridge, Massachusetts, tres meses y dieciocho días después: Pasado en claro. El título tiene dos sentidos complementarios. Podemos leer la palabra pasado como el participio pasado del verbo pasar. Se pasa en claro, o en limpio, un escrito con enmendaduras que se transcribe para llegar a una versión definitiva. Pero pasado también es un sustantivo: lo pasado es lo ocurrido, el pasado es lo que nos ha ocurrido.

Octavio Paz escribió Pasado en claro a los sesenta años, al iniciar una vejez que duraría hasta sus ochenta y cuatro. Los últimos años le darían al poeta una nueva juventud, alimentada entre otras cosas por el recuerdo, la nostalgia y la crítica de la primera juventud. Los que hayan leído ese poema recordarán un pasaje en el que, a la mitad de una serie de recuerdos, el poeta se pregunta por la naturaleza de la memoria. “Nubes y nubes, fantasmal galope de las nubes sobre las crestas de mi memoria”. La memoria, fuente de la inspiración, no es aquí agua que mana sino agua evaporada, que cobra formas cambiantes en el aire. La memoria del viejo es un paisaje nublado. Los sueños del adolescente son un paisaje de nubes. Un hombre, disminuido, se inclina ante el papel y ve fugarse en lentas metamorfosis el mundo que recuerda; otro, aún menos que un hombre, alza la vista y ve en las nubes cambiantes la premonición del mundo que anhela. Esos dos hombres son el mismo. Los dos son Octavio Paz, que siempre fue fiel a esa imagen de sí mismo: la del que ve las formas cambiantes de las nubes. Elías Canetti escribió que el poeta es “el guardián de las metamorfosis”.

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