La Amenaza de ETA contra los Empresarios Vascos: Una Historia de Extorsión, Secuestros y Resistencia
A lo largo de su historia, ETA (Euskadi Ta Askatasuna) y sus distintas ramas mantuvieron una relación de ofensiva constante hacia el mundo empresarial vasco. Esta ofensiva se manifestó tanto en el terreno ideológico como físico, a través de la extorsión, secuestros y atentados. Miles de cartas de extorsión circularon por Euskadi, llegando a puertas y buzones con el fin de amedrentar a ciudadanos.
Pese a las dimensiones que la extorsión ha cobrado en la historia reciente del País Vasco, las investigaciones sobre colectivos afectados por la violencia terrorista se habían centrado, hasta el momento, en el estudio de las víctimas mortales de ETA. Quedaban sin analizar otro tipo de víctimas que salvaron su vida, pero sufrieron secuestros o extorsión. Sin embargo, investigaciones recientes han intentado salvar ese vacío, ofreciendo una primera aproximación que desvela la relación de ETA con el mundo empresarial vasco.
Impacto en Cifras y Formas de Violencia
Un acercamiento en cifras permite una primera aproximación al fenómeno de la extorsión dentro de la estrategia de terror de ETA: de todas las víctimas mortales de la organización terrorista, 397 han sido civiles. De ellas, 33 han sido empresarios, 55 empleados cualificados y otros 50 trabajadores autónomos.
Pero la relación de ETA con los empresarios vascos no fue mayoritariamente a través del asesinato, sino que buena parte de la violencia se llevó a cabo en un plano menos mediático. Esto incluyó cartas amenazantes de extorsión y “visitas” en las que se amedrentaba a los “objetivos”. Por ejemplo, en los años ochenta fueron habituales los secuestros exprés en los que se pegaba un tiro en la pierna como método de coacción. De hecho, en 1984, dos de cada tres empresarios aseguraban sentirse perseguidos por ETA, tres de cada cuatro amenazados y uno de cada dos coaccionados, según un estudio del Círculo de Empresarios Vascos.
En casi medio centenar de ocasiones, esa extorsión se materializó en secuestros por los que se pedía un rescate. Los años de plomo, que concentran el mayor número de atentados y de víctimas mortales, fue el periodo en el que se produjeron también más secuestros. Entre 1978 y 1983, ETA secuestró a 53 personas, siendo los peores años 1979 y 1980 con 13 y 14 secuestros respectivamente.
Los asesinatos “ejemplarizantes” de Ángel Berazadi y Javier Ybarra y Bergé fueron un punto de inflexión en la actitud de parte de los empresarios vascos, que optaron por aumentar sus medidas de seguridad o por ceder al chantaje ante el miedo a un asesinato.
Evolución Ideológica y Necesidad de Financiación
La animadversión de ETA hacia el mundo empresarial fue consecuencia tanto de la propia evolución de la banda en el terreno ideológico como de la necesidad de financiación para poder mantener su actividad. En sus inicios, ETA se financió con donaciones y aportaciones de seguidores o partidarios de “la causa”, aunque con peticiones en las que ya mediaba cierta coacción hacia sus propios simpatizantes.
En 1964, el Comité Ejecutivo de ETA publicó un manifiesto en el que se establecía que “son abertzales los que colaboran con la Resistencia Vasca. Los que se oponen a ella o la boicotean serán barridos”. Por consiguiente, se establecía un “conmigo o contra mí”, delimitando entre un “nosotros” y “ellos” según se prestase o no colaboración con la “causa vasca”. Esta primera división entre colaboradores y no colaboradores favoreció que desde la sociedad civil se activasen mecanismos de exclusión moral, basados en pensamientos maniqueos y valores dicotómicos. Esto permitía situar a las víctimas en un limbo amoral en el que quedaban excluidos de cualquier sentimiento de solidaridad por parte de amplios sectores de la sociedad vasca.
La identificación de los empresarios con el poder y las estructuras represoras del Estado fomentó este discurso basado en una justificación moral que contextualizaba la amenaza y la extorsión dentro del “conflicto”. De hecho, a principios de los años ochenta “cuatro de cada diez vascos estaban convencidos de que, de no haber sido por el miedo que ETA infundía en el ámbito empresarial, la ciudadanía no habría progresado salarialmente, y una proporción casi equivalente no se pronunciaba acerca del tema”.
La incorporación de la teoría marxista de luchas de clases y del imaginario revolucionario tercermundista a la ideología de ETA a partir de la IV Asamblea (1965) favoreció de forma especial este discurso beligerante hacia la “oligarquía vasca”, que se vinculó con el “Estado Español” y por lo tanto con un ente opresor. Ya en 1965, se dieron los primeros intentos de robos, atracos y, poco después, el primer secuestro cometido por ETA. José Ángel Aguirre, director de la sucursal del Banco Guipuzcoano en el pueblo de Elgóibar, fue retenido la noche del 30 de octubre de 1970.
El "Impuesto Revolucionario" y los Secuestros
El giro obrerista de ETA dio lugar a la escisión de los autodenominados Grupos Autónomos de ETA, dirigidos por Xabier Zumalde. Este grupo, conocido como Los Cabras, ideó el llamado “impuesto revolucionario” en el verano de 1970. Abandonaron la idea ante la falta de colaboración al ser conscientes de que solo un secuestro o asesinato les permitiría cobrar lo que reclamaban. Sin embargo, el sistema fue copiado por ETApm, ETAm y los C.A.A. El “impuesto” ideado por los Cabras se convirtió en un tributo a ETA, un gravamen por tener una empresa y un canon por la propia vida.
Otros empresarios fueron secuestrados no tanto por el móvil económico, sino como método de intervención de ETA en los conflictos laborales de diversas empresas. Tras el secuestro de Lorenzo Zabala, en enero de 1972, ETA emitió por primera vez un comunicado en el que reclamaba que fueran atendidas las demandas de los trabajadores de Precicontrol a cambio de la vida del empresario.
Según señalan Leonisio y Llera (2015:147), ETApm fue la responsable de más de la mitad de los secuestros cometidos (46) “mientras que ETAm, la organización más letal en cuanto a víctimas mortales, tan solo es la protagonista de un cuarto de los mismos (21)”. El primer secuestro de ETAm no tuvo lugar hasta 1980 cuando ya habían asesinado a cientos de personas y ETApm tenía en su haber una treintena de secuestros, aunque la mayoría de ellos de solo unas horas.
| Organización | Número de secuestros | Porcentaje sobre el total | Ejemplo |
|---|---|---|---|
| ETApm | 46 | ~68% | Lorenzo Zabala (1972) |
| ETAm | 21 | ~31% | Primer secuestro en 1980 |
| Otros (C.A.A. y Grupos Autónomos) | pocos o ninguno directo | ~1% | Impuesto revolucionario inicial |
| Nota: Datos basados en Leonisio y Llera (2015). El total de secuestros entre 1978-1983 fue de 53, pero se incluyen datos de secuestros anteriores para ilustrar la tendencia de las organizaciones. | |||
El Patrón de la Amenaza
El sistema de extorsión vinculado al “impuesto revolucionario” siguió un patrón de amenaza que iba desde un primer aviso hasta posteriores visitas y amenazas físicas al empresario o miembros de su familia. El primer paso era la recepción de una carta, firmada por ETA, en la que se solicitaba la cooperación económica y se culpabilizaba al empresario de la situación de “Euskal Herria” por contribuir “ideológica y económicamente, a través del pago de los impuestos, al sostenimiento del Estado policial que oprime y explota a los trabajadores vascos”.
El empresario era aprehendido como un ser alienado y alineado con el sistema por su colaboración con la opresión del “hecho nacional vasco” en aras de un beneficio personal, frente a lo que debería ser el objetivo último de un “buen vasco”, el beneficio colectivo del “pueblo”. Por ello, la no colaboración era interpretada como “una clara posición anti vasca”. En las cartas se establecía una fecha límite de pago y un lugar o persona de contacto donde hacer la entrega del dinero, o en todo caso “dirigirse a los círculos abertzales habituales manteniendo una discreción extrema”.
Las directrices eran claras: “si no hace la entrega en el plazo fijado le buscaremos hasta ejecutarle”. Si el amenazado no pagaba, solía recibir nuevos envíos de cartas, cada vez más cortos, amenazantes y en muchos casos dirigidos directamente a su esposa o familiares. En ellos se advertía además del silencio que se imponía al extorsionado: “Sobra decir que cualquier intento por su parte de ponerse en contacto con la Policía le acarreará consecuencias de carácter irreparable”.
Financiación y Reacción Ciudadana
Hasta la segunda mitad de los años noventa los secuestros fueron “la fuente de ingresos más saneada” con la que contó ETA. En el periodo que abarca 1993-2000, la extorsión a empresarios produjo unos ingresos de más de 5 millones de euros al año, el 60% proveniente del pago de rescates y el resto de cantidades recibidas bajo coacción. Según Florencio Domínguez, las cantidades ingresadas por secuestros permitieron a ETA sobrevivir durante la mitad de sus años de historia, gracias al ingreso de entre 101 y 104 millones de euros. Sin embargo, la mayoría de extorsionados no pagaron cifra alguna a la organización terrorista, por lo que estos ingresos provienen, en su mayoría, de pagos y secuestros muy concretos. Se calcula que solo habrían pagado un 5% de las personas extorsionadas por ETA, aunque la cifra aumenta a un 13% en el territorio de Gipuzkoa.
Pese a que en la década de los noventa la merma en la capacidad operativa de ETA se hizo evidente con el abrupto descenso de secuestros, ETA consiguió mantener en jaque a policías e investigadores durante más de dos años seguidos. La organización secuestró en esa década a cinco personas: Julio Iglesias, José María Aldaya, Cosme Delclaux, José Antonio Ortega Lara y Miguel Ángel Blanco. Fueron los secuestros más largos y mediáticos de ETA, pero también los que más reacción ciudadana despertaron.
El 5 de julio de 1993, ETA secuestró al empresario guipuzcoano Julio Iglesias Zamora, ingeniero directivo de la empresa Ángel Iglesias S.A, comercialmente conocida como Ikusi. Esa tarde de verano, Julio Iglesias se dirigía a su casa para celebrar el cumpleaños de su hijo, pero tardó 116 días en poder volver. No era la primera vez que ETA se ponía en contacto con la familia Iglesias. Diez años antes, en junio de 1983, la empresa de Ángel Iglesias, tío del secuestrado, había sufrido un atentado de ETApm VIII Asamblea cuando dos artefactos explosivos estallaron de madrugada en el pabellón de la empresa. Ángel Iglesias había recibido, previamente, cartas de extorsión en las que se le solicitaba el pago del “impuesto revolucionario”, que se había negado a pagar.
El secuestro de Julio Iglesias se enmarca en una campaña de extorsión emprendida por ETA durante el verano de 1993, tras un fatídico 1992 para la organización. A principios de ese annus horribilis para ETA, la Ertzaintza había desarticulado con la operación Easo la red de extorsión que solicitaba el “impuesto revolucionario” en Gipuzkoa y Navarra, dejando a la organización menoscabada en cuanto a capacidad de financiación. Poco después, la detención de la cúpula de ETA en Bidart, Francia, supuso un duro golpe a su potencial mortífero, operativo y simbólico. A principios de 1993, ETA consiguió reactivar su red de extorsión en el País Vasco, pero el comando fue desarticulado, de nuevo, en agosto, durante la operación Dirugitxi en la que se incautaron unos 15 millones de pesetas.
En este contexto, la policía advirtió que el secuestro de Julio Iglesias iba a ser largo porque no respondía solo a un móvil económico, sino a una demostración de fuerza. De hecho, un mes después de la operación Dirugitxi, más de setenta empresarios del Goierri (Gipuzkoa) y la mayoría de alcaldes de la comarca denunciaron que ETA les seguía extorsionando y crearon la organización Goierriko Herriaren Ekintza Fundazioa (Fundación Acción de los Pueblos del Goierri). Su preocupación era evidente. A pesar de los éxitos policiales, el secuestro de Iglesias instauraba y mantenía el miedo entre los empresarios, transmitiendo un mensaje claro: las consecuencias de la no colaboración y pago del “impuesto revolucionario” se podían pagar con la vida.
Aún así, la reacción ciudadana que estaba teniendo lugar a favor de la liberación de Julio Iglesias y la operatividad de la Ertzaintza ayudaron a que estos empresarios salieran en rueda de prensa a afirmar que no iban a pagar “ni una peseta” a ETA. Cabe señalar que ETA y sus distintas escisiones sumaban, por entonces, más de 50 secuestros que no habían suscitado reacciones ciudadanas masivas, a excepción de casos como los secuestros de José María Ryan (1981) o Alberto Martín Barrios (1983).
Según datos de Leonisio y Llera (2015: 153-154), un tercio de los secuestros de ETA tuvieron contestación social. Durante los años setenta y ochenta, solo un 15% de los secuestros tenían respuesta ciudadana, aunque es un dato parcial en tanto que hay que tener en cuenta que casi el 50% de los secuestros eran exprés, por lo que no había tiempo de organizar una movilización ciudadana. Sin embargo, estos datos de contestación ciudadana aumentaron a partir de 1986 gracias al nacimiento de Gesto por la Paz y al incremento de la movilización a partir del secuestro de Julio Iglesias. Los primeros en manifestarse por la liberación de Iglesias fueron los empleados y compañeros de Ikusi.
ETA PREPARABA UN SECUESTRO
Esta fue una novedad importante en la movilización contra ETA, ya que la presencia constante de los trabajadores animó a todo tipo de ciudadanos a acudir a las concentraciones. Por primera vez un colectivo no vinculado al movimiento pacifista instauraba concentraciones periódicas y mantenía el pulso de la movilización. Antes, la única respuesta articulada y continuada frente a un secuestro había sido la de grupos como Gesto por la Paz o la Asociación por la Paz de Euskal Herria, durante los cautiverios de Lucio Aginagalde, Emiliano Revilla o Adolfo Villoslada. El día 13 de julio se celebró la primera manifestación ciudadana contra el secuestro de Julio Iglesias, una concentración silenciosa de 15 minutos secundada por miles de personas, el primer aldabonazo de unos meses en los que la ciudadanía empezó a disputar la calle a la “izquierda abertzale”. Unos 15 días después del secuestro, los trabajadores de Ikusi instauraron concentraciones.
La Ruptura del Silencio
Los empresarios vascos han roto este viernes "el silencio" que mantuvieron durante los años de violencia de ETA, para denunciar el "sufrimiento" que padecieron "muchas veces en soledad". El homenaje, que se ha celebrado cuando se cumplen seis años desde que ETA abandonara su actividad armada, ha constado de tres apartados. Tras subir al escenario a una representación de ese colectivo empresarial, el presidente de Confebask, Roberto Larrañaga, ha realizado una declaración institucional en la que ha subrayado que "el acto de hoy es un acto de recuerdo y de justicia".
"Hoy queremos reconocer a todas las personas, empresarios y directivos vascos que padecieron el sufrimiento, el rechazo y la soledad, fruto de la violencia y la extorsión terrorista. Además, ha subrayado que el colectivo empresarial ha vivido "en silencio y muchas veces en soledad, el rechazo, la estigmatización y el señalamiento de una parte de nuestra sociedad". "Por ello, hemos entendido que el día de hoy era y es importante para todos nosotros", ha apuntado, para preguntarse: "¿para qué tanto sufrimiento?, ¿para qué tanto dolor?, ¿para qué tantas ausencias y vacíos?". "Aún nos faltan algunas respuestas", ha asegurado.
Por ello, con este acto, también han querido recordar que, "frente a la amenaza y la extorsión, el dolor y el rechazo, la gran mayoría del empresariado vasco ha continuado durante esos años trabajando en sus empresas y viviendo en nuestros pueblos y en sus casas con sus familias". El presidente de la patronal vasca ha transmitido "un mensaje de solidaridad y afecto a todas las víctimas".
Pese "todo lo padecido durante cuatro décadas", Roberto Larrañaga ha compartido "un mensaje de ilusión, de esperanza y de fe en lo que somos y lo que hemos logrado entre todos". "Miramos al presente y al futuro con ilusión y esperanza. "Tenemos la oportunidad de consolidar una sociedad cohesionada y en paz. Y esta sociedad la debemos sustentar también desde nuestra verdad, desde el relato de lo vivido que acabamos de presenciar, el recuerdo de quienes nos faltan y la aportación de quienes sufrieron y aguantaron, y los que lamentablemente se tuvieron que marchar. "Hoy también queremos compartir un mensaje de ilusión, de esperanza y de fe en lo que somos y lo que hemos logrado entre todos.
Once autores, once relatos y un prólogo del lehendakari Iñigo Urkullu presentan un relato poliédrico de una realidad compleja y que, vista desde el paso de unos pocos años, aporta matices que nos hacen ver con más claridad el sufrimiento vivido. Los relatos hacen repaso a diferentes cuestiones tales como el contexto socioeconómico del momento, las consecuencias que tuvieron en nuestra economía así como el daño económico que causaron. Todo ello, sin dejar de lado el tremendo impacto que tuvieron en personas y familias que se vieron golpeadas por la violencia y que de una u otra manera cambió sus vidas para siempre. Personas que se fueron de Euskadi y nunca más volvieron, huyeron de la presión, de la amenaza, del miedo.
