Factoría de Emprendedores: Impulso a la Innovación y al Desarrollo Empresarial
En el dinámico mundo empresarial actual, marcado por constantes cambios y desafíos, surge la necesidad de fomentar el espíritu emprendedor y brindar las herramientas necesarias para convertir ideas innovadoras en proyectos exitosos. Es aquí donde las factorías de emprendedores juegan un papel fundamental.
Una factoría de emprendedores es un espacio diseñado para impulsar la creación y el desarrollo de nuevas empresas, ofreciendo a los emprendedores recursos, mentoría, capacitación y acceso a financiamiento. Estas instituciones se convierten en verdaderos ecosistemas donde los emprendedores pueden conectar, colaborar y aprender de otros, acelerando así el proceso de crecimiento de sus negocios.
¿Por qué son importantes las factorías de emprendedores?
Las factorías de emprendedores son importantes por varias razones:
- Fomentan la innovación: Al proporcionar un entorno propicio para la creatividad y la experimentación, las factorías de emprendedores impulsan la generación de ideas innovadoras y la creación de nuevos productos y servicios.
- Impulsan el desarrollo económico: Al apoyar la creación de nuevas empresas y el crecimiento de las existentes, las factorías de emprendedores contribuyen a la generación de empleo, el aumento de la competitividad y el desarrollo económico de la región.
- Reducen el riesgo de fracaso: Al ofrecer mentoría, capacitación y acceso a financiamiento, las factorías de emprendedores ayudan a los emprendedores a evitar errores comunes y a aumentar las posibilidades de éxito de sus proyectos.
- Crean una comunidad de emprendedores: Las factorías de emprendedores fomentan la colaboración y el intercambio de conocimientos entre los emprendedores, creando una comunidad de apoyo que les ayuda a superar los desafíos y a alcanzar sus metas.
El papel de la universidad en el fomento del emprendimiento
Corren tiempos en que se hace patente un debate interesante sobre la misión de la universidad en este campo y sobre cuál debe ser su papel en la crisis, que, realmente, es un cambio de paradigma. Precisamente, por la vocación de difusión del conocimiento, debe ser clave ver qué puede hacer para ayudar a recuperar toda la sociedad.
Parece obvio que para despertar emprendedores -aquellos que nadan bien en la crisis- hace falta una estimulación precoz en la academia. “El objetivo de una buena universidad -afirma Pedro Nueno, profesor del IESE y creador de un fondo de capital riesgo para emprendedores- es hacer buenos profesionales; formar muy bien en aquellos aspectos que correspondan a cada facultad”. Hay que cambiar la universidad y hacer surgir nuevos aires en la comunidad universitaria. Tenemos que transformarla en una comunidad real de investigadores para que se cree un vínculo fuerte entre estudiantes y profesores por un lado, y las empresas, por otro, tanto del sector público como privado.
Es alarmante la escasa relación universidad-empresa actual que destaca, por ejemplo, el Círculo de Empresarios. Nos encontramos, por tanto, ante una formación alejada de aquella que piden la sociedad y el mercado laboral, cuando la educación en el fomento del espíritu emprendedor -tan necesario para estos cambios de aires- debería extenderse también a profesorado e investigadores.
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Superando la aversión al riesgo y fomentando la pasión por los retos
Existe, sin embargo, una especie de desinterés general para empezar nuevos proyectos. Además, hay un aspecto más cultural de aversión al riesgo: la falta de ambición y de pasión por los retos, la falta de compromiso y de tolerancia al fracaso, la poca capacidad de liderazgo… Una aversión que suele ser, también, hacia el empresario, debido a una visión muy extendida -y cada vez más anticuada- de competitividad, donde hay unos ganadores y unos perdedores, unos que triunfan y otros que se hunden en la miseria: “es un cambio de mentalidad necesario, hay que dejar la visión sindicalista y pasar a una estrategia win-win, donde todos ganan”, sigue Olóndriz.
Algunos, sin embargo, temen esta mezcla universidad-empresa, como una amenaza contra la libertad intelectual. “Hay quienes piensan que la universidad debe preservar la condición de observador objetivo -pasivo, habría que decir- de la realidad que le rodea para poder analizarla, juzgarla y criticarla con libertad total” (Amalio A. Rey). En cambio, cuando la universidad se implique de verdad en estos términos y ayude al alumnado, el graduado saldrá al mercado después de haber hecho su primer trabajo en el invernadero, donde el fracaso no duele.
Después de años dedicado a la formación y al asesoramiento en el entorno empresarial, siempre he recomendado que es mejor tener un mal plan que no tener Plan. Por ello animo a jóvenes, valientes,emprendedores y no tan jóvenes que tengan una idea, que la persigan, que crean en ella y desarrollen su ilusión, ya que creyendo en algo creceremos personalmente y construiremos profesionalmente.
Valores fundamentales del emprendedor
Pero no basta con ser ambicioso. En un momento en que se ha visto que la causa principal de la crisis actual es la falta de ética profesional, y se ha podido comprobar cómo muchas de las cosas que teníamos como necesarias no lo eran, el emprendedor -y cualquier empresario- debe ser un hombre de valores. Son valores que habría que encontrar, en primer lugar, entre el profesorado. ¡El emprendimiento se transmite por ósmosis! Sea como sea, deben ser personas con vocación de servir a la sociedad.
Es este sentido el que contaba, por ejemplo, Gerard Fluxà (ADE’12), participante del Sturt Up Programme 2011-2012: “Voy por la calle y me planteo: ‘¿qué faltaría aquí que yo pudiera dar?’. Intento mirarlo desde muchos puntos de vista diferentes y busco respuestas e intento aplicarlas”. Con imaginación e inventiva: ver qué demanda el mercado.
“Emprender -decía en otro momento el estudiante Olóndriz- es una manera de vivir; son unos ideales, que, por supuesto, muchas veces se traducen en la creación de empresas, aunque no siempre: es mucho más”. Al fin y al cabo, el emprendedor real es una persona optimista y con ganas de transformar el mundo. No un iluso sino alguien con ganas de hacer un mundo mejor. En todos los sentidos.
Por eso es tan importante volver a los valores básicos, como reflexionaba Evaristo Aguado, coach y director de Formación, Asesoramiento y Coaching de la UIC, en una conferencia en el acto de apertura del curso universitario de este año. Atreverse a buscar la verdad, según lo que escribe Benedicto XVI en la Caritas in veritate: “un hombre bueno sin verdad se puede confundir fácilmente con una reserva, un cúmulo de buenos sentimientos, provechosos para la convivencia social, pero, en el fondo, marginales”. Y no serviría de nada la búsqueda de la verdad si no estuviera apoyada en una base fuerte de compromiso social.
El escritor y sociólogo futurista Alvin Toffler decía: “los analfabetos del siglo XXI no serán los que no sepan leer ni escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y volver a aprender”. Quizás es en este sentido que Evaristo Aguado habla de un cuarto valor, que no por ser el último es menos importante. La excelencia, que “debe ser más que una aspiración: una realidad, un valor, un pilar esencial”. Hay excelencia, cuando hay trabajo bien hecho. Y una universidad será excelente, cuando intente enseñar este trabajo bien hecho. El emprendedor -el real, no el disfrazado, tampoco- es el que quiere ser realmente excelente. Es decir, el que tiene horizontes amplios y una ambición profesional noble. El que no se cansa de aprender y desaprender cada vez.
Reaccionar ante la crisis: Oportunidades para emprender
Ante la crisis podemos reaccionar de dos maneras diferentes. Unos -dicen- lo ven todo con ojos realistas: todo es negro y todo se ve negro, por tanto, no se puede hacer nada más que esperar. Otros -los optimistas-, saben ver en la situación actual -como en cualquier crisis- oportunidades. Oportunidades de renovarse y de cambiar; oportunidades de emprender. Ahora bien, ¿es posible emprender, hoy, en el crítico mundo empresarial donde estamos inmersos? A menudo se nos habla de la necesidad de un espíritu emprendedor para sacar adelante un país situado en la cola económica de los países de la UE. Ahora bien, no parece una tarea fácil. Actualmente, en España, se necesitan más de cuarenta días para hacerse autónomo y montar una empresa propia, cuando a los vecinos franceses, por ejemplo, les basta con dos o tres. Es verdad, pues, que es necesario un cambio desde arriba, pero es verdad, también, que los que tenemos que empezar somos nosotros.
