Las guerras como negocio: Intereses económicos en los conflictos globales
La guerra, más allá de sus dimensiones geopolíticas, ideológicas y territoriales, siempre ha tenido una profunda dimensión económica. Detrás de cada conflicto, se activa un engranaje industrial, el de la defensa, donde algunos países y empresas encuentran vastas oportunidades de negocio. El concepto de “complejo militar-industrial” ha advertido históricamente sobre esta intrínseca relación entre política, defensa e intereses económicos, donde las decisiones de seguridad tienen implicaciones directas para quienes producen armamento.
El auge del gasto militar y la industria armamentista
Desde la invasión rusa de Ucrania, el gasto militar global ha experimentado una nueva fase de expansión. Europa, que durante décadas redujo su inversión en defensa tras el fin de la Guerra Fría, hoy acelera compras de sistemas militares, moderniza ejércitos y redefine prioridades. Este giro, aunque responde a una amenaza real, también ha abierto un mercado enorme para la industria armamentista. Muchos países europeos están elevando su gasto militar hacia, o más allá, del 2% del PIB, una meta que durante años fue más aspiracional que real dentro de la OTAN. Algunos, como Polonia, ya superan el 4%, lo que significa miles de millones de dólares dirigidos a contratos de defensa, modernización de equipos y adquisición de armamento.
El impacto económico de la guerra en Medio Oriente
Líderes y nuevos actores en el mercado global de armas
Estados Unidos lidera el mercado global de armas, representando aproximadamente el 42% de las exportaciones globales. Sus sistemas, desde los aviones F-35 hasta los misiles Patriot, se han convertido en estándar dentro de la OTAN. Empresas como Lockheed Martin o Raytheon Technologies han multiplicado pedidos en los últimos años.
Europa también juega un papel significativo en este negocio. Francia ha fortalecido su posición con exportaciones de aviones Rafale, fragatas y sistemas de misiles, buscando la “autonomía estratégica” para que el continente compre más a sus propios fabricantes. Su mercado ya ronda entre el 10% y el 11% a nivel mundial. Alemania, con sus tanques Leopard, y el Reino Unido, con su industria naval y misilística, tienen su cuota.
Más allá de los actores tradicionales, han emergido nuevos proveedores clave. Corea del Sur se ha convertido en un actor importante para Europa del Este, especialmente Polonia, ofreciendo tanques, artillería y aviones a precios competitivos y con entregas rápidas. Turquía, por su parte, ha ganado protagonismo con sus drones, mientras que Israel mantiene su liderazgo en tecnología de defensa avanzada.
La economía rusa se ha transformado aceleradamente en una economía de guerra, donde el gasto militar ha pasado de ser un componente del presupuesto a su eje central. Desde la invasión de Ucrania, Moscú ha incrementado de forma sostenida su inversión en defensa, destinando cerca del 6% al 7% del PIB al gasto militar y más del 30% del presupuesto federal a seguridad y defensa, niveles no vistos desde la Guerra Fría.
Exportaciones de armas por países (estimado)
- Estados Unidos: 42%
- Francia: 10%-11%
- Rusia: [Cifra no especificada en el texto original, pero con aumento significativo]
- Otros países (incluyendo Alemania, Reino Unido, Corea del Sur, Turquía, Israel): [Porcentaje restante]
Impacto económico de las guerras: una paradoja
Aunque pueda sorprender o doler, las guerras tienen efectos económicos que, en el corto plazo, pueden considerarse "positivos". Entre ellos, el aumento del gasto agregado, el de los estados en armamento, infraestructuras y transportes, y el de las empresas en inversión para suministrar a los ejércitos los bienes y servicios que necesitan. También intensifican la innovación y el progreso tecnológico, pues obligan a disponer de nuevos procedimientos y técnicas para el combate que luego suelen pasar a la vida civil. Como consecuencia, suele incrementarse el empleo y las economías pueden tener un motor adicional para salir de crisis profundas e iniciar periodos de posterior expansión, como ocurrió con la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que las guerras siempre suponen un coste muy elevado que hay que financiar, bien mediante impuestos o generando una deuda que al final hay que pagar. Además, esos beneficios quizá se pueden conseguir sin necesidad de la destrucción que conllevan. Las guerras suelen llevar consigo inflación porque destruyen o bloquean las fuentes de suministro y dan un gran protagonismo a las industrias o empresas con mayor poder de mercado; e igualmente disminuyen el consumo familiar y producen empobrecimiento por pérdida de ingresos reales y patrimonios. Finalmente, no se puede olvidar que una paz mal construida tiene efectos económicos tan graves o más que la propia guerra. En resumen, la inmensa mayoría de los estudios sobre las consecuencias económicas de las guerras tienden a señalar que sus costes o efectos negativos son casi siempre mayores que los beneficios que puedan producir.
Incluso si la guerra no concluye inmediatamente y prosigue, lo más probable es que aumenten considerablemente los precios de la energía (petróleo y gas), así como los de algunas materias primas de gran impacto en la cesta de la compra y la industria, como el trigo, el maíz, la cebada o la soja, además de varios metales básicos en la automoción, la construcción o la electrónica. La guerra actual presenta una paradoja esencial desde el punto de vista económico: cuantas mayores sean las sanciones, más coste tendrán que soportar los países que las impongan, lo que podría llevar a suponer que la estrategia de occidente no sea la de implicarse militarmente ni la de establecer sanciones definitivamente contundentes, sino obligar a mantener un conflicto largo y económica y políticamente costoso para debilitar al régimen.
Los "mercaderes de la muerte": la financiación de los conflictos
Las guerras no se podrían llevar a cabo sin la financiación a los estados beligerantes y a los empresarios que suministran armamento, munición y todo tipo de enseres. Ángel Gómez de Ágreda, coronel del Ejército del Aire y analista geopolítico, describe sucintamente el objeto de las guerras: “Las guerras se originan por la voracidad de una potencia por acaparar unos recursos o por la competición entre dos comunidades por el acceso a los mismos bienes. Es difícil encontrar enfrentamientos en los que no se pretenda una ganancia material por parte de los contendientes.”
Además, hay personas sin escrúpulos, los llamados war profiters, que convierten las guerras en un negocio y se lucran ampliamente con ellas, obteniendo ganancias sustanciales a costa de la vida de las personas. Ya lo dijo Bertolt Brecht: «habrá guerra mientras un solo ser humano gane dinero con ella». Estos war profiters facilitan los medios a las élites de poder. Por ganancias, las élites de poder y los war profiters sacrifican su moralidad y la vida de los otros. Como indicó, en 1951, Sartre en el libro El diablo y Dios: “cuando los ricos se declaran la guerra son los pobres los que mueren.”
Ejemplos históricos de financiación de guerras
- La firma bancaria estadounidense JP Morgan & Co ganó millones financiando la Primera Guerra Mundial y la posterior reconstrucción y las reparaciones de la posguerra.
- En la Segunda Guerra Mundial, dos de los bancos más grandes de los EE. UU., Chase Bank (propiedad de Rockefeller) y National City Bank de Nueva York (controlado por JP Morgan), negociaron largamente con la Alemania nazi. Estos bancos manejaban las cuentas de muchas empresas estadounidenses que, durante la guerra, comerciaban con la Alemania nazi (negocios con el enemigo ocultados por el gobierno norteamericano a la ciudadanía), como por ejemplo Standard Oil, Sterling Products, General Aniline & Film e ITT (International Telephone & Telegraph).
- Los negocios íntimos y secretos entre los empresarios estadounidenses y alemanes tenían lugar principalmente en la sede del Bank for International Settlements (Banco de Pagos Internacionales - BPI) ubicado en Basilea, Suiza. El BPI proporcionaba al Tercer Reich de Hitler no solo préstamos sino, sobre todo, relaciones de negocios con otros países, incluso rivales, e información, tanto financiera como política. Este banco blanqueó cientos de millones de dólares en oro nazi saqueado de las tesorerías de los países ocupados. La dirección del banco era una amalgama de banqueros internacionales.
- Recientemente, en el conflicto de la guerra contra el Yemen, la banca armada española ha destinado 8.686 millones de dólares a 9 compañías que han fabricado armamento exportado a Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. Estas compañías son Airbus, Boeing, General Dynamics, Leonardo, Navantia, Raytheon Technologies, Rolls-Royce, Thales y Rheinmetall AG.
Las empresas armamentistas requieren todo tipo de servicios financieros y financiación para poder continuar con su producción de armamento. De hecho, 3 de cada 4 armas no se podrían fabricar sin esta financiación. Además, parte de las exportaciones de armamento también requieren sus servicios. En este sentido, «banca armada» se refiere a las entidades financieras que participan en el negocio armamentístico mediante alguno de los tipos de financiación del sector. Los ciudadanos, al depositar sus ahorros en la banca armada, sin quererlo, están financiando indirectamente a la industria militar.
Diversos colectivos (Centro Delàs, Setem, Col.lectiu RETS, Justícia i Pau, Observatorio de la Deuda en la Globalización, FETS, Alternativa Antimilitarista MOC y Fundación Finanzas Éticas) a través de la campaña Banca Armada, están presionando a diversas entidades financieras, especialmente al Grupo BBVA, Banco Santander, CaixaBank y Banco Sabadell, para que abandonen sus inversiones en empresas de armamento y opten por prácticas más éticas. A través de la web www.petjadaenarmes.org se puede encontrar información sobre las prácticas de muchas entidades financieras que potencialmente vinculan nuestros ahorros con actividades que no encajan con nuestros valores, como por ejemplo la guerra.
Hacia sociedades desmilitarizadas: un camino alternativo
La experiencia histórica enseña que más ejércitos, mercenarios y más armamento no implica más seguridad, sino más temor, destrucción y sufrimiento. Toda la inversión previa en armamento no nos hace sentirnos más seguros y confiados, con estabilidad, tranquilidad, sosiego y paz, sino más bien todo lo contrario. La sensación es de inseguridad, inestabilidad, incertidumbre, estrangulamiento económico por la subida de los precios y un pavoroso temor ante un remoto, pero posible, uso de las armas nucleares que podría acabar de facto con la vida en el planeta. Es evidente que nuestras armas atemorizan a nuestros vecinos y viceversa.
Además, la inversión y el gasto en armamento detraen valiosos recursos que ya no se podrán invertir en lo que realmente nos hace sentirnos más seguros, dígase los bienes de primera necesidad (alimentación, ropa, higiene,…), la vivienda, la educación, la sanidad, el empleo, etc. A ese modelo y paradigma que reporta seguridad concreta para la vida de todas las personas de a pie se le llama “seguridad Humana” y, a todas luces, debería sustituir al actual paradigma de seguridad militar, basado en la seguridad territorial de los estados y las fuerzas armadas. El lema es bien claro: “Gastos militares para gastos sociales”. Otra vía es la reconversión de la industria militar en industria civil.
A menudo se arguye que los avances en la investigación y tecnología militar son beneficiosos para las sociedades porque después se pueden transferir al ámbito civil según el efecto llamado spin-off (salpicadura). Pero, ¿por qué no aprendemos e invertimos directamente en la investigación y tecnología de uso estrictamente civil sin necesidad de inventar y fabricar más artilugios de muerte? Y, realmente, ¿cuál es el porcentaje real de la I+D militar que se trasvasa al ámbito civil?
