El Liderazgo de Jesús en el Contexto Político de su Época y su Impacto Duradero
La figura de Jesús de Nazaret, si bien primordialmente religiosa, no puede entenderse plenamente sin considerar el complejo entramado político y social en el que desarrolló su ministerio. Sus enseñanzas y acciones tuvieron implicaciones directas en la estructura de poder de su tiempo, desafiando a las autoridades religiosas y civiles y redefiniendo el concepto de liderazgo y reino.
El Marco Histórico y Sociopolítico de Israel
La historia de Israel, antes de la llegada de Jesús, estuvo marcada por profundas divisiones y dominaciones extranjeras. El Reino se dividió en dos: la parte norte, que adoptó el nombre de Israel, y el Sur, con sus dos tribus, que adoptó el nombre de Judá con capital en Jerusalén. Esto significó una debilidad política, con dos Estados. El norte creó una religión adaptada al Estado, que se llamó Samaria. En el siglo VIII a.C., el norte fue invadido e incorporado a Asiria, y en el siglo VI a.C., el sur cayó por los Caldeos o Babilonios. Esto marcó el comienzo de la deportación del sur, mientras que el norte se disolvió con otros pueblos. El sur fue deportado a Babilonia, llevando consigo la legitimidad del pueblo de Israel, y así nació el judaísmo como tal. Posteriormente, los persas ocuparon Babilonia, y el Rey Ciro devolvió la libertad a los judíos, quienes regresaron a su tierra para construir el Templo destruido.
En tiempos de Jesús, existía el Templo y el sacerdocio, pero faltaba el Rey, siendo la región una provincia del vasto Imperio Romano. La concepción sacral del mundo en Israel se reflejaba en la estructura del Templo, que iba excluyendo a las personas de su acceso al espacio sagrado. El Templo se describía de la siguiente forma, desde la cavidad del Sancta Sanctorum hacia el resto del mundo:
- Sancta Sanctorum
- Sancta
- Templo
- Atrio de las mujeres
- Atrio de los gentiles
- Ciudad Santa (Jerusalén)
- Tierra Santa (Israel)
- Resto del mundo
El día del Yom Kippur, únicamente se producía el acceso del sacerdote al espacio más sagrado (el Sancta Sanctorum).
Los Grupos Políticos-Religiosos Dominantes
La sociedad judía del siglo I estaba fragmentada en diversas facciones político-religiosas, cada una con su propia visión sobre la relación con Roma y el futuro de Israel:
- Los saduceos: Eran la aristocracia sacerdotal, controlaban el Templo y el poder sacral. Estas familias representaban el control del Templo como centro comercial y financiero. Había que cambiar las monedas en el Templo, al no estar permitidas por la Torá las monedas con representación humana. Se sacrificaban los animales y se vendían. Era un monopolio de las familias sacerdotales, quienes con este dinero compraban latifundios y colaboraban con el poder político romano. Los saduceos eran, por tanto, colaboracionistas de los romanos, quienes solo mantuvieron la base de recaudar, es decir, la Hacienda y el poder militar.
- Los fariseos: No eran de la casta sacerdotal; eran laicos y se ocupaban de la enseñanza de la Torá, siendo maestros. El lugar de la enseñanza era la Sinagoga. Los fariseos se preocupaban por la pureza ritual y la observancia estricta de la Ley.
- Los esenios: Se apartaban de la sociedad y hacían una vida aparte. Esperaban un Mesías y vivían fuera de las ciudades, en cuevas donde se interpretaba la Biblia; eran una secta. Radicales en cuanto al rechazo al Templo y a las autoridades, con sus extremismos, prefirieron alejarse de las confrontaciones, fundando comunidades cerradas y esperando que las soluciones vinieran literalmente caídas del Cielo.
- Los zelotes: Eran los que a través de la violencia querían expulsar a los romanos, siendo descendientes de los macabeos. Llevaban a cabo una lucha armada por la independencia de Israel.
Esta tabla resume los principales grupos político-religiosos en tiempos de Jesús y su postura:
| Grupo | Descripción General | Relación con el Poder Romano | Método de Acción |
|---|---|---|---|
| Saduceos | Aristocracia sacerdotal, controlaban el Templo y su economía. | Colaboracionistas, mantenían el statu quo. | Control institucional y económico. |
| Fariseos | Laicos, maestros de la Torá, énfasis en la Ley y pureza. | Oposición religiosa moderada, buscaban influencia popular. | Enseñanza, observancia de la Ley. |
| Esenios | Comunidades ascéticas, apartadas, esperaban un Mesías. | Rechazo al Templo y autoridades, abstencionismo político. | Vida separada, interpretación de las escrituras. |
| Zelotes | Nacionalistas, buscaban la liberación de Roma por la fuerza. | Oposición violenta al Imperio Romano. | Resistencia armada, revueltas. |
A este complejo panorama se sumó la figura de Juan el Bautista, cuya prédica era síntesis de dos tradiciones: creía, igual que los esenios, en la irrupción de huestes divinas, pero fue, a la vez, continuador del viejo profetismo, pronto a condenar a los gobernantes y a las injusticias sociales. Fue un agitador, que se dirigió a las masas y pronto tuvo miles de seguidores, anunciando que el hacha estaba lista para talar a los que estaban en eminencia.
La Postura de Jesús frente al Poder Terrenal
Cierto día del año 32 de nuestra era, miles de personas se hallaban reunidas al atardecer escuchando a Jesús. Al ver su poder para hacer milagros, su capacidad de liderazgo y su interés en el bienestar de las personas, llegaron a la conclusión de que Jesús sería un rey ideal. Empezaron a presionar a Jesús para que participara en la política de su tiempo. Sin embargo, el relato bíblico explica: “Sabiendo que estaban a punto de venir y prenderlo para hacerlo rey, se retiró otra vez a la montaña, él solo” (Juan 6:15). Sus actos hablaron por él: era obvio que no tenía ninguna intención de intervenir en la política del país, y su posición jamás fue negociable. De hecho, dejó claro que sus discípulos tenían que adoptar la misma actitud (Juan 17:16). Él mismo afirmó a un dirigente: “Mi reino no es parte de este mundo” (Juan 18:36).
La obediencia radical de Jesús a la voluntad divina, que se asienta en su íntima comunión con Dios y en la espera de su Reino y su justicia, no se acomoda ni a la perspectiva de los grupos que defendían el orden establecido en Palestina, ni a la de los que combatían por la violencia. Jesús de Nazaret no puede ser encuadrado en ninguno de los principales movimientos de su tiempo. En el mundo en que se movía Jesús -la sociedad teocrática de Israel, donde lo religioso y lo político aparecían íntimamente fusionados- el problema era más grave y difícil.
La condenación jurídica de Jesús no fue decretada por los judíos, sino por los romanos, que solo se preocupaban de la actitud política de la gente. En Getsemaní, fue la cohorte romana -y no los judíos- la que apresó a Jesús. En los Evangelios se ve con claridad que Jesús elude los movimientos populares que suscita con su acción, sobre todo cuando el pueblo trata de hacerlo rey (Juan 6:15) y los zelotes perciben que no quiere adherirse a su partido ni hacer causa común con ellos. Jesús se atribuye a sí mismo la profecía de Isaías, que presenta al Mesías como al siervo de Jahvé, como un varón de dolores, y considera como la tentación capital de su vida la de erigirse como líder político. Esto queda sugerido en el episodio misterioso de las tentaciones en el desierto. A la proposición del demonio de constituirlo en rey y señor del mundo, Jesús contesta: “Apártate, Satán” (Mateo 4:10). Y se resiste a ser llamado Mesías, prefiriendo designarse a sí mismo como Hijo del Hombre.
Desacralizando el Poder Terrenal: El César y Dios
En una ocasión, mientras Jesús enseñaba en el templo, sus adversarios intentaron ponerlo entre la espada y la pared preguntándole si había que pagar cierto impuesto. Su magistral respuesta fue un prodigio de equilibrio: “Paguen a César las cosas de César, pero a Dios las cosas de Dios” (Lucas 20:21-25). Al pedir una moneda y contemplar lo que estaba grabado en ella, viendo la imagen del César, Jesús desacralizó la figura del emperador. Con esta respuesta, Jesús deja muy claro que el César no es Dios, ya que se deja grabar en una efigie. De este modo, al devolverla, desacralizó al emperador romano, quitándole fundamento a la teocracia, y ganándose con ello, la muerte. La idea y la realidad de un César es algo grandioso y poderoso, pero tan pronto como colocamos a Dios al lado de este gobernante terrenal, la estatura de César se pone en perspectiva de manera inmediata y radical. César será como todos los demás; los reinos terrenales se derrumbarán y las estatuas se erosionarán. Su verdadero significado es que reflejan el gobierno mayor de Dios.
Los gobiernos mantienen el orden público, exigen con todo derecho que los ciudadanos sean honrados, paguen impuestos y acaten las leyes. El mismo Jesús dio un buen ejemplo y pagó “a César las cosas de César”. Su familia le había enseñado a cumplir las leyes aun cuando estas fueran en contra de su conveniencia personal. Por ejemplo, a fin de inscribirse en un censo decretado por el gobierno romano, José y María habían viajado unos 150 kilómetros hasta Belén, y eso que ella estaba embarazada (Lucas 2:1-5). Del mismo modo, Jesús respetó todas las leyes, hasta el punto de pagar un impuesto que, siendo estrictos, no tenía por qué pagar (Mateo 17:24-27). Igualmente, tuvo cuidado de no excederse en su autoridad tomando decisiones en asuntos civiles que no le correspondían (Lucas 12:13, 14).
La lección más importante que Jesús dio sobre la ley es: “‘Tienes que amar a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente’. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo, semejante a él, es este: ‘Tienes que amar a tu prójimo como a ti mismo’” (Mateo 22:37-39). No es posible ser leal a Jehová y a su gobierno celestial y, al mismo tiempo, ser leal a un gobierno humano. Jesús mismo lo explicó: “Nadie puede servir como esclavo a dos amos; porque u odiará al uno y amará al otro, o se apegará al uno y despreciará al otro” (Mateo 6:24).
Todo pueblo tiene el gobierno que se merece
La Lucha de Jesús Contra los Poderes Establecidos
Aunque Jesús no buscó el poder político terrenal, sus acciones y enseñanzas fueron profundamente subversivas para el orden establecido de su tiempo.
- Contra el Poder Religioso: El ataque de Jesús a los cambistas y a los que vendían en el Templo fue un acto subversivo del orden político, económico y religioso. Esto basta para poder explicar la persecución y muerte de Jesús, su oposición a los saduceos y a los romanos. Jesús combatió también la Ley del sábado (Lc. 13, 3-17), que conculcó sistemáticamente por la inhumanidad que suponía y por lo cual se hacía “reo de muerte”.
- Contra el Poder Social: Habitando en Galilea de los gentiles (Mt 4,15), al margen geográfico de lo judío, Jesús rompía leyes y costumbres judías. Lo acompañaban mujeres -lo cual era mal visto-. Jesús no era casado, y eso constituía un desprestigio en la cultura judía, por lo que se ganó el insulto de “eunuco” (Mt 19,12). Habló en contra del poder patriarcal absoluto de la familia, instando a dejar esa estructura (Lc 14, 26). La visión religiosa de los fariseos excluía a muchas personas de su relación con Dios, los marginaba, no los consideraba dignos, les asignaba una participación menor de los bienes sociales, como gentiles, mujeres, colaboracionistas con Roma, publicanos, niños que no sabían leer, los enfermos, etc. Jesús se acercaba precisamente a estas categorías excluidas. Sus curaciones, en su mayoría, fueron con gente no judía; de los leprosos que sanó, solo agradeció el que no era judío, y curó al subordinado del Centurión, que era obviamente romano.
- Contra el Poder Económico: Derribó las mesas de los recaudadores de impuestos en el Templo y sacó a esos “banqueros” a latigazos. Estigmatizó sin piedad a los ricos y predicó con inusitada violencia contra la injusticia social.
- Contra el Poder Político: Los líderes religiosos comentaban que Jesús “alborotaba al pueblo” (Lc 23,2). Su esperanza escatológica, es decir, de la realización plena del Reino fuera del tiempo, llevó a Jesús a una actitud agudamente crítica frente al poder romano que lo hizo aparecer como zelota.
Jesús muere por enfrentarse a los cuatro grupos políticos más poderosos de su tiempo: saduceos, fariseos, esenios y zelotes. No muere como un héroe religioso, sino como un rebelde político. Su principal actividad fue curar corazones librándolos del mal (Mt 11,28) y ofreciendo el perdón (Jn 8,10). Su alegría fundamental era la comensalía, fomentando comidas con amigos y amigas, lo que constituía un gran símbolo de su proyecto del Reino. Su estrategia fue crear seguidoras y seguidores en varios núcleos: los apóstoles y numerosos discípulos que andaban con él y lo acompañaron siempre, sobre todo algunos de ellos y ellas, hasta la cruz.
La transgresión permanente de Jesús fue la prueba de su poder, pues ningún pensador justificaría estrategias basadas en la transgresión porque no hay teoría política que la sostenga. Sin embargo, a lo largo de la historia todos los cambios han sido producidos por un liderazgo que ha roto con las normas establecidas, y Jesús fue un transgresor de las normas de su época. Él se enfrentó a los poderes desde una nueva forma de entender la revolución, que no es ni más ni menos que la ruptura con el orden establecido.
El Legado de Jesús y el Compromiso Cristiano
Cuando Jesús muere proclamado Mesías por sus seguidores, el Templo es destruido por los romanos en el año 70, y en el año 135 Jerusalén es arrasada para evitar las revueltas. Surgen dos religiones: judaísmo y cristianismo, aunque con un tronco común desde Abraham. Para los judíos, Jesús no es el Mesías. El judaísmo se vuelve fariseo porque el Templo desaparece y con él, el partido saduceo; los esenios y zelotes son ejecutados. Se convierte en una religión sin Templo, solo queda el muro occidental (de las lamentaciones), y se define por la Sinagoga y la Torá.
La relación entre fe cristiana y compromiso político es el tema número uno de la reflexión teológica contemporánea. Desde el Concilio Vaticano II y la Encíclica Populorum Progressio de Pablo VI, la Iglesia ha exhortado a los cristianos a comprometerse en la creación de una sociedad nueva y a ampliar el campo del compromiso solidario al mundo entero. No basta ya luchar para que desaparezcan los individuos ricos y pobres, sino que se trata de acabar con los países ricos y los países pobres, promoviendo una acción que signifique a nivel de pueblos “ayudar al hombre a ponerse de pie”.
Hoy, el modo de utilizar versiones del Jesús histórico como ejemplo de forma de acción es variado: como organizador de un movimiento armado, propugnador de la resistencia pasiva o como apolítico total. Jesús, al sacramentalizar el amor humano, lo relativiza, es decir, muestra que tiene relación a una instancia más profunda en que se realiza el amor pleno y total. Él exige de sus discípulos que cada uno aplique individualmente desde ahora las normas del Reino futuro, que cada hombre, como individuo, debe ser cambiado por la ley del amor. Los primeros cristianos se tomaron en serio las enseñanzas de Jesús, viviendo en comunidad de bienes (Actos de Apóstoles, 4,36 / 5,4).
Jesús desafió a sus discípulos para elegir entre el modelo de liderazgo según los gobernantes de este mundo y el modelo de liderazgo ejemplificado a través de una vida de servicio abnegado en favor de los demás. Su liderazgo consistió en hacer crecer a las personas, animándolas y alentando sugerencias y propuestas, generando hábitos de reflexión. Los líderes de quienes hablamos no ejercen el “poder”, ya que esto de ordinario aplasta personas y proyectos. Las prioridades de Jesús como líder fueron dar el primer lugar a su Padre, el segundo a su familia y, en tercer lugar, a la misión de hacer discípulos.
En el contexto actual, la enseñanza de Jesús nos lleva a considerar cómo actuamos como ciudadanos en democracias, ejerciendo nuestro derecho a hablar, organizarnos y votar, siempre pensando en nuestra relación vertical con Dios y nuestras relaciones horizontales con nuestros prójimos. Si bien el gobierno tiene una tarea legítima que le corresponde y un deber que cumplir, el gobierno nunca debe confundirse con la autoridad superior que está detrás de todas las autoridades. Jesucristo es el Rey, y su reinado es una realidad alegre, peligrosa, emocionante y devastadoramente real, a la que debemos estar mucho más atentos que a las presidencias de políticos famosos.
