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Comunicación

El empresariado bajo la lupa: Desafíos, realidades y la necesidad de una admiración crítica

by Admin on 16/05/2026

La figura del empresario suele ser objeto de admiración, asociada al éxito y la prosperidad. Sin embargo, es crucial examinar más allá de la superficie para comprender las verdaderas complejidades y desafíos que implica el camino empresarial. La idea de un triunfo fácil es, quizá, la primera causa del fracaso. Al éxito se llega con trabajo y esfuerzo, salvo contadas excepciones, y muchos más factores influyen en el camino hacia la gloria empresarial. Para ser un buen empresario, hay que tener iniciativa propia y ser capaz de tomar decisiones por uno mismo, pues escuchar demasiadas opiniones solo lleva a la confusión. Un empresario de éxito necesita estar seguro de sí mismo y tener mano firme.

Además, es fundamental entender que una cosa es la vida personal y otra son los negocios. Aunque en muchas ocasiones es complicado separar, hay que saber hacerlo. En los negocios, unos ganan y otros pierden; nunca pueden ganar todos, por lo que un buen empresario debe tener esto muy presente, procurando que aquellos que pierdan lo hagan de forma proporcionada. Sin pasión no hay excelencia, al igual que es complicado que la haya sin trabajo. Si verdaderamente se desea triunfar como empresario, es necesario poner pasión en aquello que se hace. Si el negocio motiva, no solo se trabajará, sino que se peleará por ser el mejor, sin importar los sacrificios para conseguirlo.

El éxito no solo depende del individuo, sino también del entorno. Es importante rodearse bien, de gente trabajadora, respetuosa, sincera y honrada. El mejor capital de una empresa es el humano, y para triunfar en los negocios, el capital humano, por pequeña que sea la empresa, debe ser de calidad. No siempre se puede ganar y, para llegar a lo mejor, hay que pasar alguna vez por algo peor; solo así se puede mejorar. Encontrar la fórmula del éxito a la primera es complicado, por eso, un empresario exitoso debe aprender a valorar los fracasos, viéndolos como oportunidades de mejora.

La visión del empresario comprometido: Más allá de las ganancias

Frente a la crítica y el escrutinio, existen perspectivas que resaltan el valor social del empresariado. El actor Antonio Banderas, por ejemplo, ha roto una lanza en favor de los empresarios. En una gala organizada por la Asociación de Empresarios del Sur de España (Cesur), manifestó su disconformidad con las críticas que el sector empresarial sufre, asegurando que "a los empresarios hay que mimarlos porque son los que ofrecen trabajo".

Banderas, que se definió a sí mismo como un artista de las artes escénicas, alegó que "los empresarios de verdad no piensan tanto en las cuentas de resultados" sino en la posibilidad de generar empleo. Recordó que "dar trabajo a mucha gente y hacerlo además con lo que a ti te gusta, esa es la riqueza y el orgullo de un empresario". El actor malagueño valora mucho la cultura anglosajona por su alta capacidad de emprendimiento y de toma de riesgo, algo que a su juicio "hay que enseñar en las universidades; no solo materias académicas, sino una forma de entender la vida". Asimismo, reconoció que en su estancia en Estados Unidos aprendió a "valorar" su tierra en la que, aseguró, "hay mucho talento".

El lado invisible del emprendimiento: La fortaleza de las microempresas

A menudo, la narrativa de la justicia ha pintado a los pobres como asalariados oprimidos por empresarios desalmados, una perspectiva que bloquea sus oportunidades. La oferta de progreso que reciben, enfocada en empleos asalariados y derechos laborales, es inadecuada e ilusoria, pues no corresponde a su realidad. La vida pobre se caracteriza por una multitud de iniciativas empresariales, escasas de recursos y lastradas de trámites. Estas buenas intenciones desprecian tales iniciativas, suponiendo que los pobres necesitan algo mejor: empleos asalariados, prestaciones, derechos laborales, y la creación de millones de "buenos empleos" en un futuro incierto.

Un ejemplo histórico que desafía esta visión es el de San José, quien no era obrero en el sentido moderno, sino empresario en su carpintería, trabajando a veces ayudado por el niño Jesús, junto a María, como es común en las microempresas. No necesitaba empleo, sino que lo dejaran trabajar, en vez de hacerlo peregrinar de una ventanilla a otra. Mientras la prensa muestra con escándalo la buena vida de altos ejecutivos y funcionarios, denunciando sus "paracaídas de oro", los microempresarios no atraen los reflectores. Son una multitud anónima y poco llamativa. Según la Encuesta nacional de micronegocios del INEGI y la Secretaría del Trabajo en México (2002), había 4.4 millones de micronegocios en zonas urbanas, y su ganancia promedio no llegaba a los cuatro salarios mínimos. Su ganancia promedio no llegaba a los cuatro salarios mínimos, y solo el 5% ganaba más de diez.

TUMORES HIPOFISARIOS DE HORMONA DE CRECIMIENTO: ACROMEGALIA Y GIGANTISMO USAMEDIC 2026

La justificación de los altos salarios de ejecutivos y funcionarios por la escala de sus operaciones y la cantidad de personal bajo su mando, aunque parezca lógica, resulta un incentivo perverso. Lo peor es la ilusión de progreso que resulta de esa prosperidad en las cumbres salariales. Muchos ejecutivos y funcionarios, con la mejor intención, desean para todos el camino trepador que los llevó de un ascenso a otro, pero esto es solo una quimera, porque no es posible privilegiar a todos. Reducir la felicidad de producir a un mero empleo es lamentable para el desarrollo personal y económico.

Los pobres son empresarios de alta productividad, en proporción a sus recursos. Siguen siendo pobres, porque la compasión no sabe admirar; los ve como asalariados sin empleo, aunque no necesitan empleos, sino recursos para producir más. Pero no hay mucha oferta de progreso dirigida a sus empresas: microcréditos, medios de producción baratos, mejores tecnologías en pequeña escala, redes de información y de servicios para comprar y vender, trámites mínimos y leyes diferenciadas según el tamaño de las empresas para que el costo de cumplir no resulte desproporcionado o imposible. Lo que hay es una oferta de ilusiones en las grandes ciudades o el extranjero, a donde emigran los que pueden.

Productividad y capital: La eficiencia ignorada de las pequeñas empresas

En las grandes empresas, la productividad es alta en proporción al personal, no a las inversiones. Producen con grandes dosis de capital y el mínimo posible de personal, donde cada empleo supone una inversión de cientos de miles de dólares. La misma cantidad, invertida en microempresas, no genera un empleo, sino cientos. Esto se puede comprobar en los censos económicos.

Tipo de Empresa Productividad Laboral (por empleado) Productividad del Capital (por inversión)
Grandes Empresas Alta (pueden pagar salarios altos) Relativamente baja (cada empleo requiere gran inversión)
Pequeñas Empresas / Microempresas Relativamente baja Alta (producen más con menos inversión; pueden pagar intereses altos)

Mientras las grandes empresas son superiores en productividad laboral, las pequeñas lo son en productividad del capital. Se puede ser feliz a pie, en bicicleta, en automóvil o en avión; a velocidades distintas, con inversiones diferentes. El progreso más productivo con respecto a la inversión es el primero: de andar a pie a moverse en bicicleta. Se paga rápidamente con inversiones fácilmente financiables y permite velocidades cinco veces mayores a un costo tres veces menor en calorías por kilómetro. En cambio, progresar del Boeing 747 al Concorde fue maravilloso, pero improductivo, y el mismo Boeing 747, a pesar de su éxito, es relativamente improductivo.

El "gigantismo" siente que lo generoso es ofrecer a todos el mejor modelo de vida, el suyo: mucha escolaridad, experiencia en grandes operaciones, cumplimiento de formalidades y acumulación de méritos demostrables para ascender a posiciones estelares. Esta generosidad es poco práctica y propone una solución utópica, imposible o indeseable para millones de personas. Sirve para ignorar otras vías de plenitud humana que sí son posibles y muchos prefieren. No apoya la bicicleta porque el avión es mejor, y considera lamentable, cuando no despreciable, la autonomía en pequeña escala, aunque el progreso sin necesidad de ascenso de un puesto a otro es lo normal en las profesiones libres, los oficios, las artesanías, las artes y todo tipo de pequeñas empresas.

La fascinación por las grandes operaciones no va a desaparecer, porque el gigantismo es deslumbrante. Sería absurdo esperar de quienes viven felizmente esa experiencia que la abandonen. Lo que tiene sentido práctico es que apoyen otras formas de felicidad, que faciliten la productividad para todos. El progreso en avión puede apoyar el progreso en bicicleta. Muchas innovaciones desarrolladas por el gigantismo pueden orientarse al mercado de los recursos microempresariales. Para millones que producen con herramientas rudimentarias, carecen de crédito y comercializan a pie, multiplicar la oferta de microcréditos y de medios baratos de producción (como las máquinas de coser), transporte (como las bicicletas) y comunicación (como los teléfonos celulares) facilitaría un progreso extraordinario, bueno para el desarrollo de toda la sociedad. La economía en grande y en pequeño pueden convivir. Esta oportunidad se pierde fácilmente de vista, desde las alturas del avión. En el mejor de los casos, la pobreza despierta impulsos generosos, pero ilusorios: que todos suban al avión, que todos tengan empleos y ascensos hasta las cumbres del gigantismo. Ahí parece estar lo digno de la grandeza humana: no en quedarse allá abajo, pedaleando en bicicleta. El resultado de tan buenas intenciones es no avanzar, ni por una vía ni por otra. Se desprecia el progreso en bicicleta, pero jamás se alcanza la utopía de que todos suban al avión.

El modelo de Vasco de Quiroga: Un legado de desarrollo local sostenible

En el siglo XVI, Vasco de Quiroga, obispo de Michoacán, fue un promotor del desarrollo indígena, no por la vía de textos que modifican la manera de pensar, sino por la vía de los hechos: la creación de instituciones que suben de nivel la vida personal y comunitaria. Aunque no dejó un modelo formal para el desarrollo económico, su obra demuestra una notable viabilidad social, histórica, cultural y económica.

Se le atribuyen las tradiciones artesanales de muchos pueblos de su diócesis: alfarería de Patambán, Santa Fe y Tzintzuntzan; cobre de Santa Clara; guitarras de Paracho; herrería de San Felipe; lacas de Quiroga y Uruapan; muebles de Corupo; redes de Erongarícuaro; textiles de Capácuaro y Zamora. La obra de Quiroga es notable por varias razones:

  • No es un modelo puramente económico

    La viabilidad económica está al servicio de una vida más digna, interesante y creadora. Esta manera de entender el desarrollo está recuperándose, como lo demuestran economistas como E. F. Schumacher (autor de Small is beautiful) y Amartya Sen (Development as freedom), así como los informes anuales del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, que van más allá del PIB.

  • No limita el desarrollo rural a la agricultura

    Las especialidades del modelo no son agropecuarias, sino manufactureras. Son artesanías de alta densidad económica (valor agregado por kilo) que viajan fácilmente y pueden buscar mercados más amplios en pueblos vecinos, grandes ciudades y hasta el extranjero. El flete de las artesanías representa menos (proporcionalmente) que en los productos agrícolas, y los costos de almacenaje y riesgos de deterioro son menores.

  • Favorece la especialización local y el intercambio

    Funciona como una marca industrial, donde el prestigio de lugares como Santa Clara del Cobre es una garantía para sus compradores y una ventaja comercial para el gremio. La concentración de muchos que hacen lo mismo en la misma ciudad propicia la diversidad, la experimentación y la difusión tecnológica, transformando la comunidad al actuar como un polo de desarrollo.

  • Genera empleos de mayor productividad con inversiones mínimas

    El liberalismo del siglo XIX fue ciego ante los valores del artesanado y combatió a los gremios como reaccionarios. Las preocupaciones sociales que van al caso de los países o sectores avanzados, que son mayoritariamente asalariados, no tienen nada que ofrecer a los pobres, que en su mayoría trabajan por su cuenta, fuera de una piadosa destrucción. Sorprende que esta destrucción avance tan despacio, pues los pequeños empresarios son más eficientes que las grandes empresas y el gobierno con respecto a sus inversiones. Destruir a un pequeño productor independiente para crearle un empleo moderno con todas las inversiones necesarias cuesta muchas veces más que equiparlo mejor para aumentar su productividad independiente en donde está. Por eso la destrucción va tan despacio.

Una vida empresarial dedicada a remediar la pobreza da un ejemplo admirable, como se documenta en Out of Poverty de Paul Polak, mostrando que hay formas de emprendimiento que merecen ser admiradas no por su escala, sino por su impacto y eficiencia social.

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