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Comunicación

El empresario vasco amenazado por ETA: Una historia de extorsión y silencio

by Admin on 23/10/2025

Uno de los colectivos sociales que ha padecido duramente la acción de ETA ha sido el formado por empresarios, ejecutivos y, en ocasiones, profesionales de muy diverso tipo. Estas personas han sufrido con frecuencia ataques violentos similares a los de otros grupos sociales, siendo objeto de atentados, de amenazas y de persecución. Pero también han padecido una forma de violencia particular cuya finalidad ha sido someterles a extorsión económica para convertirles en financiadores forzosos de la actividad terrorista.

Las investigaciones en torno a la violencia terrorista de ETA han abarcado muchas temáticas y enfoques: aspectos sociológicos del grupo; sus dimensiones ideológicas o políticas; sus relaciones internacionales; las víctimas provocadas; la evolución histórica; su actuación en determinados ámbitos territoriales; las interioridades del funcionamiento de ETA, sus líderes, sus estrategias, etc. Sin embargo, uno de los aspectos no tratados ha sido el que tiene que ver con esa violencia de extorsión dirigida contra los colectivos citados.

De esta manera lo que se pretende es ahondar en las dinámicas subyacentes al empleo de micro violencias para silenciar a sectores significativos de la sociedad vasca y generar en ellos una psicosis de miedo al encontrarse ante la tesitura de negarse a pagar el chantaje económico exigido.

Los métodos de extorsión de ETA incluían el envío de cartas amenazantes a empresarios vascos, en las que se exigía el pago de una determinada cantidad de dinero a cambio de que su patrimonio e incluso su integridad física no corrieran peligro. Aunque muchos amenazados denunciaron estas prácticas mafiosas, es difícil determinar cuántos llevaron el 'aviso' en silencio sobre sus espaldas, ante el terror psicológico impuesto por la banda terrorista, que llegó a aplicar 'intereses de demora' a quienes que se retrasaban en el pago. El miedo y la indefensión de los amenazados fue en aumento con el envío de cartas marcadas con un código especial.

Recibir ‘la carta’ en casa elevaba más la angustia. Aquella temida misiva te cambiaba la vida, la tuya y la de tu familia. La sufrieron la mayoría y la ocultaron o minimizaron prácticamente todos. En muchas cajas fuertes de Euskadi, en olvidados rincones de casa o el despacho o en cajones discretos protegidos bajo llave aún hoy se esconden.

La amenaza, respaldada por los hechos de violencia, ha sido el instrumento habitual de coacción empleado por ETA para doblegar la resistencia de los extorsionados.

Los buzones asustaban. Abrirlos suponía enfrentarse a una lotería macabra. Hubo un tiempo en el que los apartados postales se expandieron a la misma velocidad que lo hizo el miedo.

El "Impuesto Revolucionario": Origen y Evolución

La extorsión de ETA al empresariado vasco había comenzado tiempo atrás. Los primeros casos de exigencia de pago bajo amenaza se remontan a comienzos de los años 70. Fue el germen de lo que poco después se denominaría "impuesto revolucionario". Quienes primero lo sufrieron fueron los empresarios de localidades de Bergara, Eibar y Oñate, a cuyos propietarios se les reclamó 2.000 pesetas por trabajador a cambio de no atentar contra ellas.

En enero de 1992, la Ertzaintza desmanteló en España otra red de cobro del impuesto. En agosto de 1993, la policía autónoma vasca volvía a golpear al entramado financiero de ETA. En mayo de 2002, una nueva operación policial confirmaba que las 'herriko tabernas' funcionaron durante años como centros de recaudación donde acudían los empresarios del País Vasco y de Navarra para cumplir con los pagos del 'impuesto revolucionario'. Más recientemente, en junio de 2006, una operación conjunta de las policías francesa y española desarticulaba una red que actuaba desde hace 20 años recaudando el 'impuesto revolucionario'.

Para entonces, el empresariado, y en particular la “oligarquía”, como denominaba el entorno radical al empresariado, ya sabía que dedicarse a crear riqueza con una pyme, un negocio o una gran compañía era convertirse en objetivo prioritario de la banda. La mayoría decidió no ceder, aguantar pese a todo y pagar un alto precio por ello. Otros no soportaron la presión y abandonaron Euskadi o decidieron controlar la empresa a distancia. En los años 80 y los 90 el temor era cosa común. La sombra que durante décadas oscureció la vida del empresariado vasco y sus familias sería larga y asfixiante. También silenciosa, olvidada e injusta.

El Silencio y la Búsqueda de Ayuda

El silencio también. Incluso entre los propios amenazados la extorsión era algo a ocultar o abordar con máxima discreción. Recibida la carta, la amenaza o la acción terrorista, era hora de acudir a solicitar ayuda. La policía, los partidos políticos o incluso las iglesias fueron puertas donde muchos tocaron en busca de consejo y consuelo. Para la mayoría supuso descubrir que no eran los únicos, que su compañero de despacho, de consejo de administración o de patronal hacía tiempo que atravesaba por lo mismo. Fue una realidad amarga en la mayor parte de los hogares de altos directivos y emprendedores vascos.

Me encontraréis en Atocha aplaudiendo a la Real o en algún partido de pelota. No soy un héroe. La mayoría no lo hizo. Lo ocultó y no pagó. Se estima que apenas un 5% cedió a la extorsión en Vizcaya y Alava y algo más en Guipúzcoa, un 13%. Hubo quienes se atrevieron a desafiar a ETA en público, en una suerte de combinación de dignidad, rabia e impotencia.

Uno de ellos fue Félix Alfaro Fournier, director de Heraclio Fournier, la fábrica de naipes alavesa. En una carta en la prensa anunció que no cedería al chantaje de la banda por considerarlo “contraproducente e inadmisible”. También se rebeló el presidente de Koipe, Bankoa y Savin, Juan Alcorta, quien se atrevió a comunicar por carta a ETA que no pagaría: “Me encontraréis en Atocha aplaudiendo a la Real, en algún partido de pelota o en alguna sociedad popular cenando con mis amigos”, retó a la banda. “Me rebela la idea de tener que pagar para salvar la vida”, y añadía, “no soy un héroe, no quiero serlo, pero como buen vasco, no quiero ser un cobarde”.

Algunos fueron más allá y plantearon devolver la amenaza a la banda. Lo hizo en noviembre de 1982 el industrial siderúrgico Luis Olarra, presidente entonces de la Confederación Vizcaína de Empresarios. Cansado de que las manifestaciones en la calle y los comunicados de condena a las acciones criminales de ETA no tuvieran ningún efecto -“no sirven para nada”- aseguró que era hora de “soluciones más drásticas, aunque desemboquen en situaciones que pudieran llegar a ser más drásticas”, declaró a El País.

Pero la presión de la banda no cesó. A lo largo de su historia ETA ha secuestrado a 83 empresarios. A muchos de ellos los asesinó tras un cautiverio en venganza por no ceder a sus chantajes. A otros los liberó tras el pago y los menos fueron liberados por la Ertzaintza o los GEO.

El 15 de octubre de 1986 a Julio Aguinagalde, un empresario alavés, el primer militante del PNV en Alava, ETA lo secuestró. Lo ocultó en una cueva de Zeanuri que había habilitado como una “cárcel del pueblo” -como la banda denominaba a los zulos-. 18 días después un ertzaina de paisano se topó con el acceso a la cueva taponado y la sospecha llevó a montar un operativo.

La contaminación social llegó al extremo en el caso del último empresario asesinado por ETA. Inaxio Uria, consejero de Altuna y Uria, una de las constructoras del Tren de Alta Velocidad vasco amenazado por la banda terrorista. Fue asesinado la mañana del 3 de diciembre de 2008 en Azpeitia. Ni siquiera sus amigos, con los que acostumbraba a jugar al tute semanalmente en el bar ubicado a 300 metros de donde fue asesinado, suspendieron esa tarde la partida. Ante la silla vacía de Inaxio, dieron por bueno que no había razones para suspender la partida, que el asesinato de Inaxio entraba dentro de lo probable.

Algunos llegaron a predecir su propio asesinato. Sebastián Aizpiri llevaba semanas sufriendo el ataque del entorno radical. Las amenazas se sucedían cada vez con más intensidad, tanto que reconoció días antes de que lo asesinaran que ocurriría: “Creo que me van a matar”, aseguró a un amigo. Este pequeño empresario eibarrés se había negado a pagar a ETA y eso, y el sinsentido del terrorismo, le costó la vida. También la fama. Los amigos de los terroristas se encargaron de difundir bulos para desprestigiarlo, incluso después de muerto. Sebastián confesó días antes de que lo asesinaran que creía que lo iban matar. Lo hicieron. Así era ser empresario, pequeño o grande, en el País Vasco.

En aquella Euskadi gris ni siquiera en los lugares de ocio y negocio del empresariado reposó la paz. Neguri, el acaudalado barrio de Getxo que concentró y simbolizó el rechazo de ETA hacia los empresarios, resume bien lo que fue su vida. El Club Marítimo del Abra, donde la lista de apellidos ilustres - Ybarra, Sota, Lezama Leguizamon, Ampuero…- deambulaban por sus elegantes pasillos, rincón de almuerzos con reyes y presidentes, sufrió hasta cuatro atentados. El más grave el incendio que en 1973 arrasó el imponente edificio con vistas al mar que hubo que reconstruir por completo.

Fue en lugares como éste en los que muchos descubrieron que la secuencia se repetía. Que a la primera carta de advertencia con una exigencia asumible para “quitarse el problema” pronto le seguiría otra para pedir más bajo advertencia de ser ‘objetivo potencial’ y una tercera con la amenaza más inquietante, ser ‘objetivo operativo’: “Queda en mano de la organización cuándo y cómo actuar contra usted”. Hubo incluso quienes recibieron dos cartas más reclamando los “intereses de demora”.

Los procedimientos se llegaron a estandarizar. La Ertzaintza detectaba niveles de amenaza real en función de la redacción, la terminología u otros detalles de las cartas que analizaba con minuciosidad. Llegó a contar con dos tipos de vídeos para explicar y situar a los empresarios que acudían en busca de consejo y protección. En uno, la amenaza era la más leve, contra bienes de la empresa. En el otro, un coche bomba para acabar con su vida.

Y por si toda esta presión fue poca, la Justicia la elevó. Los empresarios no estaban obligados a denunciar la extorsión. Sólo algunos de ellos fueron juzgados por pagar el ‘impuesto revolucionario’. Prácticamente todos resultaron absueltos bajo el pretexto de haber actuado bajo un “miedo insuperable”. En 2003 el juez Baltasar Garzón, de la Audiencia Nacional, obligó a denunciar la extorsión.

Los expertos policiales interpretaron que el argumento que modificó el abordaje de la cuestión fue impedir que se esgrimiera un miedo imposible de superar para justificar el pago, “porque cuando tú te lo quitas se lo están pasando a mucha gente más”. La Ertzaintza contaba con dos vídeos para explicar el riesgo.

El Fin de la Extorsión y el Legado Literario

En marzo de 2011 la banda anunciaba a los empresarios que cancelaba su extorsión. José Antonio Sarría, presidente de la Confederación de Empresarios de Navarra fue el destinatario de la misiva para que comunicara «a los empresarios y a la sociedad» que había «quedado cancelada la exigencia» del conocido como pago del impuesto revolucionario.

En 2011 ETA anunciaba el abandono de las armas y Fernando Aramburu arrancaba la escritura de Patria. El cese de la violencia permitió al escritor abordar una certera radiografía del desgarro social y el sufrimiento provocado por el terrorismo, vía la historia del enfrentamiento de dos familias tras el asesinato del empresario El Txato.

La literatura ya había tocado anteriormente el tema de ETA como en el clásico Cien metros (1976) de Ramón Saizarbitoria aunque la ficción era escasa y acotada al País Vasco. El fenómeno editorial de Patria publicada en 2016 y traducida a 37 idiomas ha supuesto un punto de inflexión: considerada "la gran novela de ETA después de ETA" ha abierto brecha a una ola literaria con afán memorialístico donde numerosos creadores vascos se han lanzado a recomponer el relato desde diferentes voces generacionales, narrativas y contextos. Una suerte de disipación de la niebla histórica, como citaba el escritor Mila Kundera sobre la necesidad del poso temporal en el análisis de una tragedia muy reciente.

A continuación algunas de las novelas destacadas antes y después de Patria.

  • Años antes del éxito rotundo de Patria, Aramburu abordó el germen de ETA a través de Años lentos (Tusquets) donde se trasvasan los recuerdos sentimentales a la memoria colectiva en un retrato preciso del grisáceo San Sebastián de los 70.
  • Aramburu también señaló en el conjunto de relatos cortos Los peces de la amargura (Tusquets) las consecuencias del terrorismo: un padre se aferra a sus rutinas, como cuidar los peces, para sobrellevar el trastorno de una hija inválida a causa de un atentado; un matrimonio, fastidiado por el hostigamiento de los fanáticos contra un vecino, esperan y desean que éste se vaya de una vez, una mujer resiste cuanto puede las amenazas antes que marcharse…El miedo, la asfixia social y la lucha por la supervivencia aparecen contenidos en estas crónicas a través de una narrativa sin dramatismos donde planea una profunda tristeza.
  • Mejor la ausencia, Edurne PortelaEl exitoso debut en la novela de Edurne Portela también coincidió en el tiempo con la cascada de publicaciones post Patria.
  • El comensal, Gabriela YbarraCuentan que en mi familia siempre se sienta un comensal de más en cada comida. Es invisible, pero está ahí. Tiene plato, vaso y cubiertos. De vez en cuando aparece, proyecta su sombra sobre la mesa y borra a alguno de los presentes. El primero en desaparecer fue mi abuelo paterno.
  • Los turistas desganados (Editorial Pre-Textos) es a la vez una historia de amor y un retrato de verano salpicado con microensayos sobre el compositor Benjamin Britton, en el que los recuerdos conducen a la relación de la sociedad vasca con la violencia en episodios como los coches bomba, las cárceles o las huelgas de hambre.
  • En La línea del frente (Salto de Página) lanza preguntas sobre la construcción de la identidad con la violencia de ETA como trasfondo.
  • Anterior a Patria, Twist (Seix Barral) tiene como punto de partida la desaparición y el asesinato de dos militantes de un grupo armado (remite al caso Lasa y Zabala sin mencionarlos).
  • Cano vuelve al entorno de ETA con La voz del Faquir (Seix Barral), una biografía ficcionada del cantautor Imanol que se detiene en sus años de militancia en la banda, la cárcel, el exilio en París o la caída en desgracia para la izquierda abertzale.
  • En el recorrido de Como si todo hubiera pasado (Galaxia Gutenberg), Zaldua señala una realidad compleja: desde los vínculos afectivos a los silencios en las conversaciones entre amigos o la mirada sobre la realidad post ETA encarnada en la fragilidad de la memoria y la necesidad de reconstrucción.
  • Cien metros (Erein) es un puzle que se enfoca en los últimos minutos de vida de un miembro de ETA (aunque no se menciona de forma explícita a la banda) hasta que cae abatido por la Ertzaintza en una plaza de San Sebastián.
  • El Premio Nacional de Narrativa de 2009 Kirmen Uribe recorre durante un siglo la historia del País Vasco con La hora de despertarnos juntos (Seix Barral).
  • Lorenzo Silva aborda en El mal de Corcira (Destino) la lucha antiterrorista en los años de plomo de ETA.
  • El título El ruido de entonces (Erein) hace referencia al ronroneo que despertaba a la madre de Arriola muchos sábados por la mañana, cuando Ryan pasaba el cortacésped por el jardín de su casa al que daba la ventana donde ella dormía.

LA HISTORIA DE ETA EN 8 MINUTOS

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